Gaceta Crítica

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Gaza o el fracaso de Occidente.

Gilbert Achcar (Le Monde Diplomatique en castellano), 1 de Junio de 2025

Han hecho falta dieciocho meses de masacres de civiles y la banalización de la retórica genocida en la cúpula del Estado israelí para que Londres, Ottawa y Bruselas se planteen ejercer presión económica sobre Tel Aviv. Mientras el primer ministro Benjamín Netanyahu confirma su intención de tomar el control total de Gaza, la tardía y tímida reacción de estas potencias occidentales confronta a la “diplomacia de los valores” con sus contradicciones.

por Gilbert Achcar, junio de 2025JPEG - 82.2 KBSAMA ALSHAIBI. — Duplicates, de la serie “Palimpsest”, 2024

Desde el 7 de octubre de 2023 se está produciendo el peor episodio del largo calvario del pueblo palestino. Peor aún que la Nakba de 1948. Este término árabe significa ‘catástrofe’ y hace referencia a lo que después ha pasado a conocerse como “limpieza étnica”. El desastre actual se caracteriza, entre otras cosas, por un genocidio; se necesita un término árabe aún más contundente para nombrar la desgracia que azota Palestina: karitha. Israel asesina a parte de la población de Gaza sin renunciar a la limpieza, tanto en Cisjordania como en la Franja. Después de que “Gaza sea totalmente destruida”, como dijo el ministro de Finanzas israelí Bezalel Smotrich el pasado 6 de mayo en una conferencia organizada en la colonia de Ofra, “los civiles serán enviados […] al sur, y desde allí comenzarán a partir en gran número hacia terceros países” (1).

En esta amenaza, el presidente de Estados Unidos Donald Trump puede ver una oportunidad para conseguir que sus aliados árabes se sumen a una versión actualizada del “acuerdo del siglo” que rechazaron en 2020 (2). Ante la perspectiva de una limpieza étnica, el plan de la Casa Blanca, que establecería un Estado residual bautizado como “Estado de Palestina”, puede parecer un mal menor. Arabia Saudí se uniría a Bahréin, los Emiratos Árabes Unidos y Marruecos —y antes que ellos, Egipto y Jordania— en la normalización de las relaciones con Israel. Esto proporcionaría al presidente estadounidense y al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, un éxito del que podrían vanagloriarse, pero que no resolvería en absoluto el fondo de la cuestión. Así, el futuro de Oriente Próximo se presenta sombrío, en sintonía con las relaciones internacionales en general.

El deterioro de estas no comenzó con el regreso de Trump a la Casa Blanca. Como escribe la periodista Michelle Goldberg en el periódico The New York Times: “Incluso antes de que Trump asumiera el cargo, el ‘orden internacional basado en reglas’ estaba profundamente deteriorado, en gran parte debido a la complicidad de Biden en la aniquilación de Gaza” (3). De hecho, como observa acertadamente el sociólogo Yagil Levy, “Tel Aviv se habría abstenido, como en el pasado, de lanzar una operación terrestre si no hubiera obtenido la legitimidad internacional para dañar a los civiles de la Franja” (4). Esto concierne, por supuesto, a los países que pueden ejercer tal influencia sobre Israel, y por lo tanto a su principal sostén desde finales de la década de 1960: Estados Unidos. Sin embargo, lejos de tratar de moderar a su aliado, Washington se ha alistado (durante varios meses al menos) en la primera guerra conjunta israeloestadounidense, aunque sin participación directa de sus tropas en el bombardeo de Gaza (5).

No existe ninguna explicación “materialista” o “realista” para el ferviente apoyo de Joseph Biden a Israel. La única clave plausible es ideológica, más aún que en el caso de Trump, cuyo primer mandato había traspasado los límites de lo que hasta entonces constituía el consenso bipartidista en Estados Unidos. De hecho, aunque el demócrata había prometido revertir las medidas proisraelíes del republicano, continuó con sus políticas e incluso las sobrepasó con su apoyo incondicional a la prolongada ofensiva contra Gaza.

