Al desautorizar la decisión del presidente Joseph Biden de entregar misiles de largo alcance a Ucrania, Donald Trump ha confirmado que pretende romper con las prioridades de su predecesor en este asunto. En otros lugares del mundo, America First significará obtener concesiones y recursos de otros Estados, hacer “tratos” indiferentes a la ideología y las alianzas.
por Michael T. Klare (Le Monde Diplomatique), 3 de enero de 2025
Robert Indiana. — One, de la serie «American Dream» (’El sueño americano’), 1997
El orden mundial que Donald Trump, presidente electo de Estados Unidos, se ocupará de supervisar desde el 20 de enero de 2025 será el mismo que el presidente Joseph Biden ha conocido al final de su mandato. Pero el nuevo presidente abordará los asuntos exteriores de un modo muy distinto a su predecesor: su propósito de poner a “Estados Unidos primero” alterará profundamente las relaciones de Washington con el resto del mundo.
Mientras que el presidente Biden y sus socios conciben el mundo como un gran tablero de ajedrez en el que bloques amigos y hostiles tratan de hacerse con la superioridad geopolítica en regiones disputadas, Trump considera el planeta como un gran tablero de Monopoly en el que varios rivales luchan por el control de bienes preciosos, ya se trate de propiedades inmobiliarias, mercados o recursos. Con Biden, lo que primaba era la ideología: la “democracia”, el respeto al “Estado de derecho”, la adhesión a los “valores occidentales” se supone que constituyen los cimientos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y otros sistemas de alianzas dirigidos por Estados Unidos. Por el contrario, Trump juzga que la política exterior del país debe dirigirse a la búsqueda desenfrenada de la superioridad económica y estratégica.
El senador Marco Rubio —elegido por Trump para el puesto de secretario de Estado— publicó el pasado 6 de noviembre en la red social X un conciso resumen de la visión del mundo del próximo presidente: “Dada la configuración actual de los asuntos mundiales, una política exterior responsable por parte de Estados Unidos no debe reposar sobre fantasías idealistas, sino sobre decisiones pragmáticas que pongan en primer lugar los intereses nacionales esenciales de Estados Unidos”. Ahora bien, ¿qué entiende el senador Rubio por “intereses nacionales esenciales”? Es difícil decirlo, ya que tanto él como Trump se han referido a ello de diversos modos, a veces contradictorios entre sí. Pero de sus afirmaciones se desprenden cuatro principios fundamentales: perpetuar la preeminencia mundial del país, contener a China, flexibilizar las alianzas y poner el acento en la extracción de recursos. Estos objetivos resumen la política exterior de la Administración por venir.
Naturalmente, el mantenimiento de la preeminencia mundial ha sido el fin principal de la política exterior y militar de Washington desde el final de la Guerra Fría. En 1992, el Departamento de Defensa afirmaba en un documento secreto —publicado más adelante por el diario The New York Times—: “Nuestro principal objetivo es impedir que vuelva a surgir un nuevo rival. Para ello, debemos tratar de impedir que una potencia hostil domine una región cuyos recursos basten para convertirla en una potencia mundial en caso de que consolidara ese control” (1). Cuando se hizo público este texto –atribuido a Paul Wolfowitz, por entonces subsecretario de Defensa–, los dirigentes estadounidenses se apresuraron a condenar su contenido, y ninguno de ellos ha mantenido este género de posicionamiento desde entonces. No obstante, resume la mentalidad de una parte del entorno de Trump: Washington debe esforzarse para que Estados Unidos siga siendo la mayor potencia mundial.
