Gaceta Crítica

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El colonialismo: un cáncer que hay que erradicar en el siglo XXI

Sergio Rodríguez Gelfenstein, publicado en Mundo Unido (China), Shanghái, 12 de noviembre de 2024

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En su magnífica obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, escrita en 1916 y publicada por primera vez al año siguiente, Vladimir I. Lenin delineó, en los albores del siglo XX, los contornos de la situación colonial que permitían ubicarla como la característica fundamental de la fase imperialista de la sociedad capitalista.

En el capítulo VI, titulado “El reparto del mundo entre las grandes potencias”, ofrece innumerables cifras y “datos generales irrefutables de las estadísticas burguesas y de las declaraciones de los científicos burgueses de todos los países, un cuadro de toda la economía capitalista mundial en sus relaciones internacionales, a principios del siglo XX, en vísperas de la Primera Guerra Imperialista Mundial”.

Lenin cita al geógrafo alemán A. Supan. Supan afirma que “el rasgo característico de este período es, por tanto, la división de África y Polinesia”. Sin embargo, Lenin advierte que “… es necesario ampliar la conclusión de Supan y decir que el rasgo característico del período en cuestión es la división definitiva del planeta”. A continuación afirma claramente que “… Definitivamente no en el sentido de que sea posible dividirlo de nuevo —por el contrario, nuevas divisiones del mundo son posibles e inevitables— sino en el sentido de que la política colonial de los países capitalistas ya ha completado la conquista de todas las tierras desocupadas que existían en nuestro planeta. Por primera vez, el mundo ya está dividido, de modo que lo que puede afectar a partir de ahora son solo nuevas divisiones, es decir, el paso de territorios de un “amo” a otro, y no el paso de un territorio sin amo a un “propietario”.

Precisamente, estamos asistiendo a ese nuevo reparto, al paso de territorios de un amo a otro y eso es evidente en África, más que en cualquier otro lugar del mundo. El dirigente africano, Ahmed Sékou Touré, en su libro “África en marcha” escrito en 1967, confirmaba cincuenta años después de Lenin que tal situación seguía siendo evidente. Decía, cuando ya era el primer presidente de la Guinea independiente, que: “Lejos de afirmar que el colonialismo está superado, hay que, por el contrario, seguir con extrema vigilancia todas sus actividades en sus nuevas mutaciones, descubrir sus manifestaciones menores y combatirlas, para poder destruir a tiempo, todas sus maniobras directas o indirectas”. Palabras proféticas que —de nuevo— casi sesenta años después tienen plena vigencia. Las potencias coloniales han mutado en sus prácticas imperiales y se expresan a través de nuevas maniobras de todo tipo encaminadas a mantener su control del mundo y el saqueo de sus recursos naturales.

En varios trabajos sobre este tema he hecho referencia a que este reparto del mundo se consagró durante el Congreso de Berlín de 1884 y 1885. Este hito marca el inicio de la dominación colonial directa de África y su inserción tardía en el sistema capitalista mundial. En un ensayo escrito por DP Ghai citado por el economista cubano Silvio Baró, profesor del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial (CIEM) de La Habana, se señala que en 1965, cuando se desató el vendaval independentista en África, este continente “aportaba el 22% de la producción total de cobre, el 67% del oro, el 90% de los diamantes, el 8% del petróleo, el 76% del cobalto y el 25% o más de metales menores como el antimonio, la cromita, el manganeso y otros del grupo del platino; y su participación crece rápidamente en el petróleo, el gas natural, el mineral de hierro y la bauxita”.

Otro aspecto del sistema configurado en el Congreso de Berlín tiene que ver con elementos que pretendían establecer la estructura política del continente. En la época colonial no existían en África Estados nacionales. Como señala el investigador cubano, ya fallecido, Armando Entralgo, solo se podía hablar de “tres niveles de desarrollo de la comunidad humana, que explican precisamente el grado de resistencia que esas comunidades opondrían a la agresión extranjera”. Estos niveles son los Estados multiétnicos como Etiopía, Egipto o Marruecos; los pueblos con vínculos temporales que ocupan un territorio bajo la dominación colonial de un país que le dio “identidad” en el marco del sistema colonial e internacional, y las tribus con una fuerte identidad y arraigo en un territorio determinado.

Esta estructura fue destruida por el colonialismo, dando lugar a Estados nacionales que nacieron de la desarticulación y atomización de las comunidades humanas y que nada tenían que ver con la organización que se habían dado en África. Así, como en el resto del mundo, el colonialismo sembró para siempre la semilla de la discordia que en África adquirió las características de “problemas intertribales, interclánicos, interétnicos y fronterizos” entre otros, como bien señaló Entralgo.

