Gaceta Crítica

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Por su nombre

Cada vez que nombren socialismo o comunismo como arma arrojadiza, como si fuera una vergüenza, la contestación debería ser, no sólo contundente, sino aclaratoria.

Benito Rabal (Mundo Obrero), 3 de Mayo de 2025

Por su nombre

En estos tiempos turbulentos que corren, viene siendo frecuente escuchar a representantes de la caverna política y mediática, utilizar como insulto los términos que nombran a las ideologías progresistas. Sin embargo, el problema no es que lo hagan, el problema es que no se les conteste adecuadamente.

La historia nos ha enseñado que el uso espurio de las palabras tiene el único propósito de sembrar incertidumbres. Así, el nazismo se definió como nacional socialismo, para que los despistados que habían oído decir que el socialismo les sacaría de la miseria, se afiliaran al partido. Lo mismo pasó en nuestra piel de toro con la Falange, que lo hizo como nacional sindicalismo, dada la fuerza aglutinadora de la UGT y sobre todo la CNT, no en vano, anarco sindicalista.

Pero habría que hacer recordar que, en Alemania, a la vez que Hitler empezaba a llenar estadios, los trabajadores se unían en torno al movimiento socialista, heredero, entre otros, de Rosa Luxemburgo; que, a la vez que los curas anatemizaban el progreso en España junto a los señoritos de pelo engominado y gatillo fácil, el proletariado se esperanzaba viendo convertirse en realidad la utopía libertaria, alentada, entre otros, por Buenaventura Durruti; que, a la vez que Mussolini, estaban Gramsci y Togliatti.

Aunque no solo hay que reivindicar la realidad de la historia. Sobre todo, habría que volver a colocar a las ideas en el lugar que les corresponde para que no pueda instalarse la burla de términos indefinidos y engañosos como son los de trumpismo, chavismo o, para no irnos muy lejos, sanchismo. Cuando a las ideologías se las personaliza, dejan de serlo a ojos de la opinión pública, tan maltratada, tan olvidadiza. Y ya sabemos por experiencia propia a donde nos conduce eso. Decir franquismo en vez de fascismo, entre otras cosas, impide equiparar nuestra dictadura con la nazi, aunque no se diferenciaran en nada. O llamar anarco-capitalismo a la furia privatizadora de los poderosos, vamos, lo que siempre se ha llamado fascismo, por más que se intente convertir en la guinda que adorna el pastel, no deja de ser el mayor de los sinsentidos. Hay que defender que todas las cosas que tienen nombre, es porque merecen tenerlo.

Se dice que las mentiras tienen las piernas cortas, pero, en esta sociedad neofeudal, donde la ignorancia campa a sus anchas, también es cierto que se extienden como mancha de aceite. Por eso cada vez que nombren socialismo o comunismo como arma arrojadiza, como si fuera una vergüenza, la contestación debería ser, no sólo contundente, sino aclaratoria.

Cada respuesta debería insistir, sin temor a ser repetitivo, en cómo sería el mundo si no hubiera habido una lucha frontal en favor de la justicia social y la igualdad. Recordarles que tendrían que asumir trabajar de sol a sol en vez de las horas legisladas; no tener vacaciones; que sus hijos crezcan dejándose la vida en lúgubres fábricas; no poder divorciarse; tampoco abortar, ni practicar el sexo de la manera que plazca; aguantar las palizas de la pareja si es que a ésta le viene en gana y eres mujer; morirte en la calle si no disfrutas de una cuantiosa herencia, porque solo se podrá usar la sanidad de estricto pago y aun así, negarte hacerlo dignamente; olvidarte de disfrutar de la cultura aparte la que la censura te conceda; mantener a tus descendientes en la ignorancia si es que no se dispone de medios para la escuela privada; ir a la guerra como carne de cañón; y cuando tu cuerpo ya no dé para más trabajo, pudrirte en la miseria, porque no habrá pensiones.

Y hay que repetirlo porque nuestro mundo sería así sin la idea del socialismo, sin la lucha de los comunistas, ya sean libertarios, bolcheviques, troskistas, espartaquistas o seguidores del Gran Timonel, en definitiva, gracias a quienes han creído y creemos en una sociedad sin clases ni privilegios, justa e igualitaria. ¡Y a mucha honra!

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