Gaceta Crítica

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La disneyficación de la Semana Santa

José Mansilla (Catalunya Plural), 13 de Abril de 2025

El capitalismo neoliberal está fundado, entre muchas otras cuestiones, en la necesidad de aprovechar y explotar cada una de las esferas de lo social como elementos productivos.

El término disneyficación ha pasado a la historia, con más o menos acierto, como aquel que describe cómo una sociedad es transformada, parcial o totalmente, en un parque de atracciones. Fue inicialmente propuesta por una de las madres de los estudios sobre gentrificación, la socióloga Sharon Zukin, en 1996, pero posteriormente popularizado por el profesor Alan Bryman en su canónico libro The Disneyfication of society, en 2004. El uso y abuso del mismo, además del contexto en el que fue planeado, ha llevado a algunos autores a renegar en cierta medida de él. No obstante, esto no implica que cuente con la suficiente potencia gráfica como para aplicarlo a algunos de las situaciones que viven las ciudades contemporáneas.

De este modo, si nos referimos a ambientes urbanos, un proceso de disneyficación se daría cuando las calles, plazas, barrios o ciudades, más que estar pensadas para la vida y socialización de los vecinos y vecinas del lugar, se encuentran dispuestas para su explotación y mercantilización turística. Cabe recordar que, en un parque de atracciones, pese a la aparente espontaneidad de todos los actos, cada uno de los elementos presentes se encuentran profusamente controlados y regulados. Desde la limpieza del lugar, la disposición de los diferentes elementos estéticos y las atracciones, los personajes que se interrelacionan con los visitantes, las luces, a veces la temperatura, la vigilancia y el control de los comportamientos, los espacios de descanso y refrigerio, etc. Otro sociólogo americano, Ervin Goffman, en su estudio sobre las instituciones mentales de la década de los 60, definió a este tipo de espacios como instituciones totales, pues total era el control ejercido sobre la vida de los allí presentes.

Una calle o un barrio disneyficado no puede ser, o no debería, ser una institución total, pues se tratan, aun hoy día, del espacio de libertad por excelencia, allí donde todo es posible, desde una manifestación política a un robo o un botellón, pero eso no quita que diferentes instituciones públicas intenten, en la medida de lo posible, acercarlo al máximo a la definición original del concepto. El objetivo detrás de tal idea suele pasar, por un lado, por el control de la población y, por otro, por la conversión de las ciudades en objeto de producción, esto es, su potencial mercantilización de cara al turismo. En este sentido, un espacio urbano entrará en proceso de disneyficación cuando las diferentes esferas que lo componen empiecen a sentir la, no tan invisible, mano del Estado y el mercado sobre él. Un ejemplo de ello son las ordenanzas de convivencia que existen en algunas ciudades, con el ejemplo de Barcelona, Alacant o Granada, entre ellas, o los planes de uso o de dispositivos culturales y de ocio que persiguen dinamizar un determinado entorno, como el caso de los museos, los edificios icónicos, los bares y restaurantes o las plazas emblemáticas. De esto no escapa, por supuesto, algunos intangibles como las fiestas populares.

El capitalismo neoliberal está fundado, entre muchas otras cuestiones, en la necesidad de aprovechar y explotar cada una de las esferas de lo social como elementos productivos. Aquello tan conocido de ‘recursos infrautilizados’ muchas veces se refiere a nuestras aceras, los parques infantiles, los descampados o el patrimonio cultural inmaterial, tal y como pueden ser las Fallas de Valencia o, por citar algo más, las Festes de Sant Joan en Ciutadella, Menorca o la Semana Santa de Sevilla. Su promoción y ‘puesta en valor’, otro de los eufemismos para hablar de mercantilización, esconden una dinámica de acumulación por desposesión, donde los desposeídos son sus verdaderos protagonistas, la población local, y los que acumulan, con la anuencia de la administración pública y los visitantes, los sectores productivos que aprovechan esa nueva esfera virgen de explotación para hacer negocio. La transformación de un hecho social total, siguiendo a Marcel Mauss, como pueden ser las procesiones de la Semana Santa andaluza, en un eslabón de la cadena productiva vinculada al turismo, solo hace que desvirtuar y debilitar el verdadero objetivo de este tipo de fiestas, la creación de identidad y comunidad.

La vida en Disneyland se vuelve imposible, por cuanto los distintos elementos y mecanismos sociales que, anteriormente, estaban dispuestos para poder llevar a cabo las diferentes actividades de una vida cotidiana, pasan a engrosar la cadena de valor que es rentabilizada por un sector específico del conglomerado productivo. Así, en realidad, la disneyficación no es más que otro término para hablar de turistificación donde los vecinos y vecinas interpretamos los papeles de una comedia sin ninguna gracia y al que hay que poner un The end.

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