Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

La geopolítica de la paz

Arquitecto de la “terapia de choque” aplicada a Rusia por Yegor Gaidar en 1992, el economista Jeffrey Sachs fue tanto actor como testigo de la injerencia estadounidense en el espacio postsoviético. Su análisis sobre la guerra en Ucrania, expuesto durante una reunión en el Parlamento Europeo el pasado febrero, circuló en las redes sociales, pero la gran prensa europea apenas lo recogió.

por Jeffrey D. Sachs, abril de 2025 (Le Monde Diplomatique Abril 2025), 7 de Abril de 2025JPEG - 152.2 KBSerhii Hrekh. — Twins Head (Cabeza gemela), 2023

Llevo 36 años siguiendo muy de cerca la evolución de Europa central y oriental, Rusia y Ucrania. Trabajé como asesor para el Gobierno polaco en 1989, para el equipo económico del presidente Mijaíl Gorbachov en 1990 y 1991, el del presidente Borís Yeltsin de 1991 a 1993 y, más adelante, en 1994, el del presidente ucraniano Leonid Kuchma. Tras el Maidán, en 2014, el nuevo Gobierno ucraniano me pidió que fuera a Kiev. He estado en contacto con los dirigentes rusos desde hace más de treinta años y conozco muy bien a sus homólogos estadounidenses. Hablo, pues, con pleno conocimiento de causa.

Después de la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos decidió que la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desde Bruselas hasta Vladivostok se realizaría etapa por etapa, sin límite alguno. Se buscaba un mundo unipolar estadounidense. Y eso pese a que el ministro de Asuntos Exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher y el secretario de Estado estadounidense James Baker se habían puesto de acuerdo con Gorbachov a principios de febrero de 1990: la OTAN no se extendería “ni un milímetro hacia el este” (1). El compromiso no fue producto de un intercambio informal, sino que se formuló en un contexto jurídico y diplomático, y condicionó las negociaciones con vistas a la reunificación de Alemania tras su división al final de la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, el presidente Clinton decidió ampliar la Alianza Atlántica hasta Ucrania en 1994. No se trataba del capricho de un dirigente concreto, sino de un paso más en una política estadounidense practicada de manera sostenida desde hace treinta años y que se extiende, tal vez, hasta la conversación telefónica entre Trump y Putin el pasado 12 de febrero. En 1997, Zbigniew Brzezinski, estratega y exasesor de la Casa Blanca, publicó El gran tablero mundial (2). Este libro detalla algunos de los planes del Gobierno estadounidense, entre los cuales se contaba la ampliación de Europa y la OTAN hacia el este. “¿Qué hará la Federación de Rusia cuando tanto una como otra esté a sus puertas? —se pregunta Brzezinski en uno de los capítulos—. La única opción geoestratégica factible, la que podría brindarle un papel internacional realista y maximizar sus posibilidades de transformarse y modernizarse socialmente, es Europa. Pero no una Europa cualquiera, sino una Europa transatlántica encarnada por la Unión Europea y la OTAN”. Brzezinski, a guisa de gran visionario, explicaba en el libro que era impensable que Moscú se aproximara algún día a Pekín…

La ampliación de la Alianza comenzó en 1999 incorporando a Hungría, Polonia y la República Checa. Rusia protestó. En vano, por supuesto. El siguiente paso, dado en 2004, fue la adhesión de los países bálticos, Rumanía, Bulgaria, Eslovenia y Eslovaquia. También entonces los rusos manifestaron su disgusto: se trataba de una violación pura y simple del orden levantado durante la reunificación alemana, una traición por parte de Washington del acuerdo de cooperación con Moscú. En la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007, el presidente Putin lo dejó claro: ¡deténganse, basta ya! Pero Estados Unidos hizo caso omiso. Al año siguiente, Estados Unidos impuso a Europa su proyecto de ampliación de la OTAN a Ucrania y Georgia. En Nueva York, en la primavera de 2008, el presidente georgiano Mijaíl Saakashvili afirmó ante un laboratorio de ideas que Georgia pertenecía al corazón del Viejo Continente y que, en cuanto tal, su vocación era unirse a la Alianza Atlántica. Entonces pensé: este hombre está loco; va a destruir su país. En agosto del mismo año estalló la guerra entre Moscú y Tiflis.

Algunos meses antes, William Burns, embajador de Estados Unidos en Rusia, había enviado a la por entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice un largo cable diplomático cuyo título acabaría por hacerse célebre: “Nyet means nyet” (3). En él, el diplomático advertía de que la clase política rusa en su conjunto, y no solamente Putin, se oponía a la ampliación de la OTAN. Víktor Yanukóvich fue elegido presidente de Ucrania en 2010 gracias a un programa que preveía la neutralidad para su país. Rusia no formuló entonces ninguna reivindicación territorial ni manifestó ambición alguna a propósito de su vecino. Negoció una renovación por 25 años (esto es, hasta 2042) del usufructo de la base naval de Sebastopol, pero nada más. No dio muestras de codiciar ni Crimea ni el Donbás. La hipótesis según la cual Putin está reconstruyendo el Imperio ruso se reduce a una propaganda pueril. No obstante, Estados Unidos decidió provocar la destitución de Yanukóvich precisamente por su inclinación a la neutralidad y porque se oponía a la adhesión de Ucrania a la OTAN.