Nada de esto debería sorprendernos. Antes de las primarias demócratas de 2020, el periodista Peter Beinart ya había advertido acerca del “alarmante historial de Joe Biden con respecto a Israel”. En un extenso y documentado artículo publicado en Jewish Currents (27 de enero de 2020), explicaba cómo, al comienzo de la Administración de Barack Obama, cuando la Casa Blanca intentó presionar a Netanyahu para preservar la perspectiva de un Estado palestino, Biden se esforzó, más que ningún otro responsable estadounidense, en defender al primer ministro israelí (6).

En plena guerra árabe-israelí de 1973, Richard Nixon declaró en privado al empresario judío estadounidense Leonard Garment: “Soy sionista. No es necesario ser judío para ser sionista”. En varias ocasiones durante su presidencia, Biden ha hecho la misma declaración, y lo ha hecho públicamente. Un año después del ataque del 7 de octubre de 2023, cuando el carácter genocida de la ofensiva contra Gaza se hacía evidente —como ya habían señalado destacadas organizaciones de defensa de los derechos humanos (7)—, el presidente en ejercicio se jactaba: “Ninguna administración ha ayudado a Israel más que la mía. Ninguna. Ninguna. Ninguna” (8).

Un “nuevo orden internacional” un tanto efímero

La parcialidad de Biden se vio acentuada por el carácter traumático de la operación llevada a cabo por Hamás. En una gran parte de Occidente, especialmente sensible a las calamidades que afectan a sus aliados, las imágenes de los ataques despertaron una fuerte compasión narcisista. Combinado con el complejo de culpa de los países de Europa occidental que perpetraron o permitieron el genocidio nazi de los judíos —Alemania, Austria, Francia e Italia en particular—, esto ha producido un grado sin precedentes de solidaridad incondicional con Israel. Ello, en un momento en el que lo dirigen personas que tienen más en común con los nazis que con sus objetivos —víctimas del odio racial, militantes de izquierda, etc.

Y en un momento, además, en que Israel dirige contra un territorio minúsculo y densamente poblado una operación militar a gran escala, acompañada de declaraciones que no dejan lugar a dudas acerca del desencadenamiento de una masacre de proporciones genocidas. El origen de esta aparente paradoja se encuentra en un enfoque etnocéntrico y particularista de las lecciones que deben extraerse del exterminio de los judíos de Europa entre 1941 y 1945, en contraposición a una interpretación humanista y universalista. Sin embargo, la derrota del nazismo y el fascismo ante una coalición de la que Estados Unidos salió aún más reforzado supuestamente debía inaugurar una nueva era caracterizada por el predominio de un orden cuyo pilar fundamental fuera la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y con la propia organización como estructura central.

Se lograron importantes avances en esta dirección, en particular la creación del Tribunal Internacional de Justicia (TIJ), que sustituyó al Tribunal Permanente de Justicia Internacional, fundado en 1922 para arbitrar las controversias entre Estados, así como la consolidación del derecho internacional humanitario con la adopción, en 1949, de los nuevos convenios de Ginebra, que ampliaron el ámbito de aplicación de las normas de la guerra para incluir también a la población civil. Sin embargo, la muerte de Franklin D. Roosevelt en abril de 1945 y su relevo por su vicepresidente, el derechista Harry Truman, marcaron un punto de inflexión.

Al cabo de poco tiempo, ya no quedaba gran cosa del orden internacional establecido en 1945. La Guerra Fría —en nombre de la lucha contra el comunismo para unos, contra el imperialismo estadounidense para otros— se convirtió en pretexto para el desprecio generalizado de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas. Especialmente en Washington. El liberalismo atlantista se convirtió en sinónimo de liberalismo económico. En la década de 1990, el colapso del bloque soviético se percibió en el bando contrario como una gran victoria ideológica, además de como un cambio radical en el equilibrio mundial de fuerzas.

