Francesco Pallante (Il Manifesto Global – Italia -), 7 de Abril de 2025

¿Para qué clase de Europa se nos llama a salir a las calles? La pregunta puede parecer pedante, dada la brutalidad de los tiempos que vivimos, brutalidad que, por otra parte, empeora rápidamente. Sin embargo, si queremos evitar comprometernos en una iniciativa meramente autocalmante -como señaló Andea Fabozzi el 4 de marzo-, no podemos dejar de preguntarnos cuál es la Europa que imaginamos que debería ofrecerse como alternativa a los Estados Unidos de Trump, Vance y Musk.
No es necesario remontarse hasta el Manifiesto de Ventotene para percibir un profundo malestar al contemplar la Europa contemporánea. Lo que tenemos ante nosotros es una Europa que, en tres años de guerra en sus propias puertas, ha sido incapaz de articular el más mínimo discurso en favor de la paz. Ni una sola iniciativa diplomática; ni un solo intento de identificar una salida no violenta. Autócratas como Erdogan y Bin Salman han acogido negociaciones. Europa no. Europa se fijó como objetivo la derrota militar de Rusia, el derrumbe de su economía y la desaparición política y personal de Putin. Y, ahora, con la guerra abocada a una derrota, no sabe cómo reaccionar de otro modo que no sea planeando armarse hasta los dientes, derogando para los gastos militares exclusivamente esas mismas reglas que siempre ha pretendido inquebrantables a la hora de gastar en escuelas y hospitales. Con el agravante de que un rearme ni siquiera redundaría en una verdadera autonomía estratégica, ni siquiera en una perspectiva a largo plazo, ya que se llevaría a cabo en condiciones de total sumisión tecnológica a los Estados Unidos.
Algunos dirán que, como mínimo, Europa no ha sucumbido en el plano de los valores. Ha optado sin vacilar por apoyar al agredido y no al agresor, demostrando que sabe elegir el lado de la justicia. Pero resulta demasiado fácil replicar que, en Oriente Próximo, Europa ha optado por la elección contraria: del lado del agresor, contra la víctima, hasta el umbral del genocidio plausible. «Desde el río hasta el mar» constituye hoy una realidad de facto: la realidad impuesta por Israel. Lo que a los palestinos ni siquiera se les permite decir, a los israelíes se les permite hacerlo. ¿Es ésta la justicia europea? ¿Apoyar los valores cuando le conviene e ignorarlos cuando no? Los valores se aplican o no se aplican. Y si no se aplican a algunos, no se aplican a nadie: se convierten en el velo de la hipocresía que oculta el propio interés.
Además, los Estados europeos que se erigen en defensores de la Ucrania agredida no han tenido reparos en convertirse ellos mismos en agresores en años muy recientes: en Irak, Afganistán, Siria, Libia. Y cuando, tras arrasar esos países, amplias franjas de sus respectivas poblaciones se desplazaron en busca de una vida digna, Europa reaccionó levantando muros y confiando su «seguridad exterior» a flagrantes esclavistas y torturadores.
Ahora Europa se enfrenta a la negación de un derecho humano central en el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial: el derecho de asilo, que la Comisión Europea pide al Tribunal de Justicia que deniegue sin tener que molestarse en cambiar la legislación pertinente. Un «país seguro» será cualquiera que los gobiernos europeos proclamen como tal; y, a la espera de ser devueltos a tales países, los seres humanos que huyen de la persecución se verán recluidos en campos situados fuera de las fronteras de Europa, donde ni siquiera podrá ejercerse plenamente el derecho a la defensa.
En cuanto a las políticas internas destinadas a los ciudadanos europeos, ni siquiera se puede pensar en desviarse del dogma de la sociedad de mercado. El Estado debe reducirse al mínimo, porque el único principio aceptable de orden social es el de la competencia económica: ya sea entre personas, empresas o territorios. Los ciudadanos se reducen a consumidores; y si hay que luchar contra alguna discriminación, es siempre por la misma razón: evitar cualquier distorsión de la regla de oro de la libertad absoluta de los factores productivos (bienes, servicios, capitales, personas). El dinero sigue siendo el corazón del sistema, con la correlativa eliminación de su gobierno de la política y, por tanto, del control democrático. Que los costes sean los que sean. Aunque incluyan la devastación social de todo un país, como debería recordarnos la tragedia infligida a Grecia.
¿Es por esta Europa, la de las armas, la injusticia internacional, los muros y el dinero, por la que debemos salir a la calle? ¿Por la que, promoviendo la desigualdad y alimentando la violencia en las relaciones internacionales, se está construyendo un presente, y un futuro, de triunfos electorales para la extrema derecha neofascista?
Lo urgente es la paz. Tal como nos enseñó Norberto Bobbio, el primer efecto de la guerra consiste en reducir la democracia y los derechos a fórmulas vacías de las que se puede prescindir. Estamos ante un momento dramático, y sin duda es bueno que haya conciencia de este hecho, pero si realmente queremos dar fuerza a la bandera de Europa, enarbolemos junto a ella la bandera de la paz.
Francesco Pallante es profesor asociado de Derecho Constitucional en la Universidad de Turín. Autor junto a Gustavo Zagrebelsky y Valeria Marcenò de un “Manual de Derecho Constitucional” [con edición en castellano en la editorial Zela, Puno, Perú, 2020], es colaborador del diario il manifesto y miembro del Consiglio di Direzione di Libertà e Giustizia.
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