Platos tradicionales, bordados, arqueología… La batalla cultural ocupa un lugar especial en el sionismo político. Herramienta esencial de Israel para demostrar su derecho exclusivo a la tierra, contribuye a crear un relato nacional, al margen de su veracidad histórica. Más allá de la dimensión territorial, es por la supervivencia de su identidad por lo que luchan los palestinos.
por Olivier Pironet, octubre de 2024 (LE MONDE DIPLOMATIQUE, OCTUBRE 2024)
JACK PERSEKIAN. — Surrender (’Capitulación’), 2019
A finales de 2017, en un vuelo de la aerolínea británica Virgin Atlantic, suscitó polémica el nombre de un entrante que figuraba en el menú de la nueva carta con los platos servidos a bordo. El entrante, que recibía el nombre de “Ensalada palestina de cuscús” en referencia al maftul, un cuscús tradicional de Oriente Próximo muy popular en la región, se describía brevemente como “inspirado en los sabores de Palestina”. El caso es que un pasajero descontento publicó en redes sociales una foto de la página de primeros platos acusando a la empresa y a su personal de “simpatizantes de terroristas”. La imagen, reproducida a su vez por organizaciones proisraelíes, se extendió por la Red provocando la cólera de numerosos internautas. Algunos llegaron incluso a afirmar que se trataba, en realidad, de una ensalada “judía” o “israelí”. Ante las presiones, la aerolínea presentó oficialmente disculpas por la “ofensa hecha a [sus] clientes” y procedió a suprimir el topónimo “Palestina” y su gentilicio tanto del nombre como de la descripción del plato en sus cartas (1).
Por su parte, la aerolínea emiratí Flydubai —que abrió una línea aérea entre los Emiratos Árabes Unidos e Israel tras el acuerdo de normalización firmado por ambos países en 2020— tuvo buen cuidado de no incurrir en la misma “ofensa”: su pequeña “guía del turismo en Israel”, disponible en su página web (2), alaba especialmente “las delicias y el sabor auténtico” del hummus (un puré de garbanzos), el faláfel (albóndigas de garbanzos y habas) o la musabaha (una variante del hummus), característicos —según la guía— de la gastronomía israelí, cuando en realidad son platos típicos del la región palestina o del Levante mediterráneo (3). Ahora bien, contrariamente a Virgin Atlantic, Flydubai no ha hecho el menor caso de las críticas expresadas por palestinos u otros ciudadanos de países árabes.
Estos dos ejemplos —cualquier cosa menos anecdóticos— ilustran la batalla cultural e ideológica que los israelíes llevan décadas presentando contra los palestinos con el fin de consolidar su dominio en la esfera de lo simbólico, en lo que constituye uno de los más importantes aspectos del conflicto entre Israel y Palestina, paralelamente a sus dimensiones territorial y colonial.
Esta batalla por la hegemonía de la legitimidad histórica en Tierra Santa fue fomentada por los sionistas a expensas de los “autóctonos” de Palestina desde finales del siglo XIX y, más adelante, Israel siguió con ella tras su creación en mayo de 1948. Una de las ideas fuerza del sionismo político –cuyos principales teóricos fueron, sobre todo, Nathan Birnbaum (1864-1937) y Theodor Herzl (1860-1904)– con vistas a la creación de un Estado judío se basa en el postulado de que todos los judíos contemporáneos descienden del pueblo hebreo. De ahí que, en cuanto tales, se suponga que poseen un derecho de anterioridad sobre las tierras de Palestina (rebautizadas como la “tierra de Israel”) después de que los judíos de la Antigüedad fueran expulsados en masa por los romanos a comienzos de nuestra era. Según este relato, la región acabó vaciándose de sus habitantes emblemáticos —presentes allí desde hacía casi dos milenios—, que se dispersaron por todo el mundo. Más adelante fue invadida por los árabes, pero pasó siglos descuidada por parte de esos “extranjeros” que, básicamente, la dejaron sin explotar.
El mito del exilio forzado de un pueblo dotado de una religión, una cultura y una cuna comunes, constituyente de una única nación pese a su dispersión geográfica, sirvió por entonces para justificar un proyecto colonial sionista en el que se reclamaba el “regreso” de los judíos a su “hogar natal”. Los dirigentes del movimiento sionista, como David Ben-Gurión (1886-1973), sostendrían que su Estado debía ser creado en Palestina en nombre de la exclusividad —fundamentada en la Biblia— sobre la “Tierra Prometida” de la que supuestamente se beneficiaban los judíos. En cuanto a la población árabe palestina (4), consideran —como explica el historiador Shlomo Sand— que no supone sino “un conjunto de subarrendatarios, o bien de residentes temporales en una tierra que no les pertenece” (5) y, en consecuencia, una población a la que tienen el derecho de sustituir y expulsar. Aunque las ficciones fundacionales ideadas por el sionismo hayan sido rebatidas por historiadores y arqueólogos, sobre todo israelíes (6), estas forman parte de los cimientos ideológicos del Estado de Israel y del relato nacional.
