Plan de financiación Rearmar Europe, Libro Blanco sobre defensa, adquisición centralizada de material militar, presión de la Comisión sobre los Gobiernos: el proyecto europeo, hasta ahora centrado en la paz, se está reinventando como un mercado único para la guerra. Pero, con sus intereses estratégicos divergentes y su lealtad a Washington defraudada, ¿salen ganando los Estados miembros?
por Pierre Rimbert, abril de 2025 (Le Monde Diplomatique), 7 de Abril de 2025
SERHII HREKH. — Dawning After Eclipse (‘Amanecer tras el eclipse’), 2023
© Serhii Hrekh – ferosone.artfond.me
El martes 11 de marzo de 2025, las negociaciones de paz bilaterales entre Rusia, Estados Unidos y Ucrania se reanudaron en Arabia Saudí: a 5000 kilómetros de Bruselas. Y, por vez primera desde la primavera de 2022, se abría la perspectiva de un alto el fuego, tal vez incluso la de la paz. Apartados de los debates, desconcertados por la conducta de su turbulento papá estadounidense, obnubilados por su gran rearme, los dirigentes del Viejo Continente asistían como espectadores a unas negociaciones que se negaron a iniciar. Pese a todo, aquel mismo día, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se pavoneaba ante una sesión plenaria del Parlamento Europeo afirmando: “Es el momento de Europa”.
Desde el rechazo por parte de Francia y los Países Bajos del tratado de Constitución europea en la primavera de 2005, las instituciones de Bruselas han ido perfeccionando un guion siempre idéntico: primero, una crisis internacional que demuestra el mal hacer de la Unión Europea brinda a sus dirigentes la ocasión de proclamar que, antes al contrario, una Europa unida frente al desafío actúa y sale triunfante; a continuación, una serie de decisiones arriesgadas, a menudo tomadas precipitadamente bajo la presión de los medios de comunicación, llevan a un sonado fracaso que se salda con una nueva erosión de los sistemas de protección social; por último, la exasperación popular y el ascenso de la extrema derecha derivados de todo lo anterior incitan a las atemorizadas élites liberales a sustraer nuevos espacios a la deliberación democrática nacional para transferirlos a la burocracia bruselense. Tras la crisis financiera de 2008, la del euro en 2012, el brexit en 2016 y la epidemia de covid en 2020, la guerra de Ucrania sigue, paso a paso, análogo tratamiento de choque.
La invasión rusa del 24 de febrero de 2022 brindó a la Comisión Europea el pretexto soñado para reanimar una integración aletargada tras el brexit. Y para arrogarse prerrogativas de política exterior y seguridad, una materia que el derecho comunitario subordina expresamente a las decisiones del Consejo Europeo, es decir, a los jefes de Estado y de Gobierno. La presidenta de la Comisión no tardó en identificar la guerra como un gran acelerador para Europa, anunciando la futura integración de Ucrania en la UE y reformulando el alcance del conflicto. Ya no se trata meramente de una agresión rusa, sino de una guerra de civilizaciones cuyo único resultado ha de ser la aniquilación del “mal implacable” supuestamente encarnado por Vladímir Putin: una guerra “contra nuestros valores y contra nuestro porvenir. Una guerra de la autocracia contra la democracia” en la que a los ucranianos les toca el papel de paladines. “Putin fracasará y Europa vencerá”, prometió Von der Leyen el 14 de septiembre de 2022.
Embriagados por los vapores de unión sagrada segregados por la prensa liberal (1), la Comisión y los dirigentes de los Estados miembros tomaron o aprobaron a la ligera una serie de decisiones supuestamente destinadas a demostrar al mundo la fuerza de Europa. Acabarían siendo un factor de debilidad y humillación.
La primera atañe a las sanciones bumerán adoptadas contra Rusia. Entre finales de febrero y finales de junio de 2022, Bruselas lanzó a bombo y platillo las seis primeras salvas de represalias económicas contra Moscú (el pasado febrero se aprobó la decimosexta). Inspiradas de ordinario por Estados Unidos, dichas medidas debían, en principio, “socavar progresivamente la base industrial rusa” (Von der Leyen, 25 de febrero de 2022) y “provocar el colapso de la economía rusa” (Bruno Le Maire, ministro de Economía francés, 1 de marzo de 2022). “La industria rusa está hecha pedazos”, se congratulaba en la red social X la Comisión Europea allá por septiembre de 2022, en un momento en que la renuncia exprés al gas barato ruso en favor de los hidrocarburos estadounidenses licuados hacía que se disparase la inflación en Europa y sumía a Alemania en la recesión. Estas sanciones autoadministradas entrarán en los anales de la historia como un caso único de automutilación económica ordenada por dirigentes enfebrecidos, además de aumentar la vulnerabilidad de los Estados miembros frente a la actual guerra comercial declarada por el presidente estadounidense Donal Trump. Pero, como todo fracaso de una política europea es, por definición, imputable a la falta de suficiente Europa, Bruselas anuncia triunfalmente la recuperación por la vía del rearme… justo cuando se abren las negociaciones de paz.