Estados Unidos quiso aprovechar esta oportunidad para reorganizar el mundo. Durante aquel periodo de unipolaridad, Washington concedió algunos éxitos a los esfuerzos “idealistas” destinados a transformar el “nuevo orden mundial” en una “democracia cosmopolita”. Ello se tradujo, por un lado, en 2002, en la creación de un segundo órgano judicial internacional, el Tribunal Penal Internacional (TPI), especializado en el enjuiciamiento de personas por cuatro tipos de delitos: genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y agresión. Por otra parte, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas adoptó el 16 de septiembre de 2005 el principio de la “responsabilidad de proteger” (R2P). Este principio, que trasciende la soberanía de los Estados, autoriza “a adoptar medidas colectivas, de manera oportuna y decisiva, por medio del Consejo de Seguridad, de conformidad con la Carta, incluido su Capítulo VII, en cada caso concreto y en colaboración con las organizaciones regionales pertinentes cuando proceda, si los medios pacíficos resultan inadecuados y es evidente que las autoridades nacionales no protegen a su población del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”.

Antes del establecimiento de estas jurisdicciones, Washington inició una serie de “intervenciones humanitarias” en el Cuerno de África y posteriormente en los Balcanes (9). La Casa Blanca insistió en que la masacre de bosnios perpetrada por las fuerzas serbias debía calificarse de genocidio, aunque su magnitud e intensidad palidecen hoy ante la hecatombe de Gaza.

Pero, en contra de sus supuestas intenciones, Washington se embarcó en una práctica de las relaciones internacionales que pronto provocó otra guerra fría. En lugar de disolverse tras la desaparición del Pacto de Varsovia, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se amplió a un número cada vez mayor de Estados anteriormente ligados a Moscú, incluidas ex repúblicas soviéticas. Se inauguró entonces una fase inédita de intervencionismo militar colectivo cuando Estados Unidos arrastró a sus aliados a la primera violación importante de la legalidad internacional desde 1990: la guerra de Kosovo de 1999, librada eludiendo al Consejo de Seguridad de la ONU para evitar los vetos de Rusia y China. Un “nuevo orden mundial” un tanto efímero…

En la conferencia de Roma de 1998, Estados Unidos e Israel votaron en contra de la adopción del estatuto del TPI. Posteriormente lo firmaron, pero no lo ratificaron. De hecho, ambos países se retiraron: los estadounidenses en 2002, como paso previo a su invasión de Irak —su segunda violación grave de la legalidad internacional después de 1990—, y Tel Aviv a partir de 2001 —tras haber empezado a multiplicar las violaciones del derecho internacional humanitario en la represión de la segunda Intifada—. La “guerra contra el terrorismo”, bandera común bajo la cual la Administración de George W. Bush y el Gobierno de Ariel Sharon llevaron a cabo sus ofensivas, sustituyó así al anticomunismo como carta blanca para pisotear los principios del orden internacional.

La R2P, por su parte, sirvió sobre todo para legitimar la intervención contra Libia en 2011 llevada a cabo por Estados Unidos y Francia, en particular. Esta intervención excedió rápidamente el mandato de la resolución del Consejo de Seguridad, adoptada tras la abstención de Moscú y Pekín. El precedente generó una desconfianza legítima hacia la instrumentalización de la “responsabilidad de proteger”. En consecuencia, no se recurrió a ella en casos posteriores de masacres a gran escala, especialmente en Siria.

En el caso del genocidio que se está cometiendo en Gaza, han sido las potencias occidentales las que han descartado la R2P. En términos más generales, toda la estructura del orden internacional se está viniendo abajo. Los procedimientos emprendidos contra Israel o sus dirigentes ante el TIJ y el TPI —dos pilares de esa estructura— y las reacciones negativas que han suscitado en muchas potencias occidentales han acabado por desacreditar sus pretensiones liberales. Un descrédito reforzado por la diferencia en las reacciones a la emisión de órdenes de detención por parte del TPI contra Vladímir Putin —el 17 de marzo de 2023, tras la invasión de Ucrania— y Netanyahu el 21 de noviembre de 2024 (10).

Por lo demás, al respaldar los actos criminales de la coalición en el poder en Israel, los gobiernos, la mayoría de los partidos políticos y los intelectuales occidentales están banalizando todavía más a la extrema derecha y avalando el blanqueamiento de su judeofobia, alentado desde hace varios años por el primer ministro israelí Netanyahu (11). El “nuevo antisemitismo”, atribuido en bloque a los musulmanes y a quienes los defienden o critican a Israel, ofrece la posibilidad de absolver a las derechas radicales, tanto en Europa como en Estados Unidos, de su odio hacia los judíos, tanto pasado como presente. Y de coincidir con ellas en la denuncia de los “verdaderos” enemigos comunes. Favorece la indiferencia hacia el sufrimiento palestino y conduce a negar la realidad del genocidio. Los liberales occidentales que adoptan tales comportamientos tienden a degradar todavía más su tradición política. De este modo, están cavando su propia tumba.