Cuando Wolfowitz formuló esta postura, Estados Unidos era más poderoso que sus potenciales competidores. China aún no había iniciado su meteórico ascenso económico, Rusia todavía no había reconstruido su Ejército y otros potenciales rivales, como la India, no amenazaban la hegemonía estadounidense. Con el paso del tiempo, la ventaja de Estados Unidos sobre estos países se ha visto reducida. Para enderezar las cosas, el presidente Biden buscó estrechar lazos con los Estados europeos y asiáticos que comparten las orientaciones de Washington, explicando que esas alianzas llevarían a un aumento del poder de los participantes. Los partidarios de Trump ven en este enfoque un signo de debilidad, no de fuerza. Para “hacer Estados Unidos grande de nuevo”, como dicen, será preciso averiguar cómo deshacerse de los compromisos contraídos con países amigos y aliados. Además, los que se ocupen de poner en práctica esta política no serán neoconservadores, como en el primer mandato de Donald Trump, sino gente como Rubio o el vicepresidente electo David Vance, fervorosos adeptos al eslogan de nuevo cuño de Trump: America First (‘Estados Unidos primero’).
Desde su punto de vista, preservar esta preeminencia global pasa por recuperar el buen desempeño económico; consideran que, al haber trasladado al extranjero actividades industriales esenciales, la globalización y el libre comercio han debilitado la economía nacional. La imposición de aranceles exorbitantes permitirá, según ellos, devolverle su dinamismo al país reduciendo el volumen de las importaciones, incluidas las procedentes de países aliados y miembros de la OTAN. Trump afirmó durante la campaña electoral que los aranceles son “la cosa más bonita jamás inventada”.
Cuando Wolfowitz escribía que debía obstaculizarse el ascenso de todo rival en potencia, ningún Estado estaba en condiciones de convertirse en una potencia a nivel mundial. En la actualidad, China está a un paso de lograrlo. Ya en su primer mandato, el principal objetivo de la política exterior emprendida por Trump fue impedir que China se pusiera a la altura de Estados Unidos.
Para conservar su preeminencia, Washington prevé aumentar las inversiones en tecnología punta, negarle a Pekín el acceso a innovaciones tecnológicas estadounidenses y aumentar su presencia militar en el Pacífico occidental. Aunque sus aliados asiáticos han sido invitados a ayudar a Estados Unidos para contener el auge de China, aquellos no podrán contar automáticamente con el apoyo estadounidense: tendrán que hacer una mayor contribución a su propia defensa.
Esta postura también atañe a Taiwán, cuya capacidad para enfrentarse a una posible invasión china constituye un objetivo esencial de la política estadounidense a ojos de los “halcones antichinos” del Congreso, como la demócrata Nancy Pelosi (cuya provocadora visita a la isla en agosto de 2022 suscitó una enorme respuesta militar —aérea y marítima— por parte de China) o como los republicanos Marco Rubio y Michael Waltz, este último elegido para ocupar el cargo de asesor de Seguridad Nacional. No obstante, el 16 de julio de 2024 Trump declaró a Bloomberg Businessweek: “Creo que Taiwán debería pagarnos por su defensa”.
La política de relajación de alianzas también concierne a Ucrania y la OTAN. Trump y Vance han afirmado a menudo que los ucranianos solo seguirán recibiendo ayuda militar estadounidense si aceptan negociar un acuerdo de paz con Rusia. Ahora bien, es casi seguro que tal acuerdo implicaría la cesión por parte de Kiev de por lo menos un quinto de su territorio a Moscú (2). De igual modo, el equipo de Trump ha declarado en numerosas ocasiones que los Estados europeos miembros de la OTAN deben contribuir en mayor medida a su propia defensa, pues de lo contrario Washington reducirá drásticamente la ayuda que les brinda. Un aumento del gasto militar —con un objetivo que en la actualidad se sitúa en el 3% del producto interior bruto (PIB)— podría convertirse en una ocasión de oro para la industria armamentística estadounidense, cuyo volumen de exportaciones llegó a una cifra récord de 238.000 millones de dólares en 2023 (3).
