Luis Sanmartín Cava (Castalunya Plural) 26/01/2025
La “internacional de los explotadores” une a oligarcas y gobiernos antisociales para concentrar poder y privilegios, mientras atacan derechos sociales, sexuales y laborales. La lucha de clases sigue siendo central en el siglo XXI.
La internacional de los explotadores
En su obra Las ruinas del neoliberalismo, la filósofa Wendy Brown ya planteaba en 2016 que nos enfrentaríamos en pugna a una ola reaccionaria global. En efecto, los grandes capitales se han conjurado para crear su propia internacional de los explotadores, en las que oligarcas como Musk, Bezos o Zuckerberg se postulan como cómplices de emergentes gobiernos antisociales: Trump en EEUU, Meloni en Italia, Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Weidel en Alemania y Abascal en el estado español. A la izquierda, especialmente a la académica y a la institucional, le resulta desorientadora la convergencia entre los extremos del conservadurismo y del liberalismo, ya que son agendas teóricamente contradictorias en algunos aspectos. Estas oleadas arremeten contra las libertades sexuales y LGTBIQ+, al mismo tiempo que defienden una desaforada autonomía del individuo. Abogan por reprimir con dureza a movimientos independentistas en nombre de naciones que prostituyen al mercado global dejando que los que especuladores internacionales privaticen sus estructuras de interés general. Se obcecan en agendas antiinmigración en nombre del empleo al mismo tiempo que promocionan la deslocalización de empresas a países con menos derechos laborales.
En definitiva, parecería que la nueva ola no sabe si defiende eliminar toda restricción al individuo y al capitalismo, o petrificar la nación y la tradición. Lo que se trasluce en su paradójico ataque a un globalismo que precisamente encarnan los déspotas empresariales de la globalización que financian sus campañas electorales. No obstante, no es la primera vez que se han dado movimientos Frankenstein en el ámbito político. De hecho, la historia del estado español posee un caso paradigmático: el franquismo. Ya que éste no fue un movimiento homogéneo, sino una agrupación heterodoxa de diferentes ramas ideológicas: falangistas que defendían el control corporativo de un Estado militarizado, oligarquías liberales que aspiraban a dominar el mercado capitalista de forma discrecional y tradicionalistas que deseaban la reinstauración de la monarquía son sólo algunos ejemplos. El núcleo de articulación del reaccionarismo no se encontraba entonces, ni se encuentra hoy en su discurso. Esa es la confusión de la que parte la izquierda, probablemente por su obsesión de sistematización intelectual que tiende a presuponer en las demás fuerzas. El corazón de las tinieblas, el motor del reaccionarismo, fue y será el mantenimiento de los privilegios.
Si una virtud ha caracterizado al socialismo es el cumplimiento de una fraternidad universal, que no puede conseguirse sino con el camino hacia la igualdad social. Si un vicio ha retratado al reaccionarismo, es el retroceso a tiempos de decadente injusticia. Son dos espectros que giran en torno a la desconcentración y concentración de poder, atravesando particularidades históricas y culturales. Es a partir de este ángulo que todas sus incoherencias se revelan como coherentes en la práctica: revolverse contra los derechos sexuales y LGTBIQ+ para blindar privilegios del modelo heteronormativo, defender la autonomía plena del individuo para apuntalar el libertinaje de agredir a otros, defender el dominio de los especuladores internacionales para colocar a los que heredan capital por encima de los trabajadores que se esfuerzan, reprimir movimientos independentistas para aplastar la soberanía de los pueblos, imponer agendas antiinmigración para explotar sin escrúpulos bajo la amenaza de expatriación, y deslocalizar fábricas para secuestrar poblaciones más vulnerables económicamente.
La internacional de los explotadores, a pesar de las diferencias ideológicas de sus miembros, posee un leitmotiv: la crueldad. Entendiendo por crueldad un daño intencionado hacia el otro, que puede tomar la forma de vulneración económica, sexual, física, territorial e incluso simbólica. La deshumanización de muchos para la deificación de unos pocos. El sufrimiento de masas para el hedonismo de un club minoritario. Un síntoma de que estamos frente a una guerra de clases en toda regla, en el que, no nos engañemos, se tiende hacia la dictadura de los ricos. Y no es sorprendente que los poderosos se unan junto a otros poderosos para amplificar sus privilegios. Lo sorprendente es que estos grupos están contando con un apoyo electoral significativo también entre aquellos que sufrirán sus políticas, tal como atestiguan los asaltos institucionales de Trump o Weidel.