Tras el golpe de Estado que se fomentó en su contra, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas firmó y luego ratificó por unanimidad los Acuerdos de Minsk —en especial Minsk II— el 17 de febrero de 2015. Pese a ello, Estados Unidos y Ucrania decidieron que no aplicarían el pacto. Alemania y Francia, garantes de su puesta en práctica, también se desentendieron de él. Cosa que dejó bien claro el papel absolutamente subsidiario de Europa. En 2016, Donald Trump ganó las elecciones y aceleró el envío de armas a Ucrania. Los bombardeos sobre el Donbás causaron miles de víctimas mortales. Más adelante, en 2021, Biden asumió el cargo de presidente de Estados Unidos. A finales de ese año. Putin trató por última vez de llegar a un entendimiento con Estados Unidos proponiendo, el 15 de diciembre, dos proyectos de acuerdos de seguridad: uno con Europa y otro con Estados Unidos.

Fue entonces cuando tuve una conversación telefónica de una hora con el asesor de Seguridad Nacional Jake Sullivan para preguntarle qué pensaba hacer y convencerle de que evitara la guerra. “Lo único que Estados Unidos tiene que hacer —le dije— es decir: ‘La OTAN no integrará a Ucrania’”. Sullivan intentó apaciguarme: “Pero si la OTAN no va a integrar a Ucrania. No te preocupes”. Le respondí: “Jake, dilo públicamente”. A lo que él contestó: “No, no, no. Eso no puede decirse públicamente”. “Pero Jake, ¿vais a hacer una guerra por algo que ni siquiera va a suceder?”. “No te preocupes, Jeff, no habrá guerra”. Sinceramente, esa gente no brilla por su inteligencia; se lo digo yo, que llevo más de cuarenta años tratando con ellos. Lo que vino después ya lo sabemos: la Administración de Biden se negó a negociar sobre la cuestión de la ampliación de la Alianza Atlántica [con Moscú].

La idea más estúpida de la OTAN es su “política de puertas abiertas”, basada en el artículo 10 del Tratado de 1949. La Alianza Atlántica se arroga el derecho de instalarse en cualquier parte con tal de que lo admita el Gobierno del país huésped, sin que ningún vecino —Rusia, por ejemplo— pueda decir nada al respecto.

¿Por qué Putin emprendió las hostilidades en 2022? Claramente, para evitar la entrada de Ucrania en la OTAN, lo que vale por decir: el despliegue en su territorio del Ejército estadounidense, de sus misiles y de agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Quiere mantener a toda costa a Estados Unidos lejos de su frontera. Para entender su postura, basta con imaginar lo que pasaría si China o Rusia decidieran instalar una base militar junto al Río Grande o la frontera canadiense. Simplemente, estallaría una guerra en diez minutos. Cuando la Unión Soviética intentó algo así en Cuba, en 1962, el mundo estuvo a punto de vivir un holocausto nuclear.

Todo lo anterior es tanto más grave por cuanto Washington se retiró unilateralmente del Tratado sobre Misiles Antibalísticos en 2002, poniendo así fin a la estabilidad relativa que garantizaba este documento. Aquello sacó a los rusos de sus casillas. En 2010, el Ejército estadounidense empezó a instalar sistemas de misiles antibalísticos Aegis en Polonia y, más adelante, en Rumanía. Ni que decir tiene que a Rusia no le hizo gracia.

Uno de los asuntos que preocupaban a Moscú en diciembre de 2021 y enero de 2022 era saber si Estados Unidos reivindicaba el derecho a instalar sistemas de misiles en Ucrania. Según el exanalista de la CIA Raymond McGovern, el exsecretario de Estado Antony Blinken supuestamente le dijo al ministro de Asuntos Exteriores ruso Serguéi Lavrov, en enero de 2022, que su país se reservaba el derecho a hacer tal cosa. Ahora, Estados Unidos quiere instalar sistemas de misiles de alcance intermedio en Alemania. En 2019, se retiraron del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio.

Cuando, días después del inicio de la invasión rusa, el presidente Volodímir Zelenski declaró que Ucrania podría aceptar la neutralidad, pareció avistarse la posibilidad de un acuerdo de paz. Ambas partes negociaron sobre un documento que el presidente Putin acabó por aprobar. La negociación estuvo amparada por mediadores turcos. En la primavera de 2022, yo mismo me encontraba en Ankara para observar directamente, y en detalle, lo que se ponía en juego en el marco de la discusión. Al final, Ucrania renunció a un acuerdo que estaba a punto de cerrarse. ¿Por qué? Porque Estados Unidos así se lo pidió, y porque el Reino Unido remachó el clavo enviando a principios de abril a Boris Johnson con el mismo mensaje. La idea que dominó desde el principio era: Rusia acabará cediendo, no está en condiciones de resistir… Lo mismo que afirmaba Brzezinski en 1997.

A menudo he recordado a los ucranianos la célebre frase de Henry Kissinger: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su aliado es fatal”. Europa haría bien en tenerlo en cuenta.

Este texto es una versión recortada y revisada por el autor de la conferencia que dio en el Parlamento Europeo el 19 de febrero de 2025.

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.