Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Trump y su lejano predecesor

Atilio Borón (Resumen Lationoamericano) 15 de febrero de 2025 

Al glorificar la figura de William McKinley, presidente de los Estados Unidos entre el 4 de marzo de 1897 y el 14 de septiembre de 1901, Donald Trump intenta encontrar un precedente universalmente aclamado para sus controvertidas políticas en la historia política de los Estados Unidos. McKinley fue asesinado, Trump escapó milagrosamente de la misma suerte el 13 de julio de 2024 en Pensilvania. Pero a diferencia del neoyorquino, McKinley era un hombre de la clase política. Salvo un breve período de dos años (1869-1871) en el que ejerció la abogacía, pasó toda su vida en el mundo de la política.

A los 33 años McKinley entró en la Cámara de Representantes por el Partido Republicano. En 1890 propuso y consiguió que se aprobara una ley que aumentaba los aranceles a las importaciones. Poco después fue elegido gobernador de Ohio y, en 1897, presidente de los Estados Unidos. Fue durante su mandato cuando el país se convirtió en una potencia mundial: logró la anexión de Hawai al hacerse cargo de la deuda de cuatro millones de dólares del gobierno local y al año siguiente aprovechó la derrota que los mambises cubanos habían infligido al ejército español para involucrarse en la guerra de independencia cubana y apoderarse de la isla, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El pretexto era “brindar ayuda” a los patriotas cubanos, aunque no la necesitaban. Sin embargo, para despojar a España de sus territorios en el Caribe y el Pacífico, Washington necesitaba entrar en la guerra.

Como los cubanos no pidieron su ayuda, hubo que inventar un incidente que enfureciera a la opinión pública norteamericana y justificara la intervención norteamericana. El ataque autoinfligido al acorazado Maine, anclado en la bahía de La Habana para evacuar a los ciudadanos de ese país, que estalló misteriosamente el 15 de febrero de 1898, precipitó la entrada de Estados Unidos en una guerra que ya habían ganado los cubanos pero que les fue arrebatada precisamente por McKinley. Fue bajo su presidencia que Estados Unidos pasó de ser una potencia regional en Centroamérica y el Caribe a dar los primeros pasos en la construcción de un imperio global.

Y es este hombre, McKinley, partidario de la guerra económica con sus aranceles; de la acción militar directa, como en el caso de la guerra contra España; o de apelar al dinero para comprar una isla como Hawai, quien, no por casualidad, ha sido repetidamente elogiado por Trump. Fue él quien, tras derrotar a la monarquía española en Filipinas y Guam, ordenó a los cartógrafos del Pentágono incluir esas dos lejanas islas del Pacífico en los mapas de Estados Unidos.

Este breve esbozo nos permite descifrar y poner en perspectiva algunas de las iniciativas de Trump. Por ejemplo, ordenar cambiar el nombre del Golfo de México por el de Golfo de América. Su fe ciega en los aranceles a las importaciones tiene su precedente más notable en McKinley, sólo que en la economía global altamente interconectada de hoy una política de ese tipo está condenada al fracaso, y el propio Trump lo pagará caro. Como empresario sin escrúpulos, cree que todo tiene un precio, que todo se puede comprar o vender. Patriotismo, honor o dignidad son palabras sin sentido para el magnate.

Si McKinley adquirió Hawái, ¿por qué no hacer lo mismo con Groenlandia, sobre todo cuando Dinamarca y los gobiernos europeos muestran una apatía escandalosa ante el exabrupto de Trump? ¿Por qué no utilizar el chantaje económico para convertir a Canadá en el estado número 51 de Estados Unidos? Y aunque por ahora no haría falta un autoataque –la versión actual de Maine–, las mentiras, las fake news y la cobardía o pasividad de muchos políticos pueden tener el mismo efecto. Si George Bush convenció al mundo de que había “armas de destrucción masiva en Irak”, lo cual era flagrantemente falso, ¿por qué el poderoso aparato mediático que Estados Unidos controla a escala global no sería capaz de engañar a medio mundo al difundir una mentira tan escandalosa como “la presencia de soldados chinos en el Canal de Panamá”, o que su administración está subrepticiamente dirigida por el Partido Comunista Chino? ¿O de convencer a la opinión pública mundial de que quien entra ilegalmente a Estados Unidos es un criminal, como afirmó el mentiroso serial Marco Rubio?

Más allá de estos paralelismos, lo cierto es que con sus bravatas y contradicciones Trump representa un peligro para la convivencia internacional y un retorno a la fase más brutal y descarada del imperialismo. Las almas ingenuas que pensaban que éste había desaparecido, sustituido por una globalización benévola, ahora callan. El imperialismo existe, y seguirá generando dolor y muerte por todas partes, destruyendo el medio ambiente, promoviendo guerras y sembrando pobreza a manos llenas. El ilusorio intento de Trump de resucitar el unipolarismo estadounidense, o la “superioridad estadounidense”, es un capítulo cerrado bajo llave por la historia de un sistema internacional cuya arquitectura actual se ha modificado radical e irreversiblemente en dirección a una configuración de poder multipolar, cuya gravitación crece día a día.

GACETA CRÍTICA, 15 de Febrero de 2025

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.