Los enemigos del reaccionarismo: la sociedad y la política transformadora
¿Cómo ha llegado el reaccionarismo a persuadir a los electores? Su estrategia ha sido doble, y se ha basado en deslegitimar las dos fuentes clásicas de toma del poder por parte de los desfavorecidos: la sociedad y la política. Respecto del primero, desde los años 80 asistimos a una saturación de discursos que niegan la existencia de una dimensión denominada “sociedad”. Negar esta dimensión es negar las relaciones sociales que estructuran la distribución del poder y la forma en que experimentamos la cotidianeidad. No es casual que muchas causas en materia de clase, género, sexualidad y racialización se hayan nutrido de las Ciencias Sociales. El conocimiento ha permitido la emancipación de muchos grupos oprimidos a partir de tomar conciencia de su situación socialmente injusta. Es decir, a partir de criticar relaciones desiguales de poder que los más privilegiados se han afanado convulsamente en naturalizar, o directamente en ocultar. El negacionismo, forma actualizada de llamar al oscurantismo, forma parte estructural del reaccionarismo; porque es la forma de ocultar la violencia inherente a tales relaciones ¿Qué es el capitalismo sino la relación de violencia entre unos pocos que roban los frutos del trabajo de muchos? ¿Qué es el patriarcado sino la relación de violencia de un género que direcciona a otros géneros? ¿Qué es el racismo sino la relación de violencia de un grupo que se impone frente a otros?
Como reflexionaba Marx, una condición necesaria para la revolución de los trabajadores es la toma de conciencia de clase: el paso de verse como una clase en sí misma a una clase para sí misma. Es decir, pasar de verse como un objeto sin voluntad necesitado de dirección a un sujeto activo dispuesto a la modificación de las relaciones sociales. Una reflexión similar sería la de Simone de Beauvoir, reivindicando el feminismo como el paso de un género en sí mismo a un género para sí mismo. El juego del reaccionarismo ha estado en negar estas verdades bajo el slogan de que la sociedad es un freno del individuo: de que sólo un individuo aislado puede desplegar todas sus virtualidades para destacar por encima de la masa. Pero la historia muestra justo lo contrario: el progreso individual pasa necesariamente por el progreso del grupo. La inestimable base con la que partimos en nuestras sociedades como la sanidad universal, la educación pública, la jornada de ocho horas, las pensiones… han sido conquistas sociales, siempre conseguidas desde la colectividad.
Ahora bien, estas conquistas se han conseguido a base de tomar el poder político; y precisamente esta ha sido la dimensión que durante la última década la ola reaccionaria se ha dedicado a corroer. Recordaremos que, en las últimas elecciones, en los grupos de WhatsApp corrían como la pólvora vídeos en los que se criticaba al poder político. Lo curioso de tales vídeos es que cristalizaba expresiones que se han vuelto monedas de curso corriente: “todos los políticos son iguales”, “la política es corrupción”, “sólo nosotros nos salvaremos”. Tales ejercicios discursivos han venido a buscar una fractura entre el ejercicio político y el pueblo, denostando desde a los movimientos de base hasta los partidos políticos genuinamente socialistas. Esta maniobra no es casual, pues si se impone el mensaje de que la política es una actividad innoble ¿a quién se votará? Justamente a aquellos monstruos que se venden falsamente como destructores del poder político. Ese es precisamente el discurso fotocopiado de personajes como Milei, Trump o Abascal, que generan la ilusión deshonesta de ser luchadores por la libertad contra una corrupta tiranía.
Pero aquí lo central no es arremeter contra uno u otro partido, contra uno u otro movimiento de base; se trata sobre todo de generar un contexto generalizado de desconfianza en el que se conciba que toda acción política despliega, de forma inherente, una agenda perniciosa. Fíjense en el ridículo al que se ha llegado en el que el reaccionarismo ha tomado por enemigo discursivo la Agenda 2030: que no deja de ser una declaración de intenciones, en el que se defienden aspectos tan básicos como la provisión de agua limpia, el acceso a la educación o acabar con el hambre en el mundo. El cinismo del reaccionarismo ha llegado tan lejos que aspectos que podrían considerarse sencillamente nacidos de la empatía, o el mero sentido común, son criminalizados desde un odio tóxico. Generar recelos hacia la toma del poder político nos lleva irremediablemente a un sálvese quien pueda, pues sólo conquistando el poder político –desde las instituciones hasta cada una de nuestras calles– podemos hacer avanzar la historia hacia la igualdad.
