Gaceta Crítica

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Ni Ucrania ni Europa pueden permitirse rechazar el plan de paz de Trump

Anatol Lieven (sinpermiso), 27 de Abril de 2025

La mayor parte del plan de paz para Ucrania ahora esbozado por la administración Trump no es novedoso, se basa en el sentido común y, de hecho, ya lo ha aceptado tácitamente Kiev.

Funcionarios ucranianos han reconocido que su ejército no tiene en un futuro previsible ninguna posibilidad de reconquistar los territorios hoy ocupados por Rusia. La declaración del vicepresidente J.D. Vance según la cual el plan norteamericano «congelaría las líneas territoriales… cerca de donde están hoy» sencillamente reconoce un hecho evidente.

Por otro lado, al aceptar un alto el fuego a lo largo de la actual línea del frente, Putin ha indicado que está dispuesto a abandonar la exigencia rusa de que Ucrania se retire de aquellas partes de las provincias reclamadas por Rusia que Ucrania todavía mantiene en su poder. También esto es de sentido común. Los ucranianos nunca aceptarán renunciar a ellas y, a juzgar por la lentitud del avance ruso hasta la fecha, la conquista de esos territorios ante la resistencia ucraniana respaldada por los Estados Unidos sería un proceso largo y terriblemente sangriento del que Rusia sólo sacaría páramos devastados.

Aún incluso sin el veto de los Estados Unidos, el ingreso de Ucrania en la OTAN no resulta realista, tanto por el hecho de que todos los miembros actuales de la OTAN han dejado claro que no van a combatir para defender a Ucrania, como porque varios países europeos vetarían asimismo el ingreso de Kiev. De hecho, durante las conversaciones de paz al comienzo de la guerra, el propio presidente Volodimir Zelenski declaró que, dado que todos los gobiernos principales de la OTAN (incluida la administración Biden) se habían negado a prometer el ingreso en la OTAN en un plazo de cinco años, un tratado de neutralidad con garantías de seguridad constituía el mejor camino para Ucrania.

Al mismo tiempo, el plan de Trump contiene una gran sorpresa: la oferta de reconocer la soberanía rusa sobre Crimea. A diferencia de la neutralidad y la aceptación de facto (no de iure) del control ruso sobre los demás territorios, esto constituye realmente una gran concesión a Rusia. Sin embargo, no es tan grande como sugieren los medios de comunicación occidentales, ya que no abarca las otras cuatro provincias del este de Ucrania que Rusia afirma haberse anexionado.

Tampoco está claro todavía si la administración Trump está ofreciendo simplemente el reconocimiento formal de la soberanía rusa sobre Crimea en sí, o si ella -y Moscú- insistirán también en que lo haga Ucrania, lo que es casi seguro que resulta políticamente imposible para el gobierno de Zelenski. La portavoz de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha declarado que la oferta de Trump de reconocer la soberanía rusa sobre Crimea sólo se aplica a los Estados Unidos, y que no está exigiendo que Ucrania haga lo mismo.

Dada esta ambigüedad, resultó imprudente e irreflexivo por parte de Zelenski declarar inmediatamente que «no hay nada que hablar respecto a esto». Tal vez no le hace falta hablar de ello…y este tipo de desaire público no es una manera de conservar las simpatías de la administración Trump.

Hay una cierta base legal, moral e histórica para que los Estados Unidos al menos traten Crimea de manera distinta, ya que Crimea sólo se transfirió por decreto soviético de la República Soviética de Rusia a la República Soviética de Ucrania en 1954, y sin ninguna pretensión de consulta con la población local. El voto mayoritario de Crimea para unirse a Rusia en 2014 parece haber sido también en general creíble, mientras que los «referendos» celebrados por Rusia en las otras cuatro provincias en medio de la guerra se consideran, con razón, totalmente de escasa fiabilidad.

¿Traerá este plan la paz? Rusia parece estar a punto de aceptarlo, aunque, al menos según lo revelado hasta ahora, el plan no parece abordar otras exigencias rusas, como los derechos de los rusoparlantes en Ucrania, las limitaciones de las fuerzas armadas ucranianas y, sobre todo, la prohibición de una «fuerza de seguridad» europea en Ucrania, algo en lo que los gobiernos británico, francés y otros han estado trabajando intensamente.

Es posible que el Kremlin intente añadir condiciones adicionales y realmente inaceptables al plan de paz (por ejemplo, reducciones radicales de las fuerzas armadas ucranianas). En ese caso, Trump debería culpar a Moscú del fracaso del proceso de paz y, al tiempo que se aleja de él, también debería continuar la ayuda estadounidense a Ucrania.

Un motivo clave para que Moscú lo acepte es que la administración Putin está, en efecto, extremadamente ansiosa de que Trump culpe a Ucrania y a los europeos, y no a Rusia, de un fracaso de las conversaciones y, por tanto, de que si, tal como amenaza, «abandona» el proceso de paz, corte también la ayuda militar y de inteligencia a Kiev.

