Serendipad (blog), 29 marzo, 2025
La académica Julia Cagé explicó en su libro Salvar los medios de comunicación (2015) que, «Según una encuesta del instituto Gallup realizada en 2014, la confianza en los medios de comunicación no supera el 22% en Estados Unidos». Diría que esto es un síntoma de la pérdida de credibilidad de los medios en los últimos años, no solo en Estados Unidos, sino en muchos otros países. En esta situación, algunos caen en el cinismo de asumir que todos mienten y terminan confiando únicamente en lo que ven en redes sociales. En el otro extremo están los que creen que, aunque los grandes medios no sean perfectos, son la mejor opción que tenemos.
Yo no coincido del todo con ninguna de estas dos posturas. Pienso que los medios más importantes pueden llegar a publicar noticias de calidad, pero creo que eso solo ocurre cuando decir la verdad y hacer un buen trabajo les beneficia o, como mínimo, no les perjudica. Por desgracia, eso no es lo habitual porque hay mucho en juego.
Una de las principales razones por la que hay tanta falta de rigor es debido a que los medios son, ante todo, empresas, así que lo que buscan es generar beneficios. Con lo difícil que es rentabilizar un medio, no es de extrañar que hayan proliferado cosas como el clickbait (títulos de noticias diseñados para llamar la atención, pero que no se corresponden con el contenido), el amarillismo (publicaciones exageradas y tendenciosas) y lo que algunos llaman content mill (contenido con relleno para poder meter publicidad entre medias).
Esta necesidad de ganar dinero hace que quienes tienen menos escrúpulos abracen abiertamente teorías de la conspiración para obtener una ventaja competitiva. Como explicaba Richard Evans en el documental de Netflix 11M, terror en Madrid (2022), consiguen más lectores y espectadores alegando que tienen un conocimiento superior.
En ese mismo documental, Gumersindo Lafuente, director de la versión digital de El Mundo de 2000 a 2006, explicó que los medios están en «una pelea comercial». En relación al atentado de Atocha de 2004, añadió que para competir con su rival en la derecha política (que era el ABC), el periódico El Mundo publicó noticias falsas y manipuladas, con lo que sus ventas subían y las del ABC bajaban. Según él, «La operación de intoxicación en torno a la autoría del 11M es la operación de engaño periodístico más trascendental y más sucia que ha habido en la historia del periodismo español desde la transición.»
Además de dinero, los dueños de los medios buscan otro tipo de rédito: defender sus intereses personales. Esto da lugar a casos tan esperpénticos como el del CEO de Activision, Bobby Kotick, intentando comprar Kotaku (el medio periodístico de videojuegos más grande del mundo) para limpiar la imagen de su empresa, que había recibido numerosas denuncias por acoso sexual; Jeff Bezos, el CEO de Amazon, acercándose cada vez más a monopolizar la prensa al comprar Washington Post; Elon Musk, el dueño de Twitter, privilegiando sus mensajes en dicha red social y denunciando a los anunciantes que abandonaron la plataforma después de que mostrara simpatía por un comentario que muchos consideraron antisemita; los audios de Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid, en los que reconoce que está controlando la prensa a su antojo; etc.
Más allá del papel de los propietarios, es evidente que cada medio tiene su propia línea editorial, es decir, sus prioridades y perspectivas sobre los temas de los que habla. Esto no es algo necesariamente malo. Es totalmente legítimo dar una opinión sobre temas subjetivos (de hecho, muchas veces es imposible hablar de ellos de manera imparcial). Ahora bien, una cosa es intentar convencer a la opinión pública explicándole tu visión y otra muy diferente es tratar de influir directamente en partidos políticos para condicionar sus decisiones.
Eso es justo lo que ocurrió en España hace no mucho. El 21 de junio de 2022, Antonio Caño, el ex-director de El País (el medio generalista más leído de España), dijo en redes sociales que cuatro años atrás dicho periódico intentó evitar un pacto político entre el PSOE y Unidas Podemos. Lo peor de todo fue que, como explicó José Precedo (ex-periodista de ese periódico), la dirección no informó a los redactores sobre sus intenciones, y muchos de ellos no estaban de acuerdo, como demuestran las numerosas protestas.
Esta forma de intervenir en política de manera manipuladora también se da en otras regiones del mundo. El 11 de abril de 2002 se convocaron dos protestas en Venezuela: una contra el gobierno y otra a favor. Al encontrarse ambas en la calle, se empezaron a escuchar disparos. Poco después, los medios publicaron imágenes de los seguidores de Chávez disparando desde un puente y a continuación mostraron a las víctimas del tiroteo, dando a entender que ellos eran los responsables. Sin embargo, en otras imágenes que nunca llegaron a enseñar se ve claramente que no había manifestantes en la dirección en la que dispararon los seguidores de Chávez y que se estaban defendiendo de francotiradores.
