Manu Pineda (ex eurodiputado de Izquierda Unida y responsable de Internacional del PCE), 7 de Mayo de 2025
Estados Unidos —aunque no dispare un solo misil— podría ser el gran beneficiado. Y el BRICS+, el gran perdedor
Paso fronterizo de Wahga entre India y Pakistán, con el ceremonial diario de las banderas | Foto: wikimedia commons
El estallido de un nuevo conflicto militar entre India y Pakistán no puede leerse simplemente como una repetición del ciclo violento que azota al sur de Asia desde hace décadas. Lo que está en juego en esta peligrosa escalada entre dos potencias nucleares va mucho más allá de Cachemira, las líneas de control o las viejas enemistades coloniales. La ofensiva india lanzada el 6 de mayo de 2025, con misiles de precisión sobre territorio pakistaní, no sólo ha desatado una respuesta contundente de Islamabad, sino que ha reconfigurado el tablero geopolítico global en un momento especialmente delicado. Estados Unidos —aunque no dispare un solo misil— podría ser el gran beneficiado. Y el BRICS+, el gran perdedor.
Desde abril de este año, los enfrentamientos entre las fuerzas indias y pakistaníes se intensificaron en la región de Cachemira, con acusaciones cruzadas sobre violaciones territoriales e infiltraciones terroristas. El 1 de mayo, Pakistán denunció incursiones aéreas indias; el 4 de mayo, ambos países movilizaron tropas masivamente en sus fronteras. Finalmente, el 6 de mayo, el gobierno de Narendra Modi anunció el inicio formal de operaciones militares, y sus misiles comenzaron a caer en suelo pakistaní. Como era de esperar, Islamabad reaccionó con contundencia. El primer ministro Shehbaz Sharif afirmó que “Pakistán tiene todo el derecho de responder con fuerza a este acto de guerra impuesto por la India”, y denunció una grave violación del derecho internacional.
El modelo sionista de colonización y apartheid aplicado en Palestina se ha convertido para el BJP en una referencia operativa frente a Cachemira y las comunidades musulmanas del subcontinente.
Detrás de esta ofensiva militar, sin embargo, hay más que tensión bilateral. El gobierno de Modi, cada vez más alineado ideológicamente con los sectores ultraderechistas y proisraelíes del escenario internacional, ha tejido lazos sólidos con el Estado de Israel, no sólo en términos diplomáticos y económicos, sino en cooperación militar, inteligencia y control represivo sobre poblaciones consideradas “enemigas internas”. El modelo sionista de colonización y apartheid aplicado en Palestina se ha convertido para el BJP en una referencia operativa frente a Cachemira y las comunidades musulmanas del subcontinente.
No es casual que esta ofensiva india se produzca en un momento de fortalecimiento de alianzas alternativas al orden occidental, como el BRICS+ —del cual India forma parte y Pakistán es solicitante—. Un conflicto bélico entre dos de sus integrantes no solo pone en crisis cualquier coordinación multilateral real, sino que debilita su capacidad de proyección geopolítica como bloque. ¿Quién gana con esta fractura interna? Estados Unidos, por supuesto, que ve con buenos ojos cómo se dinamitan puentes entre potencias que, en otros contextos, podrían desafiar la hegemonía occidental.
Washington observa. No detiene a Modi, no condena el ataque. Mientras la región arde, el Pentágono y la Casa Blanca se frotan las manos. La guerra actúa como disolvente de alianzas emergentes, como distracción estratégica en un mundo multipolar que aún no ha consolidado sus estructuras. Como instrumento imperial, el caos vuelve a ser útil.
La comunidad internacional se limita, una vez más, a pedir “contención”. Pero el verdadero problema no está solo en el campo de batalla. Está en los salones de poder donde se decide quién tiene derecho a atacar impunemente, quién debe ser aislado, y quién puede beneficiarse del desorden ajeno. La guerra entre India y Pakistán puede volverse una tragedia regional. O un paso calculado en una guerra más grande: la que busca impedir que un nuevo orden mundial tome forma.
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