Por esa misma razón, los ucranianos y los europeos estarían locos si llegaran a rechazar de plano este plan, como sugieren las declaraciones iniciales. Como ya se ha señalado, los objetivos formales fijados por Ucrania, el ingreso en la OTAN y la recuperación de sus territorios perdidos, son prácticamente imposibles de alcanzar. Por tanto, en términos concretos, Ucrania nada pierde aceptando el plan de Trump.

Suponiendo que el gobierno británico se ciña a la declaración del primer ministro Keir Starmer de que una «fuerza de reaseguro» europea sólo podrá entrar en Ucrania si los Estados Unidos actúan a modo de «malla de protección», esta fuerza tampoco se va a materializar. Trump no tiene intención alguna de proporcionar tal garantía, lo que equivaldría a la adhesión de Ucrania a la OTAN con otro nombre. Gobiernos europeos clave, incluido el de Polonia, han dicho también que no participarían en ninguna fuerza de este tipo.

En la actualidad, y en un periodo venidero considerable, los ejércitos británico y francés sencillamente no parecen disponer de tropas para un despliegue de este tipo en un contexto de posible guerra con Rusia. Un antiguo jefe del ejército británico, el general Lord Dannatt, ha declarado que (dada la necesidad de rotación y entrenamiento de las tropas) habría que destacar hasta 40.000 soldados británicos para una fuerza de ese tipo, y «sencillamente no tenemos ese número disponible». Crear una fuerza de este tipo para Ucrania significaría también poner fin a los compromisos británicos de defensa de los actuales miembros de la OTAN, especialmente de los países bálticos y Polonia.

Por el momento, la respuesta probable de Kiev y de la mayoría de los gobiernos europeos al plan de Trump parece ser «no, pero». En otras palabras, rechazarán el plan en su forma actual, pero se declararán dispuestos a negociar algunos de sus aspectos. Esto, sin embargo, sería profundamente imprudente, si de hecho Rusia está dispuesta a aceptarlo. Trump les está esperando y no es hombre paciente. La amenaza de su administración de abandonar Ucrania y Europa a su suerte no podría haber sido más clara. Tal como ha manifestado el secretario de Estado Marco Rubio:

«Los ucranianos tienen que volver a casa, tienen que consultarlo con su presidente, han de tener en cuenta sus opiniones sobre todo esto. Pero tenemos que averiguar aquí y ahora, en cuestión de días, si esto es factible a corto plazo. Porque si no lo es, creo que seguiremos adelante».

Si los Estados Unidos «siguen adelante» en efecto, Ucrania se habrá colocado en una situación terriblemente precaria, y los países de Europa Occidental podrían tener que elegir entre una profunda humillación y un inmenso peligro. Porque si se retira la ayuda estadounidense, la capacidad de Ucrania para mantener su línea actual se vería muy reducida, y las posibilidades de un avance ruso aumentarían enormemente.

Si eso ocurriera, los europeos tendrían que admitir que sus «férreas» promesas a Ucrania eran papel mojado, o enviar sus tropas a Ucrania. Por supuesto, podrían quedarse en Kiev y Odessa, lejos de los combates reales, pero ¿de qué modo ayudaría eso a Ucrania? Y a menos que esta intervención formara parte de un acuerdo con Moscú que cediera mucho más territorio a Rusia, ¿cómo podrían evitar las fuerzas aéreas europeas verse arrastradas a un combate directo?

Teniendo en cuenta estos graves peligros, y dado que los detalles del plan de Trump aún están por concretar, la respuesta ucraniana y europea adecuada debería ser «sí, pero», desde luego si desean tener alguna esperanza de conservar el apoyo de Washington a Ucrania.

El plan de Trump dejaría al 80% de Ucrania independiente y libre para intentar avanzar hacia la adhesión a la Unión Europea y, en términos históricos, eso sería una gran victoria (si bien matizada) para Ucrania. Un rechazo de ese plan solo puede conllevar la promesa para Ucrania de una mayor derrota, y es posible que sea catastróficamente mayor.

Anatol Lieven 

Anatol Lieven, periodista y analista británico de asuntos internacionales, es profesor visitante del King´s College, de Londres, miembro del Quincy Institute for Responsible Statecraft, en el que dirige su programa de Eurasia, y autor de «Ukraine and Russia: A Fraternal Rivalry». Formado en la Universidad de Cambridge, en los años 80 cubrió para el diario londinense Financial Times la actualidad de Afganistán y Pakistán, y para The Times los sucesos de Rumanía y Checoslovaquia en 1989, además de informar sobre la guerra en Chechenia entre 1994 y 1996. Ha trabajado también para el International Institute of Strategic Studies y la BBC.

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