La segunda decisión consiste en no contemplar más resultado del conflicto que los nada realistas fines perseguidos por el presidente ucraniano. Tan pronto como se detuvo la ofensiva rusa inicial, la presidenta de la Comisión se convirtió en la portavoz de Volodímir Zelenski: “Putin debe perder esta guerra y responder de sus actos”, proclamó, vestida de azul y amarillo, el 15 de septiembre de 2022. La palabra “paz” se volvió tabú en Europa, al igual que la de “negociación”. Pero ¿de qué deliberación democrática o de qué debate público dedujo Von der Leyen su certeza de una convergencia de intereses de los Estados miembros de la Unión Europea con los de Ucrania? Al condicionar el fin de los combates a la capitulación rusa exigida por Kiev, los países europeos renuncian de antemano al papel de árbitro o intermediario, a diferencia, por ejemplo, de Turquía, que apoya a Kiev sin embargar su porvenir. Convertidas, de hecho, en cobeligerantes, las capitales europeas más comprometidas permanecían, sin embargo, estrechamente sometidas al control operativo de Washington. El giro de 180 grados de la Casa Blanca tras la reelección de Trump las ha dejado desarticuladas, divididas, impotentes.
La tercera decisión de la Comisión tomada a favor de la guerra entre Rusia y Ucrania entraña unas repercusiones sin duda todavía mayores. A medida que se alza el fantasma de una amenaza militar rusa en los márgenes orientales de Europa, Bruselas se dedica a alinear lo más fielmente posible su enfoque geopolítico con las prioridades estratégicas de los Estados miembros más antirrusos y más atlantistas, en detrimento de los grandes actores tradicionales, como Francia o Alemania, que en 2008 se opusieron a la entrada de Ucrania en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). “Desde el comienzo de la guerra —explica el sociólogo y especialista en relaciones internacionales Wolfgang Streeck—, Von der Leyen se ha dedicado, ante todo, a organizar la presión internacional sobre una Alemania titubeante para que se pliegue a las políticas de la Unión Europea, tal y como las había definido junto con Polonia y los países bálticos, bajo los auspicios de Estados Unidos y de la OTAN” (2). Admitidos tanto en la Unión Europea como en la Alianza Atlántica entre 1999 y 2004, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría cuentan con los beneficios económicos del mercado común, pero, en materia de defensa, lo fían todo a Washington. “Los Estados bálticos se han identificado estrecha y hasta apasionadamente con la unidad transatlántica, a la que consideran casi un principio constitucional” (3), admite el antiguo ministro de Asuntos Exteriores lituano Gabrielius Landsbergis.
Tras el final de la Guerra Fría, estas antiguas repúblicas soviéticas reconstruyeron su identidad nacional sobre un anticomunismo, una rusofobia y un neoliberalismo intransigentes. “A nosotros, los países bálticos, lo que nos da miedo no son los tanques rusos, sino la debilidad de los países del occidente europeo”, se ufana el ministro de Defensa de Letonia, Artis Pabriks. Desde su punto de vista, la guerra en Ucrania constituye una sorpresa divina que cimenta el arraigo atlantista del norte de Europa con la integración en la OTAN de Finlandia y Suecia, además de ponerlos a la vanguardia de la nueva razón de Estado supranacional europea: luchar contra el “mal” ruso. Entrevistados uno tras otro por los medios de comunicación —sobre todo en Francia: Le Monde, Le Figaro, L’Express, LCI…—, sus dirigentes saborean su momento de gloria. “A decir verdad, estamos exultantes”, resume Jüri Luik, representante de Estonia ante la OTAN. No les faltan motivos: la ex primera ministra estonia Kaja Kalla –a quien durante algún tiempo se consideró poner al frente de la Alianza Atlántica– acabó obteniendo el puesto de alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Su enfoque de las relaciones internacionales parece sacado de una serie estadounidense sobre la Guerra Fría: “Cuando algunos afirman que el objetivo debe ser la paz, eso me hace pensar en la ocupación soviética durante la Guerra Fría. […] No debemos ofrecerle una puerta de salida a Vladímir Putin, ya que para él sería un mensaje claro de que puede empezar de nuevo. La solución solo puede ser militar. Ucrania debe ganar esta guerra”, afirmaba poco antes de asumir el cargo (4). Andrius Kubilius, ex primer ministro de Lituania y nuevo comisario europeo de Defensa y Espacio, comparte el mismo y desfasado punto de vista: “Putin no se detendrá en Ucrania. Quiere volver atrás en el tiempo. No veinte años, sino cuarenta años o más. Hasta la Unión Soviética. Incluso hasta el Imperio ruso. Lo cual puede significar la anexión, la ocupación de partes de Europa y la dominación del resto”. Frente a semejante amenaza, Kibilius aboga por que “la Unión Europea se convierta en el arsenal de las democracias” (5), alojada, eso sí, bajo el control operativo de la OTAN.
Aunque la historia podría explicar alguna desconfianza de los países bálticos y los de Europa central hacia Rusia, ¿ganan algo los demás Estados miembros alineando su política exterior con las decisiones estratégicas de las exrepúblicas soviéticas? La península Ibérica teme más al cambio climático que a una invasión rusa; su capacidad de disuasión nuclear protege a Francia de todo ataque militar; Alemania, que prosperó durante la distensión, saca provecho del equilibrio entre el este y el oeste; Grecia desconfía más de Estambul que de Moscú; Italia ve el peligro en el Mediterráneo y Dinamarca está muy ocupada… con Trump. “Una Unión Europea centralizada solo podrá unificar los intereses divergentes de sus Estados miembros en el marco de una alianza transatlántica estrecha”, analiza Streeck. El viejo sueño defendido por las élites liberales europeas “solo es viable en una confrontación transatlántica con Rusia supervisada y teledirigida por Estados Unidos”. Pero, por lo visto, Trump tiene otros proyectos en mente.
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