Los europeos no dejaron en África –como tampoco lo hicieron en América Latina– la semilla de un capitalismo desarrollado, el mismo que de manera revolucionaria comenzó a desplazar al feudalismo como modo económico dominante en el planeta. En África se instauró una forma de capitalismo desnaturalizado y disminuido. Esto es lo que explica la inestabilidad política permanente que se ha vuelto inherente al sistema: conflictos eternos y profundización del subdesarrollo.

La hipocresía colonial quiere ahora “tomar la justicia por su mano” para “salvar” a África de los males que ella misma ha creado. En lo que va de siglo, Francia ha intervenido en Costa de Marfil en 2002, 2004 y 2011, en la República Centroafricana en 2003, en el Chad en 2006 y 2008, en Yibuti el mismo año, en Malí en 2013 y, junto con sus socios de la OTAN, en la invasión de Libia y la partición de Sudán.

Sin embargo, como dijo el propio presidente Macron en marzo del año pasado durante una visita a Gabón, “la era de la ‘Francafrica’ ha terminado”, lamentando que su país siga siendo visto como un país que interfiere en los asuntos internos de las naciones africanas. Cuando hizo tal afirmación, había transcurrido poco más de un año desde el inicio de la operación militar especial (SMO) de Rusia en Ucrania.

¿Podría decirse que la SMO fue la causa de la reciente debacle del poder francés en África? Es difícil dar una respuesta definitiva al respecto, pero no hay duda de que este hecho ha tenido una influencia significativa en la decisión de los Estados africanos de distanciarse de Francia, lo que no es más que otra expresión de la crisis estructural de la hegemonía occidental sobre el planeta, máxime cuando en sentido inverso, cada vez más países de ese continente se acercan a China y también a Rusia. Vale recordar que con el ingreso de Etiopía y Egipto al BRICS, el continente africano aporta tres miembros a esa organización, más que Europa y América, que sólo tienen uno, y sólo por debajo de Asia, que tiene cinco. De tal manera, el papel protagónico de África en el nuevo mundo que está naciendo es indudablemente relevante.

En este contexto, Mali y Burkina Faso pidieron a París que retirara sus fuerzas militares de sus territorios, dada su total ineficacia en la lucha contra el terrorismo, que había sido utilizada como justificación de su presencia en la región. En junio del año pasado, el ministro de Asuntos Exteriores de Mali, Abdoulaye Diop, declaró sin rodeos que su país “no quiere que se instrumentalicen ni politicen los derechos humanos, ya que no son prerrogativa de ningún país ni civilización” y añadió:

Es sorprendente que algunos países que han practicado la esclavitud o la colonización sean hoy los que den lecciones a otros sobre derechos humanos.

Los cambios de gobierno encabezados por jóvenes militares anticolonialistas y defensores de la soberanía de sus países que han desplazado a dirigentes instalados en el poder gracias al apoyo de las metrópolis han transformado el rostro de la región y, en cierta medida, de toda África. Las amenazas de París ante la decisión de los nuevos gobiernos de expulsar a los militares europeos han encontrado respuesta con el acuerdo de Mali, Burkina Faso y Níger de avanzar hacia mecanismos avanzados de integración que incluyan el ámbito económico, financiero e incluso de seguridad y defensa.

Entre los antecedentes de estos países, además de un pasado colonial común, cabe señalar que en algún momento de su historia reciente tuvieron gobiernos socialistas autóctonos que fueron brutalmente combatidos y destruidos por la injerencia de la metrópoli en alianza con Estados Unidos, que ahora, oportunistamente, busca culpar a Francia de todos los problemas de África, para abrir un espacio que le dé presencia y relevancia en el África del futuro.

Los tres países también han sido atacados por fuerzas vinculadas al terrorismo encarnadas en Al Qaeda y el EI que se han infiltrado a través de la frontera norte de Malí con Libia tras el asalto dirigido por la OTAN contra Muammar Gaddafi. Por otra parte, la obligación de estos países de utilizar la moneda del franco CFA es una expresión del control colonial que Francia todavía ejerce en la región. Esta moneda está controlada por el Tesoro francés, el 50% de las reservas monetarias deben estar depositadas en ese país al mismo tiempo que todas las monedas y billetes que todavía están vinculados al euro se acuñan en la metrópoli.

Las protestas contra el CFA, llamado “la última moneda colonial”, han aumentado en los últimos años como expresión del rechazo al control colonial francés sobre las finanzas de catorce países africanos. En consecuencia, los llamados a poner fin al CFA revelan, quizás más que cualquier otro hecho, el repudio al sistema colonial francés.