Al formular las anteriores exigencias, el entorno de Trump señaló que, comparado con el objetivo de contener el creciente poder de China, la defensa de Europa no era sino una preocupación secundaria. “Estados Unidos no tiene capacidad militar para intervenir en todas partes”, explicó Elbridge Colby, el que fuera subsecretario de Defensa en la primera Administración Trump y posible asesor de la segunda. En su opinión, no es posible dedicar tantos recursos militares a oponerse a Rusia en Europa cuando “los chinos suponen una amenaza más peligrosa y más significativa” (4).
Acaparar materias primas
La obsesión por la producción y obtención de recursos vitales constituye otro de los aspectos más relevantes de la política exterior de Trump. El próximo presidente pretende prolongar la era de los combustibles fósiles y hacerse con los componentes y materias primas esenciales para el progreso económico y tecnológico de Estados Unidos.
No ha ocultado su intención de abandonar las iniciativas en materia de energías renovables emprendidas por la Administración de Biden, ni su propósito de aumentar el ritmo de extracción de petróleo y gas natural en suelo estadounidense. Aunque el país es en gran medida autosuficiente en este aspecto, Trump se ha mostrado próximo a los dirigentes de otros países productores de gas y petróleo, en concreto Arabia Saudí y las monarquías petroleras del golfo Pérsico. Así, durante su primer mandato estrechó lazos con el príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salmán y, desde entonces, algunos miembros de su familia —como su yerno Jared Kushner— se han agenciado lucrativos contratos comerciales en la región (5).
Aunque estos vínculos se basan, sobre todo, en consideraciones financieras y en una antipatía compartida hacía Irán, también atestiguan una determinación común a perpetuar la primacía de los combustibles fósiles. Los saudíes no han dejado de oponerse a los intentos de limitar el consumo de energías fósiles realizados en las reuniones de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (y, más recientemente, en la última Conferencia de las Partes, la COP 29, celebrada en Bakú), mientras que Trump ha prometido que Estados Unidos se desvinculará de la Convención tan pronto como asuma el cargo (6).
Dada su actitud a este propósito, algunos suponen que el nuevo presidente querrá llegar a acuerdos con los demás grandes productores de petróleo y gas natural, en especial Rusia, Irán y Venezuela. Por más que lleve mucho tiempo manifestando su hostilidad hacia estos dos últimos países y se haya mostrado ambiguo en lo que atañe al presidente ruso Vladímir Putin, no ha descartado la posibilidad de reconciliarse con ellos. Si el acuerdo de alto el fuego propuesto por la nueva Administración tuviera éxito, el presidente de Estados Unidos podría levantar las sanciones que pesan desde 2022 sobre la industria petrolera y gasística rusa. Las empresas de ambos países podrían entonces volver a entablar vínculos de cooperación. Análogamente, un nuevo acuerdo sobre el sector nuclear con Irán permitiría rehabilitar los campos petrolíferos y gasísticos de este Estado, lo que consolidaría el dominio de los combustibles fósiles. Harry Sergeant III, uno de los donantes multimillonarios del candidato republicano, ha llegado a solicitar un levantamiento de las sanciones contra Venezuela: si se hace lo que pide, las empresas estadounidenses podrían invertir en la industria petrolera local (7). Dado que tales medidas entrarían en contradicción con la promesa de Trump de ayudar a Israel en su lucha contra Irán –así como con su propia inclinación a castigar a Teherán y Caracas–, no es en absoluto seguro que vayan a tomarse. Pero el mero hecho de hablar de ellas ilustra la propensión de Trump a llegar a acuerdos, sobre todo con los demás productores de petróleo.
