Gaceta Crítica

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Incompetencia de Bruselas, éxitos de Pekín

El académico Kishore Mahbubani —exembajador de Singapur ante las Naciones Unidas, donde presidió el Consejo de Seguridad en enero de 2001 y mayo de 2002— ofrece un análisis único de la situación política internacional. Responde al reflejo atlantista de los medios de comunicación occidentales con un conocimiento detallado y minucioso de China, lo que no le impide señalar los errores de Pekín.

por Kishore Mahbubani (Le Monde Diplomatique), 3 de enero de 2025JPEG - 45.1 KBERINÇ SEYMEN Y MURAT BALCI. — Mr. Helpless (‘Sr. Indefenso’), 2017

Sin duda, muchos dirigentes occidentales se quedaron estupefactos cuando el 10 de marzo de 2023 China logró convencer a Irán y Arabia Saudí para que firmaran un acuerdo dirigido a normalizar sus relaciones diplomáticas, que llevaban suspendidas desde 2016. Los medios de comunicación dominantes –reticentes, por regla general, a celebrar los éxitos de Pekín– reconocieron que se trataba de un acontecimiento histórico. El diario The New York Times consideró que el acuerdo “altera la diplomacia en Oriente Próximo y desafía a Estados Unidos” (1), mientras que el periódico The Washington Post admitía: “Después de décadas de fracasos de Estados Unidos en la región, China se está convirtiendo en la potencia dominante en Oriente Próximo” (2).

China consiguió un segundo hito diplomático al convencer a catorce facciones palestinas —Al Fatah y Hamás entre ellas— para que se reunieran en Pekín del 21 al 23 de julio de 2024 con el fin de firmar un acuerdo con vistas a la formación de un “Gobierno de unidad” en Gaza cuando acabe el actual conflicto: toda una proeza, dada las profundas divisiones que separan a estas organizaciones. La Liga Árabe celebró la noticia y saludó “los esfuerzos y las iniciativas de los dirigentes chinos y su compromiso sostenido con la defensa de los derechos del pueblo palestino, su unidad y su lucha justa y legítima para poner fin a la ocupación israelí y crear un Estado palestino independiente” (3).

Desencaminados, muchos dirigentes europeos no dudan en denunciar el “apoyo” que supuestamente Pekín ha ofrecido a Moscú en la invasión de Ucrania. En realidad, todos los análisis serios muestran que a los dirigentes chinos les contrarió la decisión militar de Rusia, algo que no dejaron de señalar en privado. De entrada, porque no les gusta la inestabilidad y el caos que generan las guerras. Pero también porque, en el marco de las tensiones que los oponen a Estados Unidos, deseaban creer por entonces en una Unión Europea independiente en el ámbito estratégico cuando, de hecho, ha perdido toda autonomía geopolítica de resultas del conflicto en Ucrania. Por último, no cabe duda de que los intercambios comerciales entre China y Rusia han aumentado desde el comienzo de la guerra, pasando de 142.000 millones de dólares en 2021 a 240.000 millones de dólares en 2023. Pero lo mismo puede decirse de los intercambios entre Rusia y la India, que han pasado de 13.000 millones de dólares a 65.000 millones durante el mismo periodo: se han multiplicado por cinco, mientras que los intercambios entre Pekín y Moscú “solo” se han doblado. Las exportaciones rusas hacia los países del sur también han aumentado considerablemente. Y es cosa sabida en la actualidad que, cuando Europa compra petróleo a la India, se trata de petróleo ruso. La mascarada ha persuadido al resto del mundo de la hipocresía de un Viejo Continente cuya virulencia hacia China solo es comparable con la indulgencia que muestra hacia otros países. Los dirigentes europeos han dado muestras de una insólita incompetencia geopolítica al no meditar sobre una realidad que, sin embargo, resulta decisiva: el 85% de la población mundial no ha impuesto sanciones a Rusia. Al criticar a China sobre este punto en concreto, se han enajenado el favor de la mayoría de países del planeta.

En la actualidad, China goza de una influencia diplomática y económica mayor que la de la Unión Europea, por más que esta última lleve más tiempo manteniendo relaciones con el sur. Las grandes iniciativas chinas, como las Nuevas Rutas de la Seda, la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII) o del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) han sido acogidas con enorme entusiasmo en esta región del mundo (4). Resulta sorprendente que ningún dirigente europeo se haya planteado esta sencilla pregunta: ¿cómo es que, partiendo desde una posición tan rezagada, China ha conseguido eclipsar —y a menudo reemplazar— la influencia europea en los países del sur?

