Gaceta Crítica

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Gasoducto Nord Stream: tres hipótesis para un atentado.

La lucha contra el terrorismo, prioridad absoluta de los países occidentales desde el 11 de septiembre de 2001, ha encontrado su punto ciego: la destrucción de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022. Claramente abochornadas, las autoridades políticas y judiciales vacilan. Y con razón. Dos años después, las pistas no conducen al Kremlin, sino a Kiev, Washington y Varsovia…

por Fabian Scheidler (LE MONDE DIPLOMATIQUE octubre de 2024)JPEG - 85.3 KBPATRICK TOSANI. – Masque nº 12 (‘Máscara n.º 12’), 1999

El 26 de septiembre de 2022, cuatro explosiones sacudieron el lecho del mar Báltico en las proximidades de la isla danesa de Bornholm. Durante días, enormes cantidades de gas metano escaparon a través de tres tramos destruidos de los gasoductos Nord Stream 1 y 2, que suministraban gas natural desde Rusia a Alemania. Las consecuencias del atentado no tardaron en afectar a los habitantes del Viejo Continente al provocar una brusca subida de los precios de la energía, sobre todo en Alemania. Además, esta infraestructura, cuyo coste de construcción superó los 10.000 millones de euros, no tenía como accionista únicamente a la rusa Gazprom, sino también a dos empresas del sector de la energía alemanas (E.ON y Wintershall), una neerlandesa (Gasunie) y otra francesa (Engie), todas ellas con derecho a reclamar indemnizaciones.

Era indudable que el mayor acto de sabotaje de la historia europea reciente, que además venía acompañado por una catástrofe medioambiental, iba a desencadenar un frenesí investigador y la severidad de las autoridades. Sin embargo, dos años después las pesquisas oficiales están estancadas y resulta notable su falta de celeridad y su desorden. Al cierre de esta edición, todavía no se ha procedido a la detención, interrogatorio o inculpación de los presuntos autores.

A principios de junio la Fiscalía General emitió una orden de detención europea de arresto contra Volodímir Zhuravlov, un ciudadano ucraniano residente en Polonia, pero Varsovia se negó a prestar la asistencia administrativa que exige la ley y el sospechoso escapó indemne (1). Con un descaro poco habitual en el campo de la lucha antiterrorista, el primer ministro polaco Donald Tusk, ídolo de los liberales europeos, fustigó el 17 de agosto en X a las autoridades alemanas: “A los impulsores y patrocinadores del Nord Stream: lo único que debéis hacer es disculparos y callar”.

Poco después de las explosiones, las autoridades judiciales suecas y danesas explicaron que solo un agente estatal podía ejecutar una operación de semejante envergadura (2). Pero después abandonaron inesperadamente sus pesquisas, sin publicar resultados. En cuanto se produjo el atentado, Estados Unidos anunció la apertura de investigaciones, tanto más prometedoras cuanto que sus servicios de inteligencia controlan todo el mar Báltico. Paralelamente, los occidentales han declinado sistemáticamente la reiterada oferta de Moscú de participar en la investigación. Las autoridades alemanas, por su parte, han proseguido con sus investigaciones. Pero el Fiscal General Federal y el ejecutivo alemán se resisten a publicar un informe provisional. En su respuesta a preguntas parlamentarias sobre este asunto, el Gobierno argumentó que cualquier revelación de información amenazaría el “bien del Estado” (staatswohl), es decir, que países amigos o sus servicios secretos se verían comprometidos.

Periodistas de investigación y diputados del Bundestag [el Parlamento federal alemán] coinciden al afirmar que sus peticiones de información se topan con un muro de mutismo. Holger Stark, del semanario Die Zeit, habla de “presiones brutales sobre todas las autoridades para que no hablen con ningún periodista” (3). Preguntado al respecto por Le Monde diplomatique, el diputado socialdemócrata Ralf Stegner encuentra “muy sorprendente” que un crimen tan grave, cometido en uno de los mares más vigilados del planeta, haya originado tan poca información dos años después de los hechos. Su colega Andrej Hunko, de la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), habla por su parte de una “provocativa falta de interés por esclarecer” este crimen.