En pocas horas hubo un comunicado de varios jefes militares que dieron un golpe de Estado utilizando el tiroteo como excusa y los medios lo respaldaron al instante. Su apoyo fue tan grande, que hasta los golpistas les dieron las gracias (un militar llegó a decir «tenemos un gran arma, que son los medios de comunicación»). Posteriormente, el corresponsal de la CNN en Caracas, Otto Neustald, reveló que el video de los militares se había grabado días antes del tiroteo, pero incluso aunque los medios no lo supieran, sigue siendo inaceptable que apoyaran un golpe de Estado, más aún cuando el gobierno no tenía nada que ver con lo ocurrido. Eso sin contar con que se hizo creer a la población que Chávez había dimitido cuando en realidad lo habían retenido y tampoco dijeron nada al respecto.
Los medios también influyen en política acallando a quienes desprecian y dando una visibilidad desproporcionada a sus aliados. En una entrevista que le hizo Latinoamérica piensa al ex-presidente brasileño Lula Da Silva, éste explicaba que «son nueve familias las que tienen el control de los medios de comunicación. No dan información, hacen política. Aquí, en Brasil, hubo momentos cuando yo fui presidente de la República o era candidato y los candidatos que tenían el 3% de los votos tenían más tiempo en los noticieros que yo.»
En un informe realizado en 1989 por FAIR (Fair and Accuracy In Reporting) llamado Are You on the Nightline Guest List? se analizaron 865 programas de Nightline (un programa televisivo estadounidense) durante cuarenta meses. De los 2.498 invitados, el 92% eran blancos y el 89% hombres. Además, «El 80% de los invitados estadounidenses eran profesionales, funcionarios públicos o representantes de empresas. En cambio, sólo el 5% eran representantes del interés público (paz, libertades civiles, medio ambiente, etc.) y menos del 2% eran líderes sindicales o raciales/éticos.»
Pero la forma predilecta de intervenir en el gobierno es a través de las aportaciones de los dueños de los medios a las campañas electorales. El ejemplo paradigmático es el de Rupert Murdoch, que es el accionista mayoritario de Fox News y que, al mismo tiempo, contribuye generosamente a las campañas electorales republicanas desde hace décadas.
Todos estos problemas se acrecientan debido a que los grandes medios cada vez concentran más poder. En 1992 había en Estados Unidos más de 1.800 periódicos, 11.000 revistas, 11.000 radios, 2.000 canales de televisión y 2.500 editoriales. Pues bien, 23 corporaciones controlaban el 50% del negocio en cada medio y en algunos casos tenían un monopolio virtual.
Por su parte, los gobiernos, en vez de ayudar, muchas veces empeoran la situación. Allí donde hay medios públicos intentan controlarlos mediante presiones o, directamente, censurando. En España, el Consejo de Informativos elabora informes trimestrales en los que pone de manifiesto las malas prácticas fruto de interferencias políticas. RTVE lleva años bloqueada por culpa de desavenencias entre los partidos, los cuáles, según fuentes de los trabajadores de dicha institución, «están poniendo trabas a la resolución para articular el concurso público».
Esto es así porque todos intentan manipular la televisión pública en su beneficio, con especial mención del PP, que ha llegado a acaparar la atención hasta tal punto, que en la manifestación del 8M de 2018 y según el Consejo de Informativos, «el tiempo dedicado al PP y al Gobierno es el triple que al de toda la oposición en su conjunto». La situación llega a ser tan surrealista, que una portavoz del PP madrileño acusó a la dirección de Telemadrid de no ser «leal con el Gobierno para el que trabaja». En este contexto, no sorprende que, de la nada, TVE realizara un cambio de última hora la noche antes de las elecciones generales de 2004 y emitiera una película sobre un político asesinado por ETA (para desviar la atención y evitar que la gente pensara en Al Qaeda tras los atentados de Atocha). Tampoco publicaron una entrevista que dio el presidente Bush en la embajada española en Washington porque el presidente estadounidense no apoyaba la teoría de que ETA había llevado a cabo el atentado.
Respecto a los medios privados, los Estados se dedican a atacar con mucha agresividad a cualquier periodista que cuestione sus decisiones. Mención especial merece Wikileaks. Este medio, dedicado a destapar crímenes y abusos estatales, ha sufrido la persecución tanto de Estados Unidos (evidenciada por un documento secreto del Pentágono que afirmaba en 2010 que el servicio de inteligencia estadounidense pretendía destruir la credibilidad de Wikileaks) como de Reino Unido (un documento clasificado del Ministerio de defensa británico equiparaba a los grupos terroristas con periodistas de investigación).
A veces la persecución llega a ser violenta, como el bombardeo estadounidense a las oficinas de Al Jazzera en Afganistán e Irak para impedir que publicaran noticias en su contra.