Legitimar la lucha de clases
Cuando estalló la crisis de 2008, surgieron movimientos sociales y fuerzas políticas que supieron leer la emoción general de la sociedad: miedo. En aquel entonces teníamos miedo de perder la casa, de perder el trabajo, de quedarnos con una deuda de por vida, de vernos expulsados a sobrevivir en la calle… generaciones enteras que se habían esforzado trabajando y estudiando contemplaban cómo los desahucios, los recortes en servicios públicos y los despidos masivos amenazaban con dejarles en los márgenes. Fue claro para muchos activistas y militantes que era necesario comenzar por romper el miedo: un lema del 15M, la PAH, las mareas. Y para ello se dedicaron a organizar a las personas afectadas bajo discursos esperanzadores, que se veían acompañados de pequeñas grandes victorias que iban alimentando la ilusión por construir un futuro mejor. De hecho, esta motivación se traduciría en el impulso de fuerzas municipalistas y de nuevo cuño socialista que hicieron temblar a los partidos tradicionales, como Podemos y los Comunes. Y también en el fortalecimiento de fuerzas transformadoras ya existentes, como Compromís, BNG, EH Bildu y la CUP. Por cierto, hablamos de movimientos y partidos que no han protagonizado ni una sola condena por corrupción, a pesar de las repetidas denuncias sin fundamento iniciadas por aparatos reaccionarios. No obstante, ya no estamos en ese escenario. El miedo no ha desaparecido del todo, obviamente. Pero la emoción más impuesta hoy en día es otra: la resignación.
Es una resignación fraguada en la soledad de creer que no existen lazos sociales que nos hagan mejores, y en la desconfianza hacia toda forma de poder político. En resumen, es la resignación ante la convicción de que no existe unión alguna, y que ésta tampoco sería deseable, aunque se pudiera acometer. Es por ello imperativo que, desde el socialismo, y desde todos sus ángulos organizativos –movimientos, sindicatos, cooperativas y partidos– legitimemos la vida en sociedad y su transformación a través de la política. Es necesario legitimar sin vergüenza al activista que, para desahucios, al sindicato que organiza a los falsos autónomos, a los cooperativistas que socializan los medios de producción, y a los militantes que impulsan otras políticas públicas. Desconfiar entre nosotros no nos hace ningún favor. Afirmar que todos los políticos son iguales, o que todo el que luche por un mundo mejor tiene intenciones ocultas, puede hacernos quedar bien frente a muchos que prefieren desentenderse desde la tibieza. Pero a largo plazo es cavar la tumba de nuestros propios intereses de clase.
Necesitamos recuperar un horizonte transformador de superación del capitalismo, en el que experimentemos para construir sociedades diferentes basadas en la participación, la igualdad y la comunidad. Necesitamos recuperar el impulso de los movimientos obreros, que reclamen para sí la socialización de toda riqueza, en el que cada uno aportemos según nuestras capacidades y recibamos según nuestras necesidades. Necesitamos la unión de las fuerzas, aprender a dialogar, a no denostarnos entre nosotros ni entrar en luchas fratricidas. Mientras discutimos sobre los detalles, la internacional de los explotadores se pone de acuerdo en sus intereses generales. Debemos aprender a ceder, a volver a construir, a reflejar la confianza en nuestras organizaciones y acompañarlo de prácticas concretas que mejoren la vida de las personas. Soy consciente de que los reclamos que expreso podrían verse como demasiado abstractos. Pero dejar a un lado los clichés contra todo el que se implica en política, comenzar a hablar bien de las personas que se esfuerzan por hacer un mundo mejor, y proponer crear espacios de unión entre la política de base y la institucional son actitudes que podemos accionar hoy. No perdamos el tiempo. Hay demasiado en juego.
Luis Sanmartín Cava Professor Associat al Departament de Ciències Polítiques de la Universitat Pompeu Fabra (UPF). Va ser tècnic de l’Ateneu Cooperatiu de Barcelona Coòpolis i continua col·laborant en projectes de l’economia social. Doctorat en Antropologia Social i Cultural investigant la interrelació entre organització i estratègia en els col·lectius d’habitatge. Va formar part del grup motor per a la creació de la cooperativa d’habitatge La Xicoira i col·labora amb la Plataforma d’Afectats per la Hipoteca (PAH).
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