Sobre la identidad de los saboteadores circulan tres hipótesis. La primera: los propios rusos. En efecto, en los meses que siguieron a los atentados, algunos representantes gubernamentales y los principales medios de comunicación occidentales señalaron con el dedo a Moscú. “[Rusia] es la única que tiene capacidad para hacerlo y un buen motivo para ello”, pontificaba Pierre Haski, tertuliano sobre cuestiones geopolíticas en France Inter, la emisora de radio más escuchada de Francia (28 de septiembre de 2022). Desde entonces, las autoridades judiciales alemanas y suecas han manifestado en repetidas ocasiones que no tienen indicios de la implicación rusa. El director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), William Burns, poco sospechoso de simpatizar con Moscú, también lo ha afirmado, al igual que el diario The Washington Post después de una larga investigación (4). Entre el cúmulo de razones misteriosas por las que Rusia habría decidido destruir una costosa infraestructura en la que tiene una participación del 51%, el argumento de que con el sabotaje Moscú quería evitar penalizaciones si se interrumpían las entregas es en el mejor caso poco convincente: a la vista de las sanciones y de los activos rusos confiscados en Occidente, las autoridades rusas probablemente se habrían negado a pagar.

El papel de Washington y Kiev

La segunda teoría se lanzó el 8 de febrero de 2023, cuando el periodista Seymour Hersh, famoso por sus revelaciones sobre los crímenes de guerra estadounidenses cometidos en Vietnam e Irak, publicó un detallado artículo en su blog en el que incriminaba a Estados Unidos y Noruega. Según la única fuente en la que se basa Hersh, la Administración de Biden habría ordenado el atentado (5).

Un mes más tarde, el 7 de marzo, el The New York Times, rotativo del que Hersh fue uno de sus reporteros estrella, planteó una tercera hipótesis a partir de testimonios anónimos “de funcionarios estadounidenses que han evaluado la información de los servicios de inteligencia” (6): el sabotaje no fue llevado a cabo por los servicios estadounidenses, sino por un “grupo proucraniano”. Poco después, un consorcio de medios de comunicación alemanes, encabezado por Die Zeit, profundizó en esta hipótesis basándose principalmente en información procedente de la Fiscalía General alemana: los artículos identificaban un velero alquilado por los saboteadores. Desde entonces, las publicaciones de los principales medios de comunicación occidentales se han centrado casi exclusivamente en esta versión: se cree que el Andrómeda, un velero de 15 metros de eslora, zarpó del puerto alemán de Rostock en septiembre de 2022 con cinco hombres y una mujer a bordo para alcanzar la zona de la isla de Bornholm. Una vez allí, los navegantes-submarinistas habrían minado los tubos a una profundidad de 80 metros. El equipo de investigación alemán, por su parte, señala que en enero de 2023 detectó trazas del explosivo HMX en la mesa del barco, que la tripulación no habría limpiado a conciencia; según los investigadores, precisamente se halló este producto en el lugar del crimen.

Las primeras publicaciones de esta versión suscitaron rápidamente algunos interrogantes: ¿podría un barco tan pequeño haber acogido una operación de tal envergadura y transportar las toneladas de explosivos necesarias, de acuerdo con las estimaciones iniciales de los expertos? ¿No sería necesaria una cámara de descompresión —demasiado voluminosa para esta embarcación— para inmersiones tan profundas? Posteriormente, una expedición privada al lugar del atentado efectuada por el ingeniero sueco Erik Andersson en colaboración con el periodista Jeffrey Brodsky (7) ha despejado ciertas dudas. En primer lugar, el análisis de fotografías submarinas de alta precisión revela que bastarían menos de 50 kilogramos de explosivo para destruir una tubería. En segundo lugar, profesionales altamente cualificados podrían llevar a cabo estas inmersiones sin cámara de descompresión —una opción más arriesgada y que requiere más tiempo—. Pero ¿por qué, se pregunta Jeffrey Brodsky, unos malhechores sin cámara de descompresión optarían por minar las tuberías a 80 metros de profundidad, cuando en las inmediaciones hay un tramo del gasoducto Nord Stream a menos de 40 metros de profundidad? ¿Y por qué se colocó uno de los artefactos explosivos a 75 kilómetros de los otros tres? (8). A pesar de las muchas preguntas sin respuesta, en teoría sería factible que el Andrómeda llevara a cabo la operación.