Su mirada también recae sobre el cobalto, el litio y las tierras raras, esenciales para la industria de la alta tecnología, en particular en los ámbitos de la informática, las baterías de los vehículos eléctricos y los equipamientos para la industria aeroespacial: unos sectores estrechamente asociados con los magnates Elon Musk y Peter Thiel, así como con otros asesores cercanos al próximo inquilino de la Casa Blanca. Gran parte de esas materias primas se extraen o se refinan en China, o provienen de minas africanas o latinoamericanas pertenecientes a empresas chinas. En consecuencia, una de las prioridades será aumentar la producción de estos minerales en Estados Unidos. Ahora bien, las reservas de este país no son siempre ni tan puras ni tan enormes como las de otras regiones, y la explotación de nuevas minas nacionales dependerá de un proceso caro y complejo, habida cuenta, sobre todo, de los peligros medioambientales que entraña. Así pues, convendrá estrechar lazos con aquellos países que poseen vastas reservas de los minerales en cuestión, como Chile, Bolivia, Perú o la República Democrática del Congo, por poner algunos ejemplos.
Y todas esas decisiones futuras, ¿aumentarán o reducirán el riesgo de que Estados Unidos participe en conflictos armados? En muchos aspectos, la orientación fundamental de Trump parece apuntar a una escasa disposición hacia este género de intervenciones. Aunque aspira a preservar la preeminencia de su país, prefiere hacerlo recurriendo a medios económicos y tecnológicos. Y, pese a que puede decidirse a esgrimir el poderío militar estadounidense para intimidar a los potenciales adversarios, en su día evitó deliberadamente involucrar a Estados Unidos en “guerras sin fin” como las de Irak o Afganistán. Por otro lado, reforzar vínculos con países productores de petróleo —como parece ser su deseo— podría disminuir el riesgo de un conflicto con Irán o Venezuela.
Pero, dado que también aspira a contener el crecimiento chino y perpetuar el dominio estadounidense sobre el Pacífico occidental, un error de cálculo podría desencadenar una guerra. De igual modo, los intentos de acceder a los recursos de minerales esenciales en el extranjero entrañan el riesgo de llevar a un enfrentamiento con fuerzas locales, o bien con China o Rusia.
De todas estas tendencias contradictorias, ¿cuáles saldrán triunfantes? Aunque es imposible predecir algo así, sí podemos dudar de que se vean motivadas por esas “fantasías idealistas” —el respeto de la “reglas”, el progreso de la “democracia”, la “protección de los derechos humanos”…— de las que estaban sembrados los discursos de sus predecesores, tanto demócratas como republicanos. En cualquier caso, tales proclamas muestran grandes limitaciones a la hora de ponerse en práctica: los palestinos —por poner solo un ejemplo— han podido comprobarlo muy a pesar suyo, en especial durante el último año del mandato de Joseph Biden.
(1) “Excerpts from 1992 Draft ‘Defense Planning Guidance’”, www.pbs.org; léase también Paul-Marie de La Gorce, “Washington et la maîtrise du monde”, Le Monde diplomatique, abril de 1992.
(2) Julian E. Barnes, Helene Cooper, Andrew E. Kramer y Eric Schmitt, “Trump’s vow to end the war could leave Ukraine with few options”, The New York Times, 21 de noviembre de 2024.
(3) Mike Stone, “US arms exports hit record high in fiscal 2023”, Reuters, 29 de enero de 2024.
(4) Citado por Michael Hirsh, “Trump’s plan for NATO is emerging”, 2 de julio de 2024, www.politico.com
(5) Véase Ibrahim Warde, “Trump ou l’art de faire du Business” en Manière de Voir, n.° 197, “États-Unis, l’empire fracturé”, octubre-noviembre de 2024.
(6) Lisa Friedman, “Saudi Arabia is a ‘wrecking ball’ in global climate talks”, The New York Times, 18 de noviembre de 2024.
(7) Cf. Patricia Garip y Kejal Vyas, “More oil for fewer migrants: Trump is urged to make deal with Venezuela”, The Wall Street Journal, Nueva York, 28 de noviembre de 2024.
Michael T. Klare
* Profesor emérito del Hampshire College, Amherst (Massachusetts), autor de All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change, Metropolitan Books, Nueva York, 2019.
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