Esta guerra cultural contra los palestinos se extiende por diversos ámbitos: la historia, las tradiciones o el arte, pero también incumbe al legado material e inmaterial, el hábitat, el medioambiente, etc. Dicho de otro modo: a todo lo que constituye la memoria colectiva y la identidad de un pueblo.
Proyecto sionista de desarabización
La dimensión política de la arqueología en la región permite comprender mejor por qué el patrimonio de Palestina sigue estando en el punto de mira de Tel Aviv. En junio de 1967, por ejemplo, cuando las tropas israelíes conquistaron Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza durante la guerra de los Seis Días, Israel se apropió del Museo Arqueológico Nacional, en la Ciudad Santa, pese a haber suscrito en 1957 la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado (1954). La institución palestina, en la que se conservaban los famosos manuscritos del mar Muerto, así como muchos artefactos y libros antiguos, fue de inmediato rebautizada como Museo Rockefeller para, más adelante, ser puesta bajo la tutela de un organismo vinculado al Gobierno. Se calcula que, entre 1967 y 1992, los israelíes se hicieron con cerca de tres millones de piezas arqueológicas en los territorios palestinos, y con aproximadamente 120.000 cada año desde 1995 (7). En Cisjordania, donde se han registrado más de 6000 yacimientos y vestigios arqueológicos, 200 de ellos se hallan en colonias judías y un millar fueron dañados o destruidos durante la construcción del muro de separación que rodea a la población cisjordana. El Ejército israelí prohíbe a los palestinos el acceso a la mayor parte de los sectores donde existen monumentos antiguos, que se reservan para la visita de los turistas judíos o extranjeros. Por si fuera poco, los guías turísticos palestinos —una profesión que fue prohibida por Israel entre 1967 y 1994— reciben autorizaciones de circulación con cuentagotas, y limitadas principalmente a emplazamientos y edificios cristianos (8).
En lo que respecta al patrimonio de la Franja de Gaza, donde se han inventariado más de 350 yacimientos, localizaciones y monumentos históricos, ha sufrido inmensos daños desde el estallido de la guerra entre Israel y Hamás el 7 de octubre de 2023. Unos 200 de ellos —entre los cuales se cuenta la Gran Mezquita de Gaza (siglo VII) y la iglesia de San Porfirio (siglo XII), pero también vestigios arqueológicos cananeos, filisteos, egipcios, romanos, otomanos, etc.— han sido gravemente dañados o reducidos a escombros por las bombas israelíes (9). Las tropas de Tel Aviv también se han entregado al pillaje: el 12 de enero de 2024, el director de la Autoridad de Antigüedades de Israel publicó en su cuenta de X una fotografía en la que aparece una panoplia de piezas arqueológicas sustraídas por soldados y, más tarde, expuestas como si de trofeos se tratara en una sala del Parlamento israelí (10).
La estrategia de desposesión cultural también alcanza a las costumbres en materia de vestimenta. Las ropas y atuendos tradicionales palestinos cosidos a mano constituyen un esclarecedor ejemplo. El arte del bordado en esta región, denominado tatriz, aparecido en el Levante en tiempos de los cananeos, se transmite principalmente en el seno de las familias de los entornos rurales. Cada localidad palestina posee sus propios colores, motivos y figuras geométricas, inspirados en la flora y fauna de su entorno. No obstante, este legado artesanal es puesto en tela de juicio por los israelíes en nombre del “derecho de antigüedad” de los judíos en la “Tierra Prometida”: reivindican la paternidad de esta artesanía textil que, según ellos, ya se conocía en tiempos bíblicos. Varios libros dedicados a la historia del bordado y de las costumbres indumentarias en Tierra Santa han servido para respaldar este relato omitiendo por completo las tradiciones populares palestinas. En los últimos años, el tatriz incluso ha hecho su entrada en el mercado de la ropa “de marca” en Israel, así como en el sector internacional del prêt-à-porter, y no es infrecuente ver este género de bordado en la ropa de los jóvenes hípsteres de Tel Aviv.
El acaparamiento de esta técnica de bordado está lejos de ser un hecho aislado: la kufiya, el pañuelo tradicional palestino —convertido en un símbolo de resistencia desde la Gran Revuelta Árabe en Palestina (1936-1939)—, también ha sido recuperado por el sector de la moda y desprovisto de su significación política. En 2016, la diseñadora israelí Dorit (“Dodo”) Bar Or creó conjuntos femeninos adornados con motivos propios de la kufiya y puestos a la venta a precios prohibitivos en los establecimientos de su marca. Francia no se ha quedado atrás: en 2021, el grupo LVMH, propiedad del multimillonario Bernard Arnault, suscitó una controversia al poner a la venta —al precio de 582 euros— kufiyas con los colores de la bandera israelí y la firma de Louis Vuitton…
Como muestran los “casos” de Virgin Atlantic y Flydubai, la cuestión culinaria cristaliza las tensiones generadas por la apropiación de los platos palestinos, considerados ahora platos nacionales en Israel. Hoy en día, de Nueva York a París, pasando por Londres, los poco entendidos a menudo toman erróneamente el humus, el tabulé o la tahina (crema de sésamo) por especialidades israelíes desprovistas de su origen levantino gracias, sobre todo, a las campañas de propaganda cultural emprendidas por Tel Aviv en el extranjero.