Ya sea una muestra del genio diabólico de los organizadores o del empeño europeo en no querer saber, las pistas de los presuntos autores se pierden en la bruma. Los pasaportes falsos búlgaros utilizados para alquilar el barco conducen a un soldado ucraniano y a una sociedad pantalla polaca financiada por un empresario ucraniano llamado Rustem A. Otras pistas conducen al instructor de buceo ucraniano Volodímir Zhuravlov y a otros sospechosos. Pero ninguno de ellos ha sido interrogado, y los investigadores alemanes no han presentado ninguna solicitud de cooperación judicial a Ucrania. Es más, las autoridades alemanas pueden incluso haber facilitado indirectamente la huida del sospechoso al no inscribir su nombre en el registro de Schengen que recoge a las personas sobre las que hay activa una orden de detención europea. “Los guardias fronterizos polacos carecían de la información y la fundamentación para arrestarlo, ya que no figuraba en el registro de personas en búsqueda y captura”, ha declarado una portavoz de la Fiscalía General polaca (9). Según un informe de la CIA citado por el Washington Post (11 de noviembre de 2023), los autores intelectuales del atentado serían el agente ucraniano Roman Chervinsky y el ex comandante en jefe de las Fuerzas Armadas ucranianas, Valeri Zaloujny, actualmente embajador en Londres. El documento subrayaba que el presidente Volodímir Zelensky no estaba al corriente del proyecto. Pero el pasado mes de agosto, el Wall Street Journal publicaba, apoyándose en fuentes anónimas ucranianas, que Zelensky sí había dado su consentimiento, antes de intentar —sin éxito— detener el operativo bajo la presión estadounidense (10). La indolencia occidental ante la posibilidad de que un país aliado, armado y financiado por Estados Unidos y Europa, resulte ser un Estado terrorista lleva a preguntarse: ¿están las fuerzas políticas frenando las investigaciones por miedo a que lleven a conclusiones geopolíticamente incorrectas y susceptibles de socavar el apoyo occidental?

James Bamford, reputado periodista de investigación estadounidense, especializado en cuestiones de inteligencia, lleva esta línea de razonamiento un paso más allá. Considera prácticamente imposible que una operación tan compleja se haya podido ejecutar a espaldas de los servicios secretos estadounidenses (11). En primer lugar, porque estos últimos mantienen vínculos muy estrechos con los servicios de inteligencia y los militares ucranianos. Por otro lado, Estados Unidos mantiene una vigilancia a todos los niveles sobre el mar Báltico gracias al Sistema Integrado de Vigilancia Submarina (IUSS, por sus siglas en inglés), implantado con la ayuda de Suecia. El sistema de inteligencia de señales (signals intelligence, Sigint) de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) vigila muy de cerca las telecomunicaciones del Ejército y del Gobierno ucranianos. A pesar de haber anunciado su propia investigación, Washington no ha facilitado hasta la fecha ningún dato.

“Negación plausible”

Según el diario alemán Die Welt (14 de diciembre de 2023), ciudadanos estadounidenses —presuntos colaboradores de los servicios secretos— participaron en la inspección del Andrómeda por parte de los guardias fronterizos locales cuando el velero hizo escala en Kolberg (Polonia) el 19 de septiembre de 2022. Las autoridades polacas rehúsan realizar más comentarios y afirman que las imágenes de las cámaras de vigilancia del puerto ya no existen. La falta de cooperación de Varsovia, feroz opositora del Nord Stream, suscita dudas sobre la posibilidad de que esté encubriendo activamente a los autores del crimen, o incluso sobre su participación en la planificación del operativo.

El diario The Washington Post (6 de junio de 2023) ha publicado que la CIA, ya en junio de 2022, sabía de un plan ucraniano destinado a volar los gasoductos y que la agencia había informado a ciertos aliados europeos, entre ellos Alemania. Si hemos de creer a estas fuentes, los gobiernos occidentales habrían ocultado a sabiendas al público el hecho de que su aliado ucraniano encabezaba la lista de sospechosos del mayor sabotaje industrial de la historia moderna. El periódico The Wall Street Journal (14 de junio de 2023) cita a funcionarios estadounidenses anónimos que afirman que la CIA intentó disuadir a Ucrania en su momento. Ninguna fuente independiente respalda esta afirmación. Erik Andersson considera que se trata de una maniobra de Washington para establecer lo que en diplomacia se conoce como una “negación plausible”. Él y Jeffrey Brodsky creen que, si el barco fue efectivamente una de las claves del crimen, Estados Unidos como mínimo dio luz verde a la operación, pues de lo contrario los saboteadores ucranianos habrían corrido un riesgo demasiado grande de aparecer en las pantallas de vigilancia estadounidenses, con consecuencias potencialmente fatales para las relaciones con los occidentales. El ingeniero y el periodista no descartan una participación activa de Estados Unidos en la fase de planificación. La existencia de proyectos anteriores para dinamitar los tubos, en los que habrían participado “expertos occidentales”, según el Wall Street Journal (14 de agosto de 2024), parece corroborar su apreciación.