Es decir, que se produce un tira y afloja entre gobiernos y grandes empresas por ver quién controla la información que le llega a la sociedad. Al final, y a pesar de los conflictos mencionados, lo normal es que se dé una connivencia muy estrecha entre ambos que deriva en lo que algunos llaman periodismo empotrado (embedded), que es aquel que está tan integrado en las instituciones, que las terminan defendiendo incondicionalmente. Así, ambos salen ganando: el Estado evita las críticas y los medios obtienen información privilegiada. No hay que olvidar que, como explica Julia Cagé, «A lo largo de la mayor parte del siglo XIX, [los diarios norteamericanos] eran principalmente instrumentos de relaciones públicas en manos de los políticos y pocos eran independientes». Y aunque la situación ha mejorado desde entonces, diría que todavía ocurre algo parecido.
El ejemplo paradigmático de periodismo empotrado se dio en la guerra de Irak. El reportero John Pilger explicó en su documental La guerra que usted no ve que durante la guerra de Irak «La mayoría de los relatos que los televidentes vieron, vinieron de un sistema en el que las organizaciones mediáticas concordaron con ciertas condiciones impuestas por el Ministerio de Defensa en Londres, y el Pentágono en Washington». Bryan Whitman, asistente de la Secretaría de Defensa, afirmó que «En el momento en el que nuestras fuerzas ingresaron en Irak, teníamos cerca de 700 periodistas empotrados en nuestras formaciones militares». El experto en inteligencia Melvin Goodman dijo que «entre el 80 y el 90% de lo que usted lee en los periódicos es oficialmente inspirado. Si estuvieran cubriendo la comunidad de espionaje, por ejemplo, y se tornaran críticos de la CIA o de otras organizaciones importantes, perderían sus fuentes. […] Creo que a los periodistas les gusta ser parte del juego, parte del grupo interno.»
En resumen, los medios hacían eco entre unos y otros, con lo que se evitaba que se filtraran perspectivas alternativas. Como explicó el periodista Rageh Omaar, «el noticiero 24 horas es una caja de resonancia conjunta. Es por eso, por ejemplo, que Basra fue dada como ocupada 17 veces antes de que eso ocurriera realmente.»
Quizás por eso no existió ningún tipo de disidencia en los medios que cuestionara lo más mínimo la necesidad o justificación de la guerra. Más bien al contrario, la defendían fervorosamente, como pone de manifiesto el periodista de la BBC, Andrew Marr, al hablar de la actuación de Tony Blair el 9 de abril de 2003:
Él dijo que sería posible ocupar Bagdad sin un baño de sangre y que, al final, los iraquíes estarían celebrando. Y en estos dos puntos él se mostró convincentemente cierto. Y sería enteramente ingrato, aun para sus críticos, no reconocer que esta noche él se perfila como un hombre de mayor talla y un Primer Ministro más fuerte, como resultado.
Pero la propaganda empezó mucho antes de que comenzara la guerra. Colin Powell, el secretario de Estado de USA en las Naciones Unidas, mintió sistemáticamente para justificar la invasión de Irak y expuso pruebas falsas que no convencieron al inspector jefe de armas de la ONU, Hans Blix. Aun así, en Fox News se afirmó que lo que Powell había dicho era «una evidencia irrefutable, innegable, incontrovertible». Otro periodista del mismo medio consideraba que había hablado con «una abundancia de evidencias aplastante». Por su parte, The New York Times publicó las falsas alegaciones de que Hussein tenía armas nucleares, a pesar de que no había ninguna evidencia que lo demostrara.
The Observer hizo lo mismo en Gran Bretaña. David Rose, el periodista que escribió la noticia que afirmaba que había una relación entre Hussein y los atentados del 11 de septiembre, reconoció ante Pilger que lo que pensaba que era cierto en esos artículos resultó ser un montón de mentiras que se creyó como resultado de una campaña de desinformación.
No es el único que reconoció su error a posteriori. Dan Rather, ex-presentador de noticias de CBS, dijo lo siguiente sobre la guerra de Irak: «Si nosotros los periodistas, yo incluido, hubiéramos, desde el principio, empezado a hacer las preguntas profundas y agresivas que tendríamos que hacer […], creo que podríamos argumentar con firmeza que quizás no hubiéramos ido a la guerra». Sin embargo, en su momento llegó a afirmar que «George Bush es el presidente, él toma las decisiones y yo soy solo un estadounidense más. Donde él quiere que yo me alinee, basta con que me diga dónde y él hace el llamamiento.» Cuando Pilger le habló de esa declaración, respondió que eso ocurrió en el cenit del atentado de las Torres Gemelas y que el miedo estaba presente en cada sala de noticias del país. «El miedo de perder tu trabajo. El miedo de que la institución o empresa para la que trabajas entre en bancarrota. El miedo de que te tachen de antipatriota».