El liberalismo atlantista se encuentra desacreditado. Las fuerzas de la derecha radical avanzan dentro de la Alianza Atlántica incluso en los dos bastiones de la resistencia a las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos y el Reino Unido. El intento de revitalizar el orden internacional tras el fin de la Guerra Fría ha fracasado estrepitosamente, no por el auge de la extrema derecha —que, en el fondo, es posterior a este fracaso—, sino a causa de la incoherencia, la hipocresía y la arrogancia hegemónica de los propios paladines del liberalismo atlantista. La aprobación occidental del genocidio de Gaza es el último clavo en el ataúd de este orden. La promesa occidental del imperio de la ley realizada en 1945 y renovada en 1990 ha fracasado. Irremediablemente.

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Este texto es una adaptación realizada por el autor de su ensayo Gaza, génocide annoncé. Un tournant dans l’histoire mondiale (‘Gaza, genocidio anunciado. Un punto de inflexión en la historia mundial’), La Dispute, París, 2025

(1) Jeremy Sharon, “Smotrich says Gaza to be ‘totally destroyed’, population ‘concentrated’ in small area”, 6 de mayo de 2025, https://www.timesofisrael.com

(2) Sobre este plan véase Alain Gresh, “Israel-Palestina, un plan de guerra”Le Monde diplomatique en español, marzo de 2020.

(3) Michelle Goldberg, “Trump’s Gaza deal: War crimes in exchange for beachfront property”, The New York Times, 7 de febrero de 2025.

(4) Yagil Levy, “An army’s morality is measured by a single factor. The IDF has failed this test”, Haaretz, Jerusalén, 12 de diciembre de 2024.

(5) Véase “Les États-Unis à la rescousse”, Manière de voir, n.º 193, “Israël, Palestine, une terre à vif”, París, febrero-marzo de 2024.

(6) Peter Beinart, “Joe Biden’s alarming record on Israel”, Jewish Currents, Nueva York, 27 de enero de 2020.

(7) Véase Anne-Cécile Robert, “Sudáfrica defiende una causa universal”, y Akram Belkaïd, “Israel acusado de genocidio en Gaza”Le Monde diplomatique en español, febrero de 2024 y enero de 2025, respectivamente.

(8) Colleen Long, “Biden says he doesn’t know whether Israel is holding up peace deal to influence 2024 US election”, Associated Press, 4 de octubre de 2024; véase también los “White House tapes”, 18 de octubre de 1973, Richard Nixon Presidential Library.

(9) Véase Anne-Cécile Robert, “Orígenes y vicisitudes del ‘derecho de injerencia’”Le Monde diplomatique en español, mayo de 2011.

(10) Véase Mathias Delori, “Putin, los jueces y la bomba”, y Benoît Bréville, “Felpudo europeo”Le Monde diplomatique en español, mayo de 2023 y diciembre de 2024, respectivamente.

(11) Véase Grégory Rzepski, “Avec des amis comme ça…”, Manière de voir, n.º 199, “L’antisémitisme et ses instrumentalisations”, febrero-marzo de 2025; véase también Serge Halimi y Pierre Rimbert, “El arte de la difamación política”Le Monde diplomatique en español, octubre de 2024.

Gilbert Achcar Académico y escritor libanés. Profesor emérito en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Londres. Autor, entre otras obras, de Gaza, génocide annoncé. Un tournant dans l’histoire mondiale (‘Gaza, genocidio anunciado. Un punto de inflexión en la historia mundial’, La Dispute, París, 2025), Symptômes morbides. La rechute du soulèvement arabe (Actes Sud, París, 2017) y, junto a Noam Chomsky, de Estados peligrosos: Oriente Medio y la política exterior estadounidense (Paidós, Barcelona, 2007).

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