Papeles invertidos

En teoría, la Unión Europea —poco más o menos de la misma envergadura que China en términos económicos— podría gozar de una influencia semejante. Y nada debería impedirle desempeñar el papel de actor geopolítico sabio y sensato. Si bien en el siglo XIX las potencias europeas pudieron pisotear China sin dificultad –con el emblemático asalto del Palacio de Verano por parte de británicos y franceses en 1860–, 160 años más tarde los papeles se han invertido: Europa sigue siendo un gigante económico, pero se ha vuelto insignificante desde el punto de vista geopolítico.

En vez de extraer lecciones de los logros chinos, los principales dirigentes políticos europeos prefieren presentar a China como una amenaza para la economía mundial y, cada vez más, para la paz en el planeta. El antiguo primer ministro británico Rishi Sunak explicaba a la BBC el 25 de marzo de 2024: “China se comporta de una manera cada vez más rígida en el extranjero y cada vez más autoritaria dentro de sus fronteras. Representa el principal desafío de nuestros tiempos, así como la mayor amenaza de origen estatal para nuestra seguridad económica”. En sus orientaciones políticas para el periodo 2024-2029, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, escribió: “La actitud cada vez más agresiva de China y su competencia económica desleal, su amistad ‘sin límites’ con Rusia y la dinámica de sus relaciones con Europa reflejan un paso de la cooperación a la competencia. Asistimos a una militarización de las políticas de todos los tipos, desde la energía hasta la migración o el clima. En consecuencia, nuestro orden internacional basado en reglas queda menoscabado y nuestras instituciones internacionales se están volviendo menos eficaces” (5). El 7 de julio de 2024, el todavía secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Jens Stoltenberg, se pronunció de forma aún más clara en la CBS: “China es el principal apoyo de la agresión militar de Rusia contra Ucrania. Los presidentes Xi [Jinping] y [Vladímir] Putin quieren que la OTAN y Estados Unidos fracasen en Ucrania y, si Putin gana en Ucrania, eso no solo envalentonará al presidente Putin, sino que también galvanizará al presidente Xi. Como dijo el primer ministro japonés, lo que sucede hoy en Ucrania, puede que mañana suceda en Asia”.

Aunque el Ejército chino se ha visto implicado en diversas escaramuzas, lleva sin librar una guerra de gran envergadura desde un breve conflicto con Vietnam en 1979. Lo cual no quiere decir que varios incidentes no hayan podido desencadenar hostilidades mayores, por ejemplo, entre China y Estados Unidos. El hecho es que los episodios de tensión han sido numerosos, en especial en 1995 y 1996, cuando el presidente estadounidense William Clinton (1993-2001) envió portaviones al estrecho de Formosa. O en el año 1999, cuando el Ejército del Aire estadounidense bombardeó la embajada de China en Belgrado, matando a tres periodistas chinos. O en abril de 2001, cuando un avión espía estadounidense se vio obligado a aterrizar en la isla de Hainan tras una colisión con un caza chino. En cada ocasión, poco faltó para que las cosas se torcieran del todo. En su libro China (Debate, 2017), Henry Kissinger, sin embargo, cita una célebre frase de Sun Tzu, el legendario estratega chino: “La excelencia no consiste en ganar todas las batallas, sino en vencer al enemigo sin llegar a combatir jamás con él”.

De ahí que uno se pregunte a menudo cómo han podido despistarse tanto los dirigentes europeos. Pero, a fin de cuentas, la respuesta parece simple: cuando de China se trata, los medios de comunicación mienten. La afirmación probablemente parezca provocadora, habida cuenta de que la prensa occidental se jacta de ser honrada, objetiva y basada en hechos. Y sin embargo… En mi libro Has China Won? pongo el siguiente ejemplo: una de las cantinelas repetidas constantemente afirma que el presidente Xi Jinping se mostró pérfido y deshonesto cuando en 2015 declaró, durante una rueda de prensa en compañía del presidente estadounidense Barack Obama, que China no tenía “ninguna intención de militarizar” el mar de China Meridional, ya que el jefe de Estado chino se apresuró seguidamente a “militarizar” la zona.