La cuestión del papel de Estados Unidos nos remite a la segunda hipótesis, la de Seymour Hersh. En diciembre de 2021, sostiene el periodista, el presidente estadounidense Joseph Biden habría encargado a la CIA la elaboración de un plan destinado a destruir los gasoductos en caso de una invasión rusa de Ucrania. Buzos especializados de la Armada estadounidense habrían llevado a cabo el plan en junio de 2022 colocando explosivos accionables en cualquier momento mediante una señal acústica. Como camuflaje se sirvieron de las maniobras anuales de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el mar Báltico. En septiembre, el presidente Biden habría dado la orden de detonar los artefactos.

Tras su publicación en febrero de 2023, la prensa occidental osciló entre ignorar el artículo de Hersh y tacharlo de teoría conspirativa. La principal crítica formulada por los pocos periodistas que se han dignado a examinar el texto es que se basa en una sola fuente anónima, como ha ocurrido con la mayoría de sus grandes revelaciones. Hersh señala que Estados Unidos nunca ha ocultado su voluntad de destruir el Nord Stream: el propio presidente estadounidense Biden anunció en una rueda de prensa en la Casa Blanca el 7 de febrero de 2022, en presencia del canciller alemán Olaf Scholz, que su país “acabaría con los gasoductos si Rusia invadiese Ucrania”. “Ya lo verán: somos capaces de hacerlo” (12), añadió con una sonrisa. Tras los atentados, la subsecretaria de Estado estadounidense, Victoria Nuland, declaró en una comparecencia ante el Senado: “El Gobierno estadounidense está muy satisfecho de que [el gasoducto] Nord Stream 2 ya no sea más que un montón de chatarra en el fondo del océano” (13). Desde un punto de vista tanto geopolítico como económico, no cabe duda de que Washington tenía interés en clausurar estos tubos (14). Estados Unidos censuraba el acercamiento entre Alemania y Rusia. Además, según Hersh, Washington quería privar a Rusia de la palanca gasística que le habría permitido inducir a Berlín a limitar su apoyo a Ucrania. Pero ¿hay algún indicio o prueba que apoye la versión de Hersh? Precisamente para responder a esta pregunta Erik Andersson emprendió su expedición. Su examen de los lugares del crimen ha desvelado que no había dos artefactos explosivos por tubería, como afirmara inicialmente Hersh, sino muy probablemente uno solo. El ingeniero, que en un principio era partidario de la tesis de Hersh, considera ahora que la teoría del Andrómeda es la más factible, aunque no descarta la posibilidad de que Hersh, a pesar de sus errores en algunos detalles, pueda tener razón al final. Por ejemplo, el análisis detallado de Andersson de la inteligencia de fuentes abiertas (open source intelligence, Osint) concluye que las posiciones de los buques de guerra y aviones estadounidenses son coherentes con la descripción de Hersh (15), en contra de lo que afirmaban los análisis Osint realizados previamente.

Maniobras de distracción

Aunque las tesis de Hersh no han sido refutadas, Holger Stark, responsable del departamento de investigaciones del semanario Die Zeit, cree que su colega se ha equivocado en esta ocasión, ya que sus afirmaciones no han sido corroboradas hasta el momento por ningún resultado obtenido en las pesquisas. El periodista de investigación Jeremy Scahill, cofundador de la plataforma de información The Intercept, ha planteado por su parte dos posibilidades que podrían establecer un vínculo entre la versión de Hersh y la del Andrómeda. En primer lugar, la fuente de Hersh podría haber tenido conocimiento de un plan que finalmente fue abandonado y sustituido por otra operación, una hipótesis que Andersson también considera plausible. Otra posibilidad es que el trayecto realizado por el velero formara parte de una compleja maniobra de distracción. Steven Aftergood, que dirigió el programa de investigación sobre operaciones encubiertas del Gobierno estadounidense en la Federation of American Scientists de 1991 a 2021, considera que la difusión de relatos falsos con el objetivo de ocultar una operación es “una práctica habitual en las operaciones militares y de inteligencia”, a menudo denominada “camuflaje y engaño” (16). Scahill señala a este respecto que dejar trazas de explosivos sobre la mesa “o bien es prueba de una falta total de profesionalidad, o bien es una ‘traza’ dejada deliberadamente con la intención de engañar”. Que los autores del atentado “no tuvieran tiempo suficiente para borrar sus huellas” (17) a bordo del velero, como ha especulado Holger Stark, parece inverosímil a tenor de las semanas que duró la travesía del barco. De hecho, el Andromeda permaneció cuatro meses inactivo antes de ser examinado por los investigadores, tiempo más que suficiente para borrar rastros… o para crear otros nuevos. Pero, a estas alturas, no hay pruebas tangibles que apoyen la hipótesis de la distracción, defendida también por Seymour Hersh.

