Yousef Hamdouna (Il Manifesto -Italia-), 26 de Mayo de 2025

Jabaliya, multitud buscando comida en una cocina comunitaria – Apa/Omar AshtawyAhorrarDar como regaloEnlaceCompartirDescargar
Palestina Una ingeniería social violenta, implementada a través de fases precisas y planificadas. Vaciar las zonas de comida no sólo significa pasar hambre, sino que representa un acto simbólico y concreto: la fragmentación de la identidad colectiva. Cuando el sistema alimentario colapsa, los valores de la solidaridad y la dignidad también colapsan y el individuo comienza a pensar sólo en su propio “yo” hambriento.

Lo que está sucediendo en Gaza no es simplemente una guerra militar o una tragedia humanitaria, sino un momento crucial de transformación en el enfoque de la cuestión de los pueblos ocupados. Estamos ante un momento histórico en el que se está implementando una estrategia compleja que pretende no sólo desmantelar las estructuras de los movimientos de liberación de estos pueblos, sino también desintegrar su propia sociedad desde dentro, reconstruyéndola con una forma frágil, incapaz de reorganizarse salvo según las condiciones impuestas por el ocupante.
De ahí que el uso del hambre como arma no pueda entenderse sino como parte de una ingeniería social violenta, implementada a través de fases precisas y planificadas. Vaciar las zonas de alimentos no sólo significa matar de hambre a la población de Gaza, sino que al mismo tiempo representa un acto simbólico y concreto que determina consecuencias importantes. En primer lugar, el colapso del concepto de seguridad autónoma: ningún Estado, ninguna institución, ninguna capacidad colectiva para sobrevivir puede transmitir una sensación de seguridad.
EN SEGUNDO LUGAR , la desintegración del pacto social: los seres humanos ya no perciben su entorno como una “sociedad”, sino como un conjunto de competidores que luchan por la supervivencia. Finalmente, la fragmentación de la identidad colectiva: cuando el sistema alimentario colapsa, los valores de la solidaridad y la dignidad también colapsan y el individuo comienza a pensar sólo en su propio “yo” hambriento.
El hambre no es sólo un instrumento de subyugación, sino un proceso de “fractura interna” que destruye la cohesión de la identidad individual y de la sociedad en su conjunto, y es precisamente aquí donde reside el peligro del hambre: no es casualidad que la inanición de la población civil se considere un crimen de guerra.
En el caso de la Franja de Gaza, representa una herramienta para provocar un “cambio de percepción forzado” dentro de las comunidades, cambiando su enfoque y sus prioridades: de pensar en la liberación colectiva a pensar en la supervivencia individual a cualquier costo. Esto abre la puerta a un estado de caos interno que puede llevar a aceptar soluciones que, antes de la crisis, se habrían rechazado por completo, o a negociar cosas que antes se consideraban no negociables.
NO SÓLO . Esto conduce también a la disolución del vínculo social de los movimientos de liberación con la población: pasan de ser “protectores” a “impotentes”, y quizá incluso a “acusados”. Todo esto contribuye a redefinir el concepto mismo de autoridad y liderazgo en la conciencia colectiva de la sociedad, transfiriendo así el poder del liderazgo político a quienes poseen y controlan los alimentos y el agua.
Cuando se niega a la gente el alimento y la fuerza del hambre los empuja al saqueo y al caos, no solo se los está matando de hambre, sino que se está llevando a cabo una operación más profunda: se está privando a esa gente de su imagen moral a los ojos del mundo, se está construyendo una nueva narrativa según la cual no son capaces de autogestionarse y se está abriendo así el camino a una «recolonización humanitaria», a través de una gestión internacional o árabe -en cualquier caso extranjera- subordinada a condiciones políticas y de seguridad específicas.
Nos enfrentamos a una forma de colonialismo que no impone su autoridad sólo a través de la fuerza militar, sino que reescribe la estructura psicológica y social de las personas a través de herramientas «blandas», como la gestión de los alimentos y el control de la ayuda. De esta manera, se impone una nueva realidad, presentada como un paso necesario para poner fin al sufrimiento de la población.
El problema no es sólo lo que está sucediendo, sino lo que queremos que suceda. Lo que está sucediendo hoy en Gaza representa un momento crucial en la historia palestina, y tal vez en la historia moderna en general: es el mayor experimento de “ingeniería social violenta” llevado a cabo contra un pueblo entero, dentro de su propia tierra (sin salida) y bajo el yugo de la ocupación.
El caos actual no es un efecto secundario, sino parte integral de un proyecto destinado a destruir la sociedad palestina desde dentro, para luego reconstruirla como un cuerpo sin alma o como un pueblo dispuesto a aceptar (sobrevivir) sin ninguna perspectiva política y sin derechos.
EL HECHO de que todo esto esté sucediendo en vivo, ante los ojos del mundo entero, representa una reescritura de los conceptos y principios del derecho internacional humanitario en la conciencia colectiva de las sociedades. Está educando las mentes de las nuevas generaciones a una amarga verdad: que la ley de la selva es la única ley dominante en esta era; que la libertad, la justicia y la igualdad son utopías platónicas de nuestro tiempo; que quien se atreva a enfrentarse a la injusticia y a la tiranía sufrirá lo que sufren hoy los palestinos; y que no son el derecho internacional humanitario y los derechos humanos los que determinan el destino de los pueblos, sino la fuerza y los intereses.
Esta gran verdad está siendo tocada con nuestras propias manos en una tierra que preferimos percibir como diferente, lejana, mientras nos acostumbramos a la idea de que “es una pregunta demasiado complicada” o que “es algo más grande que nosotros”. Sin embargo, estas verdades también se reflejan en el nivel micro, en las relaciones entre las personas en todas partes del mundo y ya se manifiestan de manera tangible en nuestras sociedades, a menudo de manera inconsciente.
Prueba de ello es la generalizada e indefinida sensación de incertidumbre, el miedo al futuro, el creciente individualismo y la inversión –global, nacional, comunitaria– en los instrumentos de la fuerza, mientras se desacreditan los del derecho. Por esta razón, la cuestión no concierne sólo a Gaza o a Palestina, sino a toda la humanidad. Y es nuestro deber luchar para que podamos seguir siendo humanos.
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