Los casos del zaatar (una mezcla de especias cuyo ingrediente principal es el tomillo) y el akkoub (una especie de cardo) también ilustran las amenazas que pesan sobre la identidad palestina. Muy usadas por los palestinos, estas plantas —que crecen en estado silvestre y se recogen en primavera— son muy reconocidas tanto por sus virtudes gastronómicas como por sus propiedades medicinales. Pero, desde 1977 y 2005, respectivamente, su recolección en la naturaleza está prohibida por las autoridades israelíes, tanto en Israel como en los territorios ocupados, bajo el pretexto de que se trata de especies “en peligro”, pese a que existen estudios científicos que contradicen esta afirmación (11). En la actualidad, las cultivan empresas agrícolas israelíes cuya clientela árabe constituye su mercado meta. Los infractores de la prohibición de la recogida de tomillo y akkoub “silvestres” se arriesgan a fuertes multas e incluso a penas de cárcel, en caso de no poder pagarlas.
Sin embargo, a despecho de los riesgos, muchos recolectores y recolectoras siguen aún hoy cosechando esas plantas como lo hicieran sus padres y abuelos antes de ellos. La película Foragers (‘Recolectores’), de la artista palestina Jumana Manna, estrenada en 2022, se halla a medio camino entre el documental y el cine de ficción y expone en detalle el absurdo de esta normativa y sus consecuencias para los palestinos. También muestra la resistencia que oponen los recolectores y recolectoras árabes frente a esta ley arbitraria y discriminatoria pese a los riesgos penales que corren. Una de las escenas de la película pone el foco en el caso particular de Samir, un recolector “clandestino” detenido en el Golán ocupado por agentes de la Autoridad de la Naturaleza y Parques de Israel estando en posesión de una bolsa llena de akkoub. Antes del juicio, presentan a Samir ante un juez que le recuerda sus numerosos “antecedentes” relativos a la recogida ilegal del susodicho cardo y de zaatar. Pero Samir, que se arriesga a ir a la cárcel por su negativa a pagar la menor multa, declara con firmeza: “Volverán a cogerme en 2050 con mis hijos y mis nietos. […] Seguiré el camino de mis abuelos”. A su modo, tales palabras resumen el sumud, el espíritu de resistencia del que los palestinos dan muestra día tras día frente a la guerra cultural que llevan más de un siglo padeciendo.
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(1) Cf. Michael Bachner “Virgin Atlantic removes ‘Palestinian’ from couscous description”, The Times of Israel, 13 de febrero de 2018.
(2) “Israel travel guide”, www.flydubai.com
(3) Véase Akram Belkaïd, “La ‘guerre du houmous’”, Manière de voir, n.° 142, “Ce que manger veut dire”, agosto-septiembre de 2015.
(4) A principios del siglo XX, Palestina tenía más de 750.000 habitantes, de los cuales en torno al 80% eran musulmanes, el 12% cristianos y el 8% judíos.
(5) Shlomo Sand, La invención de la tierra de Israel. De Tierra Santa a madre patria, Ediciones Akal, colección “Cuestiones de antagonismo”, Madrid, 2013.
(6) El propio David Ben-Gurión estaba convencido de que la mayoría de los palestinos descendían de los judíos de la Antigüedad, que con el paso de los siglos adoptaron el cristianismo y, más adelante, el islam, mientras que una minoría se mantuvo fiel al judaísmo. Véase Tom Segev, A State at Any Cost. The life of David Ben Gurion, Head of Zeus, Londres, 2019.
(7) Cf. Luma Zayad, “Systematic cultural appropriation and the Israeli-Palestinian conflict”, DePaul Journal of Art, Technology & Intellectual Property Law, vol. 28, 2019, DePaul University, Chicago.
(8) Véase “Palestine’s cultural property and the Israeli occupation” y “Palestine’s tourism and archeology under Israel’s colonial occupation”, Departamento de Asuntos de Negociaciones (NAD, por sus siglas en inglés) de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), 16 de diciembre de 2020 y 20 de junio de 2022, respectivamente.
(9) Clothilde Mraffko y Samuel Forey, “Dans la bande de Gaza, les bombes israéliennes détruisent le patrimoine et effacent la mémoire”, Le Monde, 14 de febrero de 2024.
(10) “Israel: army displays artefacts stolen from Gaza in the Knesset”, Middle East Monitor, 22 de enero de 2024.
(11) Cf. Rabea Eghbariah, “The struggle for za’atar and akkoub. Israeli, nature protection laws and the criminalization, of Palestinian herb-picking culture”, Oxford Food Symposium, junio de 2020.
Olivier Pironet (Le Monde Diplomatique)
GACETA CRÍTICA, 6 DE OCTUBRE DE 2024
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