Gaceta Crítica

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¿Qué futuro aguarda a los palestinos?

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Entre planes de expulsión y arrestos arbitrarios masivos para ejercer presión sobre la sociedad civil, el Gobierno israelí de extrema derecha aspira a sellar de una vez por todas la suerte de los palestinos con el pretexto de la guerra contra Hamás. Desde 1948, la soberanía palestina nunca ha parecido tan amenazada como ahora.

por Thomas Vescovi, (Le Monde Diplomatique) noviembre de 2024

Solo unas pocas horas bastaron para entender que la eliminación del líder de Hamás Yahya Sinwar, acaecida el pasado 16 de octubre en el sur de la Franja de Gaza, no iba a precipitar el fin de la guerra. “Esto no es el fin de la guerra en Gaza, sino el principio del fin”: el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no tardó en hacer saber que seguía prefiriendo el uso de la fuerza a las negociaciones para liberar a los rehenes israelíes. En cuanto a la otra parte, reafirmó por boca de Jalil al Hayya —miembro del buró político de Hamás y jefe de la delegación palestina durante las negociaciones— que no se procedería a ninguna liberación sin un alto el fuego que incluyese le retirada del Ejército israelí de la Franja de Gaza y la liberación de prisioneros palestinos.

Tanto para un bando como para el otro, lo que está en juego es la supervivencia política: Hamás no puede aceptar un acuerdo de baratillo a la vista del precio pagado por la población de la Franja desde la tarde del 7 de octubre de 2023 y las muchas nubes que ensombrecen el horizonte de los territorios palestinos; en cuanto a Netanyahu, entre juicios por corrupción y sondeos electorales inciertos, avanza por la cuerda floja y trata de mantener a flote su coalición de extrema derecha.

En cualquier caso, la estrategia de Tel Aviv no permite entrever la posibilidad de un acuerdo. Opuestos tanto al despliegue de una fuerza militar internacional como al regreso al poder de la Autoridad Palestina, los dirigentes israelíes abogan por el mantenimiento —al menos parcial— de sus tropas en la Franja de Gaza, especialmente para conservar el control sobre todos los puntos de paso y la frontera con Egipto. Entre la construcción de bases militares y nuevas carreteras a semejanza del corredor Netzarim, se cree que el Ejército israelí ha tomado posesión de al menos el 26% del enclave palestino (1). Esta sectorización del territorio permite filtrar a la población autorizada a transitar hacia el norte, pero también a organizar su administración.

Este arraigo territorial de las fuerzas militares podría, sobre todo, facilitar a la larga la reinstalación de colonos. En los últimos meses se han multiplicado en Israel las iniciativas para promover la construcción de asentamientos, especialmente en el norte de Gaza, una vez que el territorio haya sido “purgado y limpiado”. La última hasta la fecha, a instancias del Likud, fue el pasado 21 de octubre. La dinámica parece acelerarse conforme se organiza la evacuación total de los habitantes del norte de Gaza, planificada por el programa Order and Clean-up (‘Orden y Limpieza’), a veces denominado “plan de los generales” o “plan Eiland”, por el nombre del general que lo concibió.

Aunque su puesta en práctica por parte del Estado Mayor sigue estando llena de sombras, el medio de comunicación israelí +972 Magazine ha revelado sus principales líneas directrices, así como sus objetivos (2). Su propósito es infligir una “derrota total” a Hamás para emprender luego un “proceso de desradicalización”. La evacuación de en torno a 300.000 palestinos que todavía residen al norte del corredor Netzarim debe permitir la instauración de un severo asedio en la zona —de hecho, el pasado 6 de octubre se emitió una orden en este sentido—. La segunda etapa consiste en arrinconar a los combatientes en “zonas militares cerradas” y obligarles a rendirse o morir de hambre, a despecho de la suerte de los rehenes que puedan hallarse con ellos. Una estrategia que ya puede observarse sobre el terreno, en el campamento de refugiados de Yabalia, asediado y aislado desde el 12 de octubre (3).MAHMOUD ALHAJ. — Distortion No. 3 (‘Distorsión n.º 3’), 2019