Así que el atentado contra el Nord Stream sigue siendo un caso sin resolver. Ante esta situación, muchos parlamentarios han reclamado la creación de una comisión de investigación independiente, por ejemplo bajo los auspicios del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero una resolución en este sentido, presentada por Rusia y apoyada por China y Brasil, no ha recibido el beneplácito de Estados Unidos y sus socios. Alemania y Suecia han rechazado la idea de ese tipo de comisión de investigación para no perturbar las investigaciones en curso que están llevando a cabo junto con Dinamarca. Mientras tanto, los escandinavos han paralizado sus pesquisas sin comunicar ningún resultado, incluido el contenido de los indicios recogidos en el lugar del crimen por Suecia tras los atentados. La voluntad de no hacer pública la verdad es fácil de comprender: si los rastros establecieran la responsabilidad del Gobierno ucraniano o incluso del estadounidense, las consecuencias geopolíticas serían imprevisibles y potencialmente explosivas. Así pues, el juego del escondite en torno a la historia criminal más explosiva de nuestro tiempo continúa.

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(1) Bojan Pancevski, “Nord Stream revelations ignite dispute between US Allies”, The Wall Street Journal, Nueva York, 20 de agosto de 2024.

(2) “Schweden sieht schuld bei staatlichem akteur”, Tagesschau, 6 de abril de 2023.

(3) “Eine verminte Recherche – Wer sprengte die Nord-Stream-Pipelines?”, mesa redonda durante la reunión anual de la Netzwerk Recherche en Hamburgo, 16 de junio de 2023, grabada por Tide TV.

(4) Bojan Pancevski, Drew Hinshaw, Joe Parkinson y Warren P. Strobel, “US Warned Ukraine Not to Attack Nord Stream”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14 de junio de 2023 y Shane Harris, John Hudson, Missy Ryan y Michael Birnbaum, “No conclusive evidence Russia is behind Nord Stream attack”, The Washington Post, 21 de diciembre de 2022.

(5) Seymour Hersh, “How America took out the Nord Stream pipelines”, Substack, 8 de febrero de 2023.

(6) Adam Entous, Julian E. Barnes y Adam Goldman, “Intelligence suggests Pro-Ukrainian group sabotaged pipelines, US Officials say”, The New York Times, 7 de marzo de 2023.

(7) Erik Andersson, “A trip to the Nord Stream blast sites”, Substack, 28 de junio de 2023.

(8) Jeffrey Brodsky, “What is and what isn’t known about the Nord Stream sabotage”, Substack, 30 de noviembre de 2023.

(9) “Erster haftbefehl wegen Nord-Stream-anschlägen”, Tagesschau, 14 de agosto de 2024.

(10) Bojan Pancevski, “A drunken evening, a rented yacht: The real story of the Nord Stream pipeline sabotage”, The Wall Street Journal, 14 de agosto de 2024.

(11) “Intercepted: The biggest whodunnit of the Century”, The Intercept, 17 de mayo de 2023; también James Bamford, “The Nord Stream explosions: New revelations about motive, means, and opportunity”, The Nation, Nueva York, 5 de mayo de 2023.

(12) “President Biden on Nord Stream 2 pipeline if Russia invades Ukraine: ‘We will bring an end to It’”, disponible en YouTube.

(13) “Just in: Ted Cruz confronts top Biden official over Nord Stream 2 decision”, disponible en YouTube.

(14) Véase Pierre Rimbert, “Cómo sabotear un gasoducto”Le Monde diplomatique en español, mayo de 2021.

(15) Erik Andersson, “Aircraft and Vessels in Seymour Hersh’s Nord Stream Story”, Substack, 22 de mayo de 2023.

(16) Jeremy Scahill, “Conflicting reports thicken Nord Stream bombing plot”, The Intercept, 10 de marzo de 2023.

(17) Holger Stark, “Nord-Stream-Ermittlungen: Spuren führen in die Ukraine”, Zeit Online, 7 de marzo de 2023.

Fabian Scheidler

Periodista y escritor. Autor de Das Ende der Megamaschine. Geschichte einer scheiternden Zivilisation (‘El final de la megamáquina. Historia de una civilización que fracasa’), Promedia Verlag, Viena, 2015.

GACETA CRÍTICA, 6 DE OCTUBRE DE 2024

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