Cuesta no quedarse atónito ante el hecho de que ningún medio de comunicación anglosajón haya refutado ese relato cuando dejé claro en mi libro antedicho los hechos que permiten demostrar su inexactitud. Se trata de datos que me comunicó el embajador estadounidense en China Stapleton Roy, uno de los mejores conocedores del Imperio del Medio (nacido en China y hablante del mandarín, Roy sigue estando extraordinariamente bien informado sobre las relaciones entre ambos países): “Durante una conferencia de prensa conjunta con el presidente Obama, el 25 de septiembre de 2015, Xi Jinping propuso un enfoque razonable a propósito del mar de China Meridional. Xi defendió la aplicación completa y efectiva de la Declaración sobre la Conducta de las Partes en el Mar de China Meridional, firmada en 2002 por China y los diez miembros de la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN, por sus siglas en inglés). Solicitó llegar rápidamente a la conclusión de las consultas China-ASEAN sobre un código de conducta para el mar de China Meridional y añadió que Pekín no tenía intención de militarizar las islas Spratly, donde había emprendido gigantescas obras de polderización en los arrecifes y bajíos que ocupaba”. Según Roy, “Obama perdió la oportunidad de sacar partido de esta razonable propuesta. En lugar de eso, la Marina estadounidense intensificó sus patrullas navales. China reaccionó procediendo a la militarización del espacio marítimo concernido”.

Errores de Pekín

Lo anterior no quiere decir que el balance diplomático de China sea perfecto. Ha cometido errores, como cualquier otro Estado, en especial en lo que respecta a la gestión del contencioso del mar de China Meridional. Unos errores que también documento en mi obra. Por ejemplo, Pekín se creó un enorme problema al publicar un mapa del mar de China Meridional donde figura un espacio delimitado por una “línea de los nueve puntos”. Nadie sabe exactamente qué significa eso. En teoría podría implicar que China reivindica todo el espacio marítimo situado dentro de esos límites. Pero, en ese caso, no debería autorizar el libre paso de los buques extranjeros, como de hecho sí hace. Debe destacarse que, en su calidad de segunda potencia marítima mundial, China comercia con el resto del mundo más que ningún otro país, y ese comercio transita, en gran medida, en barco. Si otros países actuaran como China y se pusieran a trazar sus “líneas de los nueve puntos” sobre vastas extensiones oceánicas que en la actualidad son “alta mar” —y, por lo tanto, de libre acceso para todos—, China sería uno de los grandes perdedores. Dicho con otras palabras: esa “línea de los nueve puntos” constituye un precedente que fragiliza los intereses chinos.

En lo tocante al mar de China Meridional, otro error de Pekín fue presionar a los miembros de la ASEAN para que no adoptaran una declaración sobre el asunto durante la edición de julio de 2012 de la reunión anual de los ministros de Exteriores de la Organización. No cabe duda de que China ejerció toda clase de presiones sobre algunos de sus Estados vecinos. La lengua inglesa distingue claramente entre assertive (en el sentido de ‘firme’, ‘con seguridad’) y aggressive (‘agresivo’). China se ha mostrado cada vez más firme a medida que se convertía en una gran potencia, pero nunca ha dado muestras de agresividad. Ha seguido los preceptos de Sun Tzu y ha tratado de vencer sin entrar en guerra. Al mundo le iría mejor si otras potencias la imitaran en este punto, empezando por Estados Unidos y Rusia.

Pekín sabe muy bien que debe modificar su estrategia en función de cómo evolucionan las circunstancias. Cuando el expresidente chino Deng Xiaoping explicó en 1990 que era preciso “ocultar nuestras capacidades y esperar nuestro momento”, el producto interior bruto (PIB) del país era la quinceava parte del de la Unión Europea. En la actualidad, ese PIB es poco más o menos equivalente al de los Veintisiete. China ya no puede “ocultarse y esperar”, pero no por ello se ha vuelto agresiva. En lugar de denigrarla, la Unión Europea debería estudiar las lecciones que enseña el auge chino. Y eso pese a que el desafío al que se enfrenta el Viejo Continente es distinto, pues no consiste en gestionar su florecimiento, sino su declive.

(1) Peter Baker, “Chinese-brokered deal upends mideast diplomacy and challenges U. S.”, The New York Times, 11 de marzo de 2023.

(2) Yasmeen Abutaleb, John Hudson y Dan Lamothe, “China brokers Iran-Saudi Arabia detente, raising eyebrows in Washington”, The Washington Post, 10 de marzo de 2023.

(3) “Arab League Welcomes Beijing Declaration to End Division, Enhance Palestinian National Unity”, comunicado de la Liga Árabe, Saudi Press Agency, 24 de julio de 2024.

(4) Véase Martine Bulard, “Les sinueuses routes de la soie”, Manière de voir, n.° 170, “Chine – États-unis, le choc du XXIe siècle”, abril-mayo de 2020.

(5) Ursula von der Leyen, “Europe’s choice. Political guidelines for the next European commission 2024-2029”, 18 de julio de 2024, https://commission.europa.eu

Kishore Mahbubani Exministro de Asuntos Exteriores de Singapur y expresidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Autor, entre otras obras, de Has China Won? (Public Affairs, 2020).

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