Se trata de convertir a Europa, rearmada con 800.000 millones de euros, en el escudo protector de Estados Unidos en una guerra estadounidense contra China
Rafael Fraguas (Mundo Obrero) 27/03/2025 ·
Cumbre en Londres con Zelensky el pasado día 2 de marzo | European Union / CC BY 4.0
Si hay una palabra que defina la situación en la que se encuentra hoy la élite de la Unión Europea esa palabra es la del desconcierto. La confusión que la embarga es tanta que la supuesta identidad europea se diluye a cada instante. Y los problemas de identidad, como establecen psiquiatras y psicoanalistas, son el germen de la histeria. La histeria de la élite de Bruselas ha adoptado la forma de un salto al vacío que la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Layen, ginecóloga, de 66 años y controvertida ex ministra de Defensa de la hoy en recesión República Federal Alemana, ha expresado con la rotundidad que la inseguridad confiere a quien la sufre: no se le ha ocurrido otra idea, ni más ni menos, que la de destinar 800.000 millones de euros de nuestros bolsillos para sufragar la supuesta defensa europea.
Mas lo grave consiste en que esa megasuma milmillonaria se presenta como un alarde de autonomía geoestratégica europea frente al rampante desafecto mostrado por Donald Trump hacia el Viejo Continente, amenazando a éste con exorbitantes aranceles, cuando lo que en realidad supone es, primero, cumplir con creces el guion impuesto a Bruselas por Washington, capital de la OTAN, sobre el alza inmediata de los gastos de defensa y seguridad europeos; y, segundo, convertir a Europa, ya convenientemente autoarmada, en el escudo protector de Estados Unidos en un supuesto e irracional conflicto bélico contra China, guerra que todos los halcones del complejo militar industrial armamentístico estadounidense intentan imponer con calzador a los incautos políticos europeos. Esta pretensión arrancó desde que el supuestamente benéfico Barak Hussein Obama, intentó convertir el Indo-Pacífico en un Mare Nostrum estadounidense, con sus respectivas V y VII flotas oceánicas patrullándolo, después de inducir la guerra en Ucrania para debilitar a la Federación Rusa y tratando de olvidar el Oriente Medio, delegado por la Casa Blanca en manos del genocida israelí que, curiosamente impide a Washington centrarse en su meta extremo-oriental y le permite hegemonizar buena parte de la política exterior estadounidense, tan irresponsable como peligrosamente. Benjamín Nethanyahu fija a Estados Unidos al terreno mesoriental porque sabe que, sin su paraguas armamentístico, político y diplomático, desplazado contra China, los delirios de grandeza del sionismo en la zona no tendrían el grandioso futuro que el genocida y sus aliados de gobierno acarician, tras intentar aniquilar al pueblo palestino.
Europa no parece enterarse de lo que está sucediendo en las filas del llamado Occidente. Prueba de ello es el hecho de Francia y Alemania, eje sobre el cual pivota la supuesta unidad europea, hayan permitido al Reino Unido, autoexcluido de Europa, protagonizar el rearme continental
Europa no se entera
Europa no parece enterarse de lo que está sucediendo en las filas del llamado Occidente. Prueba de ello es el hecho de que Francia y Alemania, eje sobre el cual pivota la supuesta unidad europea, hayan permitido al Reino Unido, autoexcluido de Europa, protagonizar el rearme continental. El olvido de la historia es la condición necesaria para reeditarla, en clave trágica, claro está: Inglaterra ha sido históricamente una talasocracia, una gran potencia marítima. Su dominio de los mares, tras la derrota franco-española en Trafalgar por la inepcia del almirante francés Villeneuve y la megalomanía de Bonaparte, fue un hecho que le otorgó la hegemonía naval durante dos siglos. En base a ello, el designio inglés sobre los mares chocaba frontalmente con el poderío terrestre de la Rusia continental, incrustada en la extensa Eurasia. Inscrito este axioma en la conciencia de todos los estadistas británicos, desde lord Palmerston hasta Winston Churchill, hoy Londres trata de reeditarlo atizando hasta la exacerbación la rusofobia, de la cual Inglaterra hizo formalmente gala durante la Guerra Fría. Por ello, Inglaterra figura en la cúspide del halconato paneuropeo y otánico a favor de proseguir una guerra en Ucrania que Washington alentó extendiendo la OTAN hasta las fronteras de la Federación Rusa. Y ello pese a haberse pactado, verbalmente entre George Bush senior y Mijail Gorbachov, detener tan peligroso avance. Lo curioso es que, pese a inducir Washington esta guerra, excitando la percepción de amenaza de Moscú al comprobar que una decena de países fronterizos suyos se integraban en la organización militar de la OTAN, hoy parece tratar de dejarla en manos europeas; ¿con qué propósito?: tiene fundamento la idea de que lo que Donald Trump persigue es o bien ignorar o bien debilitar a la Unión Europea, ya que su prioridad consiste en adular a Vladimir Putin con el objeto de obligarle a romper sus hoy potentes lazos con China, estrechamente trenzados en la Organización de la Conferencia de Shangai de 2001.
