Gaceta Crítica

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Comisiones Obreras y la lucha por las libertades individuales y colectivas en España.

Carme Molinero (historiadora), Revista PorExperiencia, 11 de Junio de 2025

A pesar de las dificultades y después de pasar los años más duros de la inmediata posguerra, la clase obrera no se adaptó pasivamente a aquella realidad, sino que intentó modificarla continuadamente

Por Carme Molinero, historiadora

El establecimiento de un régimen democrático exigió el compromiso y esfuerzo mancomunado de decenas de miles de personas, entre ellas destacaron los colectivos vinculados al movimiento obrero. El camino fue largo y estuvo jalonado de obstáculos de primera magnitud. No estará de más recordar que durante la dictadura el movimiento obrero necesitó dos décadas para reconstruirse como sujeto social y político, dado el entramado legal y represivo del que se dotó el régimen franquista para cumplir uno de sus objetivos originarios, mantenido en el tiempo: acabar con los movimientos sociales, políticos y culturales, tanto de naturaleza reformista como revolucionaria, contrarios al orden que el franquismo propugnaba. 

Sin embargo, a pesar de las dificultades y después de pasar los años más duros de la inmediata posguerra, la clase obrera no se adaptó pasivamente a aquella realidad, sino que intentó modificarla continuadamente. Durante la segunda mitad de los años 50, se fue configurando el nuevo modelo de acción obrera que se desarrolló en los 60, sobre todo en aquellos aspectos relacionados con la táctica de la utilización del Sindicato Vertical, en particular de la ocupación del cargo de elección directa de los trabajadores en el ámbito de la empresa. Lógicamente, si se trataba de cambiar la situación existente, las prácticas legales se acompañaban de una articulación clandestina de los activistas más implicados en el nuevo movimiento que adquirió pronto un nombre propio, Comisiones Obreras, un movimiento sociopolítico que respondía a la voluntad de construir un movimiento amplio y poco doctrinario que, movido por su combatividad y capacidad de dirección, fue capaz de adaptarse a las circunstancias reales de la clase trabajadora.

Hasta hace un tiempo, una parte de los estudios sobre el franquismo llevaba a la conclusión de que el movimiento obrero fue poco relevante en la evolución de aquellos años más allá del ámbito laboral. Ciertamente, la clase trabajadora se movilizó fundamentalmente para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, pero que estos fuesen los objetivos que explican que los trabajadores estuviesen dispuestos a asumir el riesgo de la represión, no quiere decir que la movilización obrera no tuviese más consecuencias que las de asegurar un aumento del poder adquisitivo ni, tampoco, que la voluntad política estuviese ausente; al contrario, buena parte de los trabajadores movilizados eran conscientes del componente político de sus acciones.

La historiografía social ha mostrado que una parte de la conflictividad laboral estuvo vinculada a la acción política. Para la minoría militante, que estaba al frente de los conflictos, la conflictividad laboral no era tan solo el único instrumento para mejorar les condiciones de vida de la clase trabajadora, sino que, paralelamente, era una de las pocas formas relativamente efectivas de oposición política. Los militantes obreros hicieron las dos cosas: defender los intereses de los compañeros -y por eso muchos trabajadores les daban apoyo- y, al mismo tiempo, luchar contra la dictadura y por una sociedad más justa. 

Además, el movimiento obrero, con su práctica cotidiana de buscar extender sus reivindicaciones y las estrategias para conseguirlas, se convirtió en campo de experimentación y modelo para otros movimientos y esta fue una de las grandes aportaciones que hizo al conjunto de los sectores democráticos. Es el caso del movimiento vecinal, el crecimiento del cual estuvo asociado en buena medida a las experiencias del movimiento obrero. A pesar de los importantísimos costes represivos que comportó el despliegue de una actuación tan abierta como la que desarrolló CCOO, a inicios de los años setenta, éstas se habían convertido en la fuerza de choque, el componente más articulado de las fuerzas antifranquistas. 

Efectivamente, situados en 1976, era constatable que el movimiento obrero estaba actuando como punta de lanza en la contestación a la dictadura. Las huelgas del primer semestre de 1976 pusieron al Gobierno contra las cuerdas y fueron un estímulo de primer nivel para que la oposición se decidiera a crear Coordinación Democrática, la plataforma unitaria de amplio espectro que hizo fracasar definitivamente el proyecto del vicepresidente para Asuntos Políticos y ministro de la Gobernación, Manuel Fraga, y con él la reforma del régimen que estaba en el horizonte del gobierno Arias. Fraga sabía que la unidad de la oposición antifranquista podía tener graves consecuencias en aquella coyuntura y ordenó detener entre otros a Marcelino Camacho, solo tres meses después de que saliera de la cárcel por haber sido condenado en el Proceso 1001 a más de 20 años de prisión, acusado de ser dirigente de CCOO. Se había convertido en un símbolo de la oposición a la dictadura.

Los derechos y libertades que tenemos tuvieron que ser arrancados, tuvieron que ser conquistados. Y el movimiento obrero jugó un papel sustancial en ese proceso como los estudios históricos han mostrado. Sin embargo, es necesario perseverar para que esos conocimientos se incorporen a la memoria pública.  

La recuperación de la memoria de los movimientos sociales, de las entidades ciudadanas, de los partidos políticos, en general de toda la gente que luchó por el cambio democrático, continúa siendo una asignatura pendiente, más en este momento en que se bate sobre el mundo un tsunami antidemocrático que parece que puede asolar las conquistas de décadas.

Recuperar la memoria de la lucha por la democracia continúa siendo imprescindible: es un deber de justicia hacia aquellos ciudadanos que, al adquirir un compromiso público en la defensa de una sociedad más justa y más libre, sufrieron la represión dictatorial. Su ejemplo puede contribuir a alimentar la cultura cívica de la democracia. Recuperar la memoria de la lucha por las libertades individuales y colectivas es, en definitiva, una inversión de futuro, puesto que la identidad se construye en buena medida con los materiales de la memoria.

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