Carne Ross, que trabajó en la oficina de asuntos exteriores británica, llegó a decir:
las sanciones han causado sufrimiento en masa entre iraquíes comunes, especialmente niños. Nosotros, los gobiernos de USA y del Reino Unido, somos los principales ingenieros y defensores de las sanciones y estábamos muy al tanto de estas evidencias en aquel momento. Pero las ignoramos ampliamente o culpamos de estos efectos al gobierno de Saddam. Las sanciones, efectivamente, le niegan a toda la población los medios para vivir.
Sin embargo, esto lo dijo cuatro años después de que se empezaran a aplicar las sanciones. Al ser cuestionado por esto, respondió que
Hay una cierta cuestión de cultura en los círculos de política exterior que considera que hablar de cosas como sufrimiento humano cuando estás lidiando con Saddam Hussein es un poco sentimentalista. […] Cualquiera que sea el daño que hayas causado a otros individuos, al final del día no habrá ninguna prestación de cuentas. Teníamos recursos extraordinariamente buenos para […] encontrar pequeños hechos que justificaran nuestra historia.
Reflexionando sobre cómo reaccionaban los periodistas ante esta situación, añadió que «Cuando estaba en el Departamento de Informaciones del ministerio, solía controlar el acceso al Secretario de Relaciones Exteriores, como forma de recompensar a los periodistas. […] Si los periodistas no defendieran nuestra posición […] haríamos la vida más difícil para ellos.»
Lo peor de todo es que los medios tenían a su disposición información que demostraba que las administraciones de Bush y Blair habían mentido sistemáticamente, pero prefirieron mirar para otro lado. El periodista galardonado con el Premio Pulitzer, Charles Hanley, comprobó en 2002 que los emplazamientos que los funcionarios de Bush habían calificado como sospechosos seguían sellados desde que los sellaron los emisarios de las Naciones Unidas en 1991. Es decir, que no había riesgo de que Hussein los hubiera reabierto para desarrollar armas químicas y/o atómicas. Sin embargo, nadie quiso escucharle.
Pero incluso años antes del atentado de las Torres Gemelas había información que desmentía los argumentos de los gobiernos occidentales. En 1998, el jefe de los inspectores de armamento de la ONU en Irak, Scott Ritter, dijo lo siguiente en una entrevista que concedió a John Pilger:
En 1991, Irak tenía significativa capacidad de producir armas químicas, armas biológicas, capacidad para producir armas nucleares […]. Pero en 1998, la infraestructura para las armas químicas había sido completamente desmantelada o destruida por la UNSCOM o por Irak en cumplimiento del mandato de la UNSCOM. […] Entonces, si yo tuviera que cuantificar la amenaza de Irak en términos de armas de destrucción masiva, la amenaza real es cero. Ninguna.
Cuando todavía consideraba a Irak una amenaza apareció con cierta frecuencia en medios como ABC, CBS y NBC. Sin embargo, tras afirmar que Irak ya no suponía un peligro, empezó a salir cada vez menos. Además, fue duramente atacado por Fox News (entre otros). En palabras de Steve Rendall, «ya no era un favorito de los medios».
Cuando Pilger le habló de esto a la periodista de la BBC Fran Unsworth, ella se defendió diciendo que «Lo que la BBC tiene el deber de hacer es relatar lo que el gobierno y sus representantes están diciendo». En ningún momento consideró que fuera su deber preguntarse si esas declaraciones eran honestas o si hacía falta consultar a expertos.
En general, la visión de la guerra que se dio desde Occidente fue extraordinariamente sesgada y parcial. Los innumerables crímenes y abusos de poder fueron expuestos casi exclusivamente por periodistas y fotógrafos independientes. Por ejemplo, el periodista Dahr Jamail, uno de los pocos que no estaba integrado en las instituciones y que estuvo en Irak entre 2003 y 2005, reveló que los estadounidenses habían usado fósforo blanco y que atacaron civiles. Según él, lo que había visto y lo que mostraban los medios eran «dos mundos completamente diferentes». «Cuando eliges ser [periodista] empotrado, les estás dando a los militares todo el poder para controlar a dónde vas, cómo vas a llegar hasta allí, qué vas a ver y, cuando ves algo, en muchos casos, incluso cómo lo vas a relatar».
Esta sumisión a la autoridad se vio también tras el atentado terrorista en Madrid el 11 de marzo de 2004. En 11M, terror en Madrid (2022), Jesús Ceberio, director de El País de 1993 a 2006, dijo lo siguiente: «Acabábamos de cerrar la edición que llevaba por título en primera página “Matanza terrorista en Madrid”. Y después de la llamada de Aznar [en la que le dijo que había sido la banda terrorista ETA la causante del ataque], cambié el titular por “Matanza de ETA en Madrid”. ¿Cómo no te vas a fiar de la palabra del presidente del gobierno?». Esta declaración revela varios problemas.