En paralelo, sigue adelante la transferencia de la administración de Cisjordania de manos del Ejército israelí —en calidad de fuerza de ocupación— al ministro de Finanzas y representante de los colonos Bezalel Smotrich. Una transferencia que pone aún más facilidades a la colonización, lo que lleva a una anexión de iure. El 3 de julio, el Gobierno aprobaba la confiscación de trece kilómetros cuadrados de tierras en el valle del Jordán, en Cisjordania: la mayor incautación realizada por Israel desde 1993 en este territorio palestino ocupado.

En el frente cisjordano, más de setecientos palestinos han hallado la muerte desde el 7 de octubre de 2023, principalmente a raíz de incursiones del Ejército israelí con el fin de “limpiar” las bolsas de resistencia. El refuerzo de esta política colonial y represiva le ha permitido a Netanyahu consolidar su coalición, mientras que la eliminación de los jefes de Hamás y Hezbolá ha galvanizado a sus votantes, pero no solo a ellos. Varios sondeos confirman este extremo: el primer ministro ha logrado recuperarse de su déficit de popularidad y, según varias encuestas de opinión, en la actualidad conseguiría imponerse si se celebraran elecciones.

La oposición, sin embargo, sigue manteniendo la presión a fuerza de manifestaciones. Después de que presentaran su dimisión dos grandes figuras del gabinete de guerra, este fue disuelto el pasado 17 de octubre por el actual jefe de Gobierno. Respaldados por varios generales, los dimisionarios Benny Gantz y Gadi Eizenkot reprochan a Netanyahu la ausencia de un plan para la posguerra, así como las trabas puestas al avance de las negociaciones con vistas a la liberación de los rehenes. Supuestamente, el primer ministro interfirió en las conversaciones en varias ocasiones y en momentos cruciales, cediendo a la presión de sus aliados de extrema derecha, que amenazan con la disolución de la coalición gubernamental de llegar a firmarse un acuerdo.

Por lo demás, la marginación de las facciones fascistoides que hoy controlan varios ministerios clave —el de Seguridad Nacional entre ellos— no pondría fin al régimen de apartheid impuesto a los palestinos. Aparte del nacionalista Gantz, Yair Lapid sigue representando a una oposición sionista laica y liberal, pero que justifica la colonización haciendo mención de una “tierra bíblica” (LCI, 6 de noviembre de 2023). Aún peor: en una columna publicada en el periódico Haaretz, contemplaba la posibilidad de conceder a los palestinos alguna forma de soberanía a condición de que “nos demostraran que son tan dóciles como los suizos, tan pacíficos como los neerlandeses y tan apacibles como los australianos” (4). Dicho de otro modo: que aceptaran pasivamente ser privados de derechos.

No ceder a las presiones y ganar tiempo: no cabe duda de que la estrategia de Netanyahu está dando sus frutos. Podría incluso superar sus expectativas en caso de alternancia en Estados Unidos con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. El primer ministro israelí espera poder retomar la alianza histórica que le había permitido borrar la cuestión palestina de las agendas diplomáticas y multiplicar los golpes de efecto, como la instalación de la embajada estadounidense en Jerusalén y la interrupción de la financiación de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA, por sus siglas en inglés).