Lo que Donald Trump persigue es o bien ignorar o bien debilitar a la Unión Europea, ya que su prioridad consiste en adular a Vladimir Putin con el objeto de obligarle a romper sus hoy potentes lazos con China
El presidente del tupé anaranjado parece desconocer que tanto Moscú como Pekín ya escarmentaron por su distanciamiento en los años 60-70 del siglo pasado. En cuanto a los rusos, cuando Mijail Gorbachov, en mayo de 1989, en trance de ser derrocado, viajó angustiado a Pekín para pedir árnica a los dirigentes chinos, surgieron, aquel junio como por ensalmo, los acontecimientos de la plaza de Tiananmen, que hicieron desvanecerse sus esperanzas de conjurar el desplome de la URSS, que precipitaría su derrocamiento. China, que había aprovechado la bonanza de sus relaciones con Washington para despegar económicamente, pasó a convertirse en el rival de Estados Unidos a abatir, por el triunfo chino en la carrera tecnológica y en el comercio mundial. Por ello, no parece que la Federación Rusa —que no es únicamente Putin, no lo olvidemos—, difícilmente accederá a romper sus vínculos con Pekín. Pesa además sobre los analistas rusos la certeza de que la enemistad con China puede reeditar los gravísimos incidentes fronterizos ruso-chinos habidos en torno la isla de Zenbhao del río Ussuri, en 1969, con un balance de más de 1.000 muertos y otros tantos heridos que, de reeditarse, serían hoy el indeseado —por Moscú y Pekín— preludio de una letal rivalidad intraeuroasiática, cuyos beneficiarios netos serían Estados Unidos y el Reino Unido, potencias ambas en situaciones declinantes. Muestra de tal declinación la compone la conciencia de insularidad, ya exacerbada, que filtran las actitudes de Donald Trump, consciente de que la geografía política aísla su país entre dos océanos, Pacífico y Atlántico, con dos vecinos, Canadá y México, supuestamente inermes frente al poderío estadounidense. Deseoso éste de conectar sus dos flotas oceánicas, así se explica su capricho por recontrolar el canal de Panamá, en el sur y quedarse con Groenlandia en el norte, sin olvidar los réditos de su patio trasero mediante la tenaza sobre Colombia y Perú, por el momento, más la hostilidad pregolpista hacia Venezuela.
Solo con la confianza manifiesta en una Europa social, democrática y anticapitalista, será posible desmontar la deriva que de la cual las élites capitalistas europeas nunca sabrán salir porque su tambaleante e histérica identidad es la crisis misma
Como vemos, la situación en Europa y sus hoy deterioradas relaciones con la Casa Blanca de Donald Trump tienen mucho que ver con la aparentemente errática trayectoria emprendida por él, que Bruselas no entiende y únicamente le tilda con adjetivos insidiosos. Intramuros del Viejo Continente, no solo existe el peligroso apoyo estadounidense hacia la extrema derecha europea, sino que también se da cierta parálisis de la izquierda, que no acierta asumir el necesario pertrechamiento teórico-práctico para encarar la situación. El análisis pormenorizado del alcance que tienen y tendrán las profundas contradicciones entre el capitalismo industrial, el capitalismo financiero y el capitalismo de las grandes plataformas, entre Europa y Estados Unidos, y su conversión en objetivo político prioritario de las grandes mayorías asalariadas del mundo, abre una puerta esperanzada a los inextinguibles deseos de emancipación de una humanidad, que ha de seguir confiando en la razón y su despliegue histórico y dialéctico. Solo con esta confianza, manifiesta en una Europa social, democrática y anticapitalista, será posible desmontar la deriva de la cual las élites capitalistas europeas nunca sabrán salir porque su tambaleante e histérica identidad es la crisis misma.
(*) Periodista, experto en geopolítica
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