Para empezar, esto ocurrió apenas unas pocas horas después del atentado, cuando la policía todavía no había iniciado la investigación porque se estaban rescatando a las víctimas y recopilando pruebas. No solo eso, según el juez instructor del caso, Juan del Olmo, la policía casi había descartado a ETA desde un principio porque el modus operandi del atentado no coincidía con lo que solía hacer esa banda terrorista. Además, el presidente en ningún momento explicó los motivos por los cuáles pensaba que había sido ETA. Por último, era más que evidente que había un conflicto de intereses, así que su visión no era imparcial. Hay que recordar que ETA era un grupo que se autodefinía de izquierdas, mientras que el gobierno era de derechas, y su objetivo era alcanzar la independencia del País Vasco (una región de España), mientras que Aznar era firme defensor de la unidad del país. Es decir, que el presidente asumió desde un principio, sin pruebas y antes de que hubiera una investigación policial, que los perpetradores del atentado eran un grupo que era un enemigo ideológico y cuya forma de atentar era completamente distinta a lo que se vio en Atocha. Y todo esto tres días antes de las elecciones generales.
Sin embargo, el director de El País en ningún momento se molestó en intentar sopesar otras posibilidades ni se esperó a que hubiera evidencias por parte de la policía. Él mismo dijo que tienes que fiarte de lo que dice el presidente del gobierno, como si su palabra fuera una verdad absoluta, cuando en realidad debería ser justo al revés; la misión del periodista es informar con rigor, y eso implica cuestionar a los poderosos para evitar que mientan y manipulen a la población. Si asumes automáticamente que el gobierno siempre dice la verdad incluso cuando no tiene pruebas y cuando defiende lo que es más conveniente para él, estás adoptando una actitud totalmente sumisa. Sobre todo contrasta con la forma habitual en la que los medios publican noticias de delitos y crímenes. En esos casos, las descripciones de los hechos siempre vienen acompañadas de la palabra “presunto” para no asumir nada antes de que haya una sentencia firme. Aquí eso no pasó, así que no se trata de un error inocente, sino de una actitud deliberada para proteger al gobierno.
Eventualmente, la mayoría de los medios dejaron de apoyar la versión del gobierno cuando se vio que las pruebas apuntaban a Al Qaeda, pero incluso entonces hubo quienes siguieron defendiendo al gobierno, mintiendo sistemáticamente para rechazar las evidencias recabadas por la policía. Uno de los medios que llegó más lejos fue Libertad Digital, donde se llegó a afirmar, sin ningún tipo de fundamento, que el jefe de policía de la comisaría donde se encontró una bomba sin detonar había fabricado pruebas falsas. La campaña de acoso fue tan grande, que su mujer se suicidó un año después del juicio. Pero como habían defendido al Partido Popular hasta el final, éste les recompensó. En febrero de 2021, Luis Bárcenas, ex tesorero de dicho partido, declaró ante la fiscalía anticorrupción que a finales de 2004, el partido había comprado ilegalmente 140.000 € en acciones en el diario Libertad Digital porque «resultaba afín a las ideas del Partido Popular, y especialmente, a las tesis de autoría de ETA en los atentados del 11 M».
Hay muchos más casos de periodismo empotrado en Occidente. En una entrevista que le hizo la BBC, Noam Chomsky afirmó que Anthony Lewis, del New York Times, fue el primero dentro de los grandes medios en oponerse a la guerra de Vietnam en 1969 y explicó que «su imagen a partir de entonces es que la guerra (como decía él) empezó con grandes esfuerzos por hacer el bien pero terminó en 1969 siendo un desastre y costándonos demasiado». Según Chomsky, esta fue la mayor crítica en esa época a la guerra por parte de los grandes medios, cuando lo que deberían haber dicho es que, para empezar, Estados Unidos puso en Vietnam del Sur un gobierno títere y posteriormente invadió el país en 1961, bombardeando poblaciones civiles y destruyendo las cosechas con Napalm. En 1965 hubo una escalada de fuerza también en Vietnam del Sur, pero la prensa no dijo nada. «Si encuentra un 0,001% de reportajes que digan eso, me sorprendería, y en una prensa libre el 100% lo habría dicho».
Hasta Bertrand Russell fue censurado por el New York Times cuando escribió en 1963 que la conducta norteamericana en Vietnam era «reminiscente de los métodos de guerra empleados por los alemanes en Europa del este y por los japoneses en el sudeste asiático». Después de eso, y según reconoció en su autobiografía, el New York Times «primero me atacó en sus editoriales, después recortó mi respuesta y por último me negó el acceso a su sección de cartas al director».