Ahora bien, lo que es en el escenario internacional, los palestinos pueden contar con una solidaridad reforzada. En mayo, en una sesión especial de urgencia y por amplia mayoría, la Asamblea General de las Naciones Unidas les mostró su apoyo recomendando al Consejo de Seguridad “reconsiderar favorablemente” la cuestión de la adhesión de Palestina como miembro de pleno derecho de las Naciones Unidas (ONU) —tras el veto de Estados Unidos el mes anterior— y elevando su estatuto de Estado observador mediante la concesión de nuevos “derechos y privilegios”. Después, en septiembre, la misma Asamblea exigió el fin de la ocupación de los territorios palestinos “en un plazo de doce meses”. No obstante, pese a estar en juego el porvenir del movimiento nacional, las disensiones entre las principales organizaciones palestinas se revelan especialmente perjudiciales para la causa, por más que no daten del 7 de octubre de 2023. Los encuentros entre las diversas facciones celebrados el 1 de marzo en Moscú y el 30 de abril en Pekín no parecen, de momento, haber cumplido el objetivo de garantizar la unidad necesaria para pensar en la posguerra.

Mientras que el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, ha perdido toda credibilidad —con un 14% de opiniones favorables, según una encuesta de opinión realizada por el Palestinian Center for Policy and Survey Research (5)—, la toma de posesión, el 14 de marzo, de un Gobierno dirigido por el economista Mohammad Mustafa —leal a Abbas y antiguo alto cargo del Banco Mundial— suscitó reacciones de indignación. Tras su nombramiento, Hamás denunció en un comunicado una elección que iba en contra del “consenso nacional” y que no podía sino agravar las divisiones intrapalestinas. En una respuesta singularmente virulenta, Al Fatah reprochó a Hamás su decisión unilateral de lanzar el ataque de 7 de octubre de 2023 y acusó a la organización de estar al servicio de “agendas extranjeras” (6).

Es esencial analizar los sentimientos de la población palestina de Gaza a propósito de Hamás y sus dirigentes, en vista del caos humanitario al que se enfrenta. Pero también hay que señalar la capacidad de la organización islamista para sobrevivir a la invasión israelí e inscribir de nuevo la cuestión palestina en la agenda internacional. La muerte de Yahya Sinwar señala el final de una etapa, pero sin duda no el final de Hamás. Por legítimo que sea el rechazo occidental a considerar el movimiento como un interlocutor válido —dados los crímenes perpetrados en Israel—, eso no altera la realidad de las relaciones de fuerza sobre el terreno. Lo que garantiza la perpetuación de la organización es su facultad de reclutar a nuevos miembros, mantener un nivel mínimo de actividad armada y, sobre todo, presentarse como un actor ineludible en toda gobernanza. Tres capacidades que siguen a disposición de Hamás, pese a la innegable reducción de su capacidad de actuación.

La permanencia del movimiento también debe mucho a la figura de Sinwar, que los propios israelíes han contribuido a ensalzar. Pese a que, desde hace meses, varios rumores le suponían en el extranjero, o refugiado en búnkeres y valiéndose de rehenes a modo de escudos humanos, las imágenes difundidas por el Ejército israelí muestran a un hombre de 62 años vestido con uniforme de combate en la línea de frente, gravemente herido en un brazo, el rostro en parte oculto por lo que parece ser una kufiya, sentado en un sillón, en el interior de un edificio en ruinas, mirando fijamente al dron que le observa. Difundido una y otra vez y en diversos formatos a través de las redes sociales, el vídeo ha elevado a Sinwar a la categoría de icono. Por otra parte, aún más que de la ideología de una organización o las figuras de sus dirigentes, la resistencia armada se nutre de la constatación de la impunidad de la que sigue gozando Israel tras más de un año de una guerra cuyo carácter genocida no deja de confirmarse.

Mientras que la sociedad civil palestina se enfrenta a una represión y un desarraigo de proporciones nunca vistas desde 1948, Hamás sigue siendo percibido como el negativo de una Autoridad Palestina controlada por un Fatah que colabora con las autoridades israelíes y no responde a las aspiraciones de su pueblo. De ahí que, en ausencia de una presión internacional que permita la liberación de prisioneros palestinos capaces de renovar la clase política, nada se conseguirá sin Hamás, empezando por la unidad del movimiento nacional palestino.

GACETA CRÍTICA, 16 DE NOVIEMBRE DE 2024

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