Por el contrario, los acuerdos de los países africanos con China y Rusia avanzan a un ritmo acelerado. Los pueblos africanos no olvidan que en el último medio siglo han contado con el apoyo multilateral irrestricto de China y Rusia, incluso en el terreno militar, para sacudirse el colonialismo y dar continuidad a la cooperación en la difícil tarea de consolidarse como países independientes.

Es algo que ni Francia ni Estados Unidos pueden hacer, sabiendo que han proporcionado financiación, armas y entrenamiento a estos grupos terroristas que han crecido bajo su protección en Afganistán, Irak, Siria y otros países. Como dicen algunos dirigentes africanos:

No puedes ser parte de la solución cuando eres parte del problema.

En una lógica regional, es válido decir que la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), un instrumento bajo control colonial que cuenta con casi 400 millones de habitantes y 5.112.903 km², y que contaba con 15 miembros, se encuentra hoy en crisis abierta. 4 países están suspendidos y de ellos, tres, Burkina Faso, Malí y Níger, se han ido definitivamente. El cuarto, Guinea, también es muy probable que se aleje de la organización. Se podría decir que, a pesar de eso, la mayoría permanece, pero conviene saber que los tres que se fueron y el cuarto suspendido, suman 3.000.000 km², del total de 5.112.903 km², es decir, el 60%.

En el fondo, se pretende darle un carácter único y universalizar la cultura occidental como si Occidente fuera el mundo entero. El ex presidente nigeriano Olusegun Obasanjo lo expresó de otra manera: “La democracia occidental no ha logrado funcionar adecuadamente en África, ya que fue impuesta por los colonizadores”. El ex presidente nigeriano continuó explícitamente: “El ejercicio de la democracia de tipo occidental ha fracasado en el continente africano porque, con este modelo político, se ignora la opinión de la mayoría de la población”, subrayando que dicha democracia constituye “un gobierno de unas pocas personas sobre todo el pueblo, y estas pocas personas son los representantes de solo una parte del pueblo, no los representantes de todo el pueblo por derecho propio”.

En este contexto, en lugar de la democracia liberal occidental, Obasanjo opinó que se debería aplicar en el continente una “democracia afrocéntrica”, diferente del sistema democrático occidental, ya que este sistema no tiene nada que ver con la historia y la cultura de los pueblos del continente. Concluyó afirmando que: “La fragilidad e inconsistencia de la democracia liberal tal como se practica, deriva de su historia, contenido, contexto y práctica”, por lo que debería “cuestionarse su desempeño en Occidente”.

Será muy difícil que Europa –por su convicción de ser un jardín rodeado de jungla como afirmó Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad– acepte un mundo multicultural, multiétnico y multipolar. Mucho menos que su concepto de democracia sea cuestionado y puesto en tela de juicio.

Pero los nuevos dirigentes de Mali, Burkina Faso y Níger, Assimi Goita, Ibrahim Traoré y Abdourahamane Tiani respectivamente, han comprendido la situación, han aprendido de su pasado y de los errores cometidos por algunos de sus predecesores como Kwame Nkrumah y Thomas Sankara y se han dado cuenta de que el panafricanismo “debe ser más que una teoría contenida en libros superventas o escondida en discursos para agradar a las multitudes”.

Ahora bien, estos nuevos dirigentes están demostrando inteligencia estratégica y han comprendido que la principal alianza debe ser entre los militares y el pueblo para que se conviertan en sujetos activos de la gestión política del Estado. Pero han ido más allá, están construyendo mecanismos comunes de defensa y seguridad tal como lo estipula la Carta de la Alianza de Estados del Sahel formada inicialmente por los tres países. Su capacidad y visión de futuro los han llevado a producir cambios radicales, incluso a elegir a sus aliados y trazar un rumbo diferente en el escenario internacional. En esa medida, han expulsado a los franceses, al tiempo que han establecido relaciones sólidas con China y Rusia.

En el contexto de la descolonización, el continente africano acogió con satisfacción la declaración conjunta firmada hace unas semanas por Gran Bretaña y Mauricio reconociendo la soberanía de Mauricio sobre el archipiélago de Chagos y Diego García, dejando al Sáhara Occidental como el único y último país africano a la espera del ejercicio por su pueblo de su derecho a la libre determinación, reconocido por todas las organizaciones internacionales para cerrar el capítulo del colonialismo.

Son manifestaciones de la lucha anticolonial en el siglo XXI. Como se puede observar, el colonialismo sigue vivo y se manifiesta de diferentes maneras. En este momento, en África se están librando las batallas anticoloniales más importantes del planeta. Debemos conocerlas y apoyarlas.

Continuará…

GACETA CRÍTICA, 21de Noviembre de 2024

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