Por desgracia, no fue el único caso en el que Russell experimentó la mala praxis de la prensa. Al intentar dar a conocer su fundación (que se dedicó, entre otras cosas, a liberar presos políticos), se topó con el ostracismo y la tergiversación debido a las críticas que realizó al gobierno británico:
La gran mayoría de la prensa británica no ha hecho casi nada por ayudarnos. Nos han tratado con silencio y, cuando consiguen encontrar algo que nos hace parecer malvados o ridículos, con burlas solapadas. Quizás esto no deba sorprendernos, ya que, si bien en forma totalmente legal, hemos estado trabajando contra la política implantada en nuestro país, no aquella que el gobierno del señor Harold Wilson prometió antes de asumir el gobierno la primera y la segunda vez sino contra la política que ha adoptado desde el poder. Por idénticos motivos y en diversas ocasiones, la prensa de otros países nos ha denostado o se ha negado a mencionarnos.
También en la guerra del Golfo los medios decidieron defender incondicionalmente al gobierno estadounidense. Chomsky afirma que Irak intentó pactar una retirada negociada de Kuwait pero no se publicó nada sobre el tema ni en Estados Unidos ni en Reino Unido. Además, en ningún momento intentaron plantear alternativas a un conflicto armado, sino que actuaron como si no hubiera otra opción.
Por su parte, el historiador Howard Zinn explica en su libro La otra historia de Estados Unidos (2011) que después de la guerra
quince jefes de agencias informativas de Washington se quejaron en una declaración conjunta de que el Pentágono ejerció un “control virtual total sobre la prensa americana” durante la guerra del Golfo. Pero mientras ésta tenía lugar, los comentaristas más importantes de la televisión se comportaron como agentes al servicio del gobierno de los Estados Unidos. Cuando el gobierno soviético intentó negociar el final de la guerra —sacando a Irak fuera de Kuwait antes de que empezara la guerra en tierra— el corresponsal más importante de la CBS, Leslie Stahl, preguntó a otro periodista: “¿No es éste un escenario de pesadilla? ¿No estarán los soviéticos tratando de detenernos?”
Algo incluso peor ocurrió cuando el gobierno invadió Cuba en 1962:
Algunos periódicos importantes cooperaron con la administración Kennedy para engañar al pueblo americano sobre la invasión cubana: The New Republic estuvo a punto de publicar, unas semanas antes de la invasión, un artículo sobre la instrucción de exiliados cubanos por parte de la CIA. Kennedy pidió que no se publicara el artículo y el The New Republic accedió, al igual que el New York Times.
Además de ocultar información, los medios también desvían la atención cuando ocurre algo importante para que no se hable de ello. En opinión de Zinn, esto es lo habitual: «los casos extraños —como el robo de Watergate— recibían una extensa cobertura, mientras que ejemplos de las operaciones en curso —como la masacre de My Lai, el bombardeo secreto de Camboya, el trabajo del FBI y la CIA, etc.— recibían una escasa cobertura».
De hecho, al mismo tiempo que se desvelaba el caso Watergate, se filtró a la prensa el proyecto COINTELPRO, en el que el FBI atacó a movimientos sociales (feministas, afroamericanos, sindicalistas, etc.) mediante espionaje, extorsión, campañas de desinformación y, en última instancia, asesinatos políticos. Watergate ni siquiera perjudicaba directamente a la sociedad, sino al partido demócrata, mientras que las víctimas de COINTELPRO eran personas de a pie. Aun así, la prensa decidió darle más importancia a Watergate.
La mejor manera de ver lo sesgados que son los medios es comparar la forma en que cubren noticias en función de si son favorables o desfavorables para su gobierno. Un gran ejemplo de esto ocurrió en los años setenta, cuando tuvieron lugar simultáneamente dos atrocidades de proporciones equivalentes en la misma región, una en Timor Oriental y otra en Camboya. La primera fue provocada por los aliados de Estados Unidos y la segunda por sus enemigos, lo cuál determinó la importancia que se dio a cada conflicto. La doble vara de medir de la prensa lo puso de manifiesto el New York Times: entre 1975 y 1979 publicaron 70 columnas sobre Timor Oriental y 1.175 sobre Camboya.
Un artículo de The Intercept de enero de 2024 recopiló 1.100 artículos del New York Times, el Washington Post y Los Angeles Times para analizar la forma en la que están cubriendo las guerras de Ucrania (cuyo perpetrador, Rusia, fue enemigo de Estados Unidos hasta hace poco) y Gaza (invadida por Israel, que es el mayor aliado de Estados Unidos) y se vio que estaba ocurriendo exactamente lo mismo.
En relación a las víctimas, en la primera semana de los bombardeos en Gaza habían muerto más niños palestinos que en el primer año tras la invasión de Ucrania. De hecho, en menos de dos meses ya habían muerto más de seis mil niños en Gaza (más que en cualquier otra guerra reciente). Sin embargo, estos medios solo publicaron noticias personales sobre la situación de los niños en Ucrania. Únicamente dos titulares de los mil cien artículos mencionaban a niños palestinos.
Al igual que en el caso de los niños, dichos medios se centraron en los riesgos para los periodistas en la guerra de Ucrania, pero apenas mencionaron a los periodistas palestinos. Murieron 48 periodistas palestinos durante las seis primeras semanas del bombardeo israelí frente a los seis muertos en los primeros días en Ucrania. Sin embargo, solo cuatro de los mil cien artículos tenían en el titular una referencia a periodistas árabes.
También hay un sesgo muy evidente en el lenguaje que utilizan para hablar de israelíes y palestinos. Los medios mencionaron muchas más veces a los israelíes que a los palestinos a pesar de que hay muchas más víctimas entre los segundos. Por cada dos muertos palestinos, se menciona a los palestinos una vez, pero por cada muerte israelí, se menciona a los israelíes ocho veces, es decir, 16 veces más por muerte que a los palestinos. Utilizaron el término “slaughter” (matanza) 60 veces más cuando las víctimas eran israelíes que cuando eran palestinas, “massacre” (masacre) fue usado 125 veces en el caso de israelíes frente a 2 veces cuando las víctimas eran palestinas y “horrific” (horrible) 36 a 4. También mencionaron el antisemitismo muchas más veces que la islamofobia (549 frente a 79).
Es igual de importante analizar la forma en que se describen los acontecimientos. Según el artículo, los asesinatos de civiles israelíes por parte de Hamás se describen sistemáticamente como parte de la estrategia del grupo, mientras que los asesinatos de civiles palestinos se cubren casi como si fueran errores puntuales, cometidos miles de veces, a pesar de las numerosas pruebas que indican la intención de Israel de dañar a civiles e infraestructuras civiles.
Nada de esto parece fruto de errores o torpezas personales, sino un comportamiento sistemático y generalizado para defender a los aliados del gobierno estadounidense. Sobre todo si tenemos en cuenta que a principios de 2024 se filtró un memorando del New York Times en el que se dio instrucciones a los periodistas para que evitaran términos como “genocidio”, “limpieza étnica” y “territorios ocupados” al hablar de la guerra en Gaza. También les recomendaron que no utilizaran el término “campos de refugiados” para referirse a zonas que las Naciones Unidas consideran como tal y que albergan a cientos de miles de refugiados.
Un trabajador del New York Times explicó a The Intercept que aunque el objetivo de este documento interno era aparentar neutralidad, había una clara intención de defender la narrativa israelí. Hay que recordar que ese lenguaje sí se utiliza cuando las víctimas son israelíes.
Esto no es exclusivo de los medios mencionados, sino que ocurre con prácticamente cualquier medio influyente estadounidense. En un artículo de The Column se analizó la cobertura de CNN, MSNBC, y FOX News durante el primer mes del conflicto y las conclusiones fueron las mismas. Durante ese mes, el portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel, Peter Lerner, fue entrevistado 44 veces en esos medios sin que hubiera nadie del lado palestino que tuviera un protagonismo equivalente. Y, una vez más, los israelíes son mencionados más veces a pesar de que las víctimas palestinas eran mucho mayores (hasta el 24 de octubre, los israelíes habían sido mencionados un total de 95.468 veces, mientras que los palestinos fueron mencionados 18.982 veces). Los aproximadamente 230 rehenes recibieron más cobertura en CNN y Fox News que los más de 11.000 palestinos asesinados por Israel.
Entre el 7 y el 24 de octubre, los niños palestinos fueron mencionados 699 veces en Fox News, MSNBC y CNN, mientras que los niños israelíes fueron mencionados 1.221 veces. Incluso cuando el número de víctimas mortales de niños palestinos superó el número total de víctimas mortales de todos los israelíes muertos en el ataque de Hamás, el número de menciones de niños palestinos siguió siendo inferior por término medio al de niños israelíes.
En relación al lenguaje, pasa lo mismo que en el artículo de The Intercept. Solo los políticos israelíes y estadounidenses usaron el término “masacre”, y lo hicieron cientos de veces. Y lo que es más importante, fue utilizado para expresar lo que les ocurrió a los israelíes el 7 de octubre. Ninguno de ellos utilizó nunca ese término para referirse a los más de 11.000 palestinos asesinados por el ejército israelí (la gran mayoría de los cuales eran civiles y unos 5.000 eran niños).
En los casos en que la palabra “masacre” sí aparecía en relación a los palestinos, era porque 1) se entrevistaba a un palestino directamente afectado, 2) se entrevistaba a un defensor pro Palestina, 3) iba precedida de la afirmación «…lo que se está llamando una masacre».
Además, las menciones a las “masacres” no aumentaron con el incremento del número de víctimas palestinas.
Es decir, que los medios empotrados defienden a las instituciones siempre que pueden. Es cierto que pueden llegar a criticar al gobierno si no simpatizan con sus ideas, pero cuando se trata de cuestiones que van más allá de la ideología (como guerras o atentados terroristas), tienden a proteger al gobierno frente a cualquier crítica. Dicho de otra manera, ser un medio empotrado significa ser un portavoz del estado, y eso implica sacrificar la independencia y el rigor.
Todos estos problemas (los conflictos de interés de los medios, la intervención del Estado y la estrecha colaboración entre ambos) están causados por lo mismo: el abuso de poder de grandes corporaciones y de gobiernos, que priorizan su propio beneficio por encima de lo que es mejor para la sociedad. Por tanto, si queremos que el público pueda acceder a información de calidad, es fundamental evitar la acumulación de poder y garantizar la pluralidad de opiniones.
Una forma de conseguirlo sería prohibir que los medios salgan a bolsa. Para empezar, porque esto provoca una gran disminución del gasto que se traduce en despidos y recortes de salarios, como lo pone de manifiesto el caso de Chicago Tribune, donde, como argumenta Julia Cagé, «durante los cinco años que siguieron a la salida a Bolsa, los beneficios aumentaron a un ritmo anual del 23%, mientras el volumen de negocio no progresaba más que un 9%, comportando fuertes reducciones de gastos». Por otro lado, implica un debilitamiento de la democracia, puesto que «a menudo se trataba de una estrategia comercial deliberada con el objetivo de poner el acento en los lectores más acomodados, para aumentar los ingresos publicitarios». No solo eso: «cuando cotizan, los diarios tienen en Estados Unidos una responsabilidad fiduciaria de maximización de los beneficios frente a sus accionistas. Y eso entra en contradicción con su responsabilidad «moral» que es, como recuerda la declaración de principios de la sociedad de editores de periódicos norteamericanos, servir al bien público.»
También hay que evitar las donaciones de millonarios y sus compras de medios de comunicación, puesto que «fragilizan el buen funcionamiento de nuestras democracias, que en buena parte reposan sobre el suministro al mayor número de personas de una información independiente y de calidad».
Además, es necesario ayudar a los medios más pequeños para que tengan una oportunidad frente a los gigantes de la comunicación. Por ejemplo, en Noruega se ayuda «al diario más pequeño en determinadas regiones aisladas. El sistema noruego también ayuda a los diarios nacionales que presentan opciones políticas disidentes o controvertidas. Se trata de garantizar el pluralismo de la prensa y, por lo tanto, de «subvencionar» la democracia.»
Otra forma de mejorar la situación sería cambiar el modelo de negocio para que, en vez de ser sostenido por grupos de accionistas, se base en suscripciones y donaciones para que sean los lectores quienes mantengan al medio. InfoLibre en España y The Intercept en Estados Unidos son dos buenos ejemplos.
Por otro lado, tener muchos medios pequeños e independientes (en vez de pocos y muy grandes) implica que el poder está más repartido, que hay una mayor diversidad de contenido y opiniones y que los medios no tendrán la capacidad de presionar al gobierno (ni el gobierno podrá manipularlos a todos).
Tras el atentado de atocha, Gumersindo Lafuente explicó en el documental 11M, terror en Madrid (2022) que «el presidente del gobierno, José María Aznar, llamó a todos los directores de los periódicos importantes para transmitirle la certeza que tenía el gobierno de que había sido ETA [quien puso las bombas del atentado de Atocha]». De esta manera, se aseguró de que su versión de los hechos llegara a toda la población sin dejar espacio a ningún tipo de disidencia. Esto pudo ocurrir porque la opinión pública estaba determinada por muy pocos medios (principalmente, ABC, El Mundo y El País). Si en vez de eso fueran decenas o cientos de medios los que influyeran en la opinión pública, el presidente no habría podido llamarlos a todos.
Hay muchos medios pequeños que han mostrado ser muy importantes a la hora de proporcionar información rigurosa al público. Como explica Zinn en relación a la guerra del Golfo: «Había periódicos alternativos en muchas ciudades. Durante la guerra del Golfo había más de cien emisoras de radio. A pesar de que sólo podían alcanzar a una fracción de aquellos que sintonizaban las emisoras más importantes, eran las únicas fuentes que ofrecían análisis críticos de la guerra.»
En conclusión, para acabar con la manipulación y la deshonestidad de los medios y los gobiernos, hay que construir una prensa democrática y diversa que nos ayude a conocer distintas opiniones y que nos informe con rigor y evitando los conflictos de intereses para comprender mejor cómo funciona el mundo.
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