sinpermiso. Gaceta Crítica. 6 de Octubre de 2024

Fredric Jameson, Eqbal Ahmed, Yasir Arafat, Don Luce, 1981
Sobre Frederic Jameson
Vijay Prashad
Ha muerto Fredric Jameson (1934-2024). No llegué a conocerle ni mantuve correspondencia con él, pero le leí mucho. Oí hablar de él por primera vez gracias a Aijaz Ahmad, y luego me interesó mucho su trabajo sobre Brecht y la estética. Su libro Brecht and Method (1998) es uno de mis preferidos. Sus escritos suponían un desafío, pero sus ideas brillaban siempre. Era colaborador habitual de New Left Review, donde disfruté leyendo sus ensayos, principalmente sobre literatura y sobre los sentimientos culturales, más en general.
Me gusta esta fotografía de 1981. En ella aparecen Fredric Jameson, Eqbal Ahmed, Yasser Arafat y Don Luce (una figura de la lucha por poner fin a la guerra de los Estados Unidos en Vietnam). Fue un periodo interesante. El poeta paquistaní Faiz Ahmed Faiz vivía en Beirut, donde cumplió ese año los 70 (Faiz le había dedicado su Mere Dil, Mere Musafir en 1980 a Arafat, y al año siguiente Arafat pronunció un emotivo discurso con motivo del cumpleaños de Faiz). Eqbal Ahmed había viajado ese año con Edward Said para visitar a Faiz. Unos años más tarde, Jameson viajó a Nicaragua y entrevistó a Tomás Borge (del FSLN) para New Left Review en 1987. En 1986, escribió Jameson:
“Debemos recuperar el sentido de lo que significa «revolución cultural», en su forma más fuerte, en la tradición marxista. La referencia no tiene que ver con los acontecimientos inmediatos de esa interrupción violenta y tumultuosa de los «once años» en la historia china reciente, aunque alguna referencia al maoísmo como doctrina está necesariamente implícita. El término, se nos dice, era del propio Lenin, y en esa forma designaba explícitamente la campaña literaria y los nuevos problemas de la erudición académica y la educación universales: algo de lo que Cuba, de nuevo, sigue siendo el ejemplo más asombroso y exitoso de la historia reciente”.
Se trata de historias interconectadas de marxistas transnacionales. Jameson nunca escribió realmente sobre nada de esto, pero parece haber estado de alguna manera conectado a ello. Espero que haya una necrológica que ayude a situarle en ese contexto más amplio del Tercer Mundo.
X, 23 de septiembre de 2024
Para Fredric Jameson
Alex Ross
El gran filósofo y crítico Fredric Jameson ha fallecido hoy a la edad de 90 años. Sus escritos, de un volumen casi imposible y que han seguido creciendo año tras año, logran un magnífico equilibrio entre el rigor intelectual, por un lado, y la percepción estética, por otro; un fuerte compromiso político subyace al conjunto, aunque su devoción por el pensamiento dialéctico le impide acercarse nunca al dogma. No sólo le leemos por las grandes formulaciones, sino también por las intuiciones pasajeras; era, en el terreno del arte, un entusiasta escéptico y, por tanto, un crítico brillante. En 1987-88 asistí a uno de sus seminarios, sobre teoría cultural postmarxista; fue un punto de inflexión en mi desarrollo intelectual, quizá el punto de inflexión, y todavía sigo reescribiendo el artículo sobre Mann, Adorno y Doktor Faustus que elaboré bajo sus auspicios. Hace unos años, intercambié con él unas notas sobre Wagner, por quien sentía un gran aprecio. Una vez escribió que el final del Anillo [wagneriano] «es paradigmático de todo gran arte por la forma en que pone en primer plano no esta o aquella solución (destinada en cualquier caso a ser ideológica), sino la contradicción misma». Lo anterior corresponde al Anillo puesto en escena en Copenhague por Kasper Holten, que él admiraba especialmente. Ruhe, ruhe [Quietud, quietud]…
The Rest is Noise, 27 de septiembre de 2024
Fredric Jameson
Editores de la London Review of Books
Fredric Jameson falleció ayer a la edad de 90 años. Enseñaba desde 1985 en la Universidad de Duke. Entre sus numerosos libros figuran The Political Unconscious, Postmodernism, or the Cultural Logic of Late Capitalism y The Antinomies of Realism (en cuya reseña, Michael Wood observó que «Jameson piensa dialécticamente en un sentido fuerte, de la forma en que se supone que todos pensamos, pero que casi nadie sigue»). Como ha escrito Perry Anderson, «la captación de lo postmoderno por Jameson dejó sentados los términos del debate posterior»:
“El relato de Jameson acerca del postmodernismo… desarrolla por primera vez una teoría de la ‘lógica cultural’ del capital que ofrece simultáneamente un retrato de las transformaciones de esta forma social en su conjunto (…) Aquí, en el paso de lo sectorial a lo general, la vocación del marxismo occidental ha alcanzado su consumación más completa”.
Anderson elogió también el estilo de Jameson:
“Los amplios ritmos de una sintaxis compleja pero flexible -casi jamesiana en sus formas de dirigirse- representan la absorción de muchas fuentes variadas en la propia teoría; mientras que los repentinos estallidos de intensidad metafórica, estimulantes saltos figurales con un esplendor propio de la cuerda floja, se erigen como emblemas de los audaces movimientos diagonales (…) Estamos ante un gran escritor”.
Jameson escribió 17 artículos para la London Review entre 1994 y 2022, sobre las novelas de Günter Grass («¿puede haber literatura después de la reunificación?»), Kenzaburo Oe («los premios Nobel parecen dividirse en dos categorías: aquellos a los que el premio honra y aquellos que honran al premio»), Margaret Atwood («¿quién contará los placeres de la distopía?»), Henrik Pontoppidan (‘se puede ser feliz sin suerte, se puede tener suerte sin conocer necesariamente la felicidad’), Gabriel García Márquez (‘no son sólo los objetos los que son objeto de mercantilización, es cualquier cosa susceptible de ser nombrada’), Karl Ove Knausgaard (“quiero situar este pasaje, una primicia de una corriente de detalles aparentemente interminable y relativamente homogénea, en algún lugar de la historia de la escritura”), Joseph Conrad (»lo que Conrad hace con la trama traiciona la contradicción fundamental en la modernidad entre la trama y frase«), Olga Tokarczuk (»Estamos en lo que, por analogía con la niebla de la guerra, puede llamarse la niebla de la historia: sólo gradualmente los acontecimientos históricos mundiales y las instituciones que dejan tras de sí comienzan a emerger lentamente, en un contorno sombrío«) y Ben Pastor («podría escarmentarnos recordar que, como resultado de nuestra mayor historicidad, hoy todas las novelas son históricas»); sobre Walter Benjamin («las cartas de Benjamin son instructivas también por la forma en que muestran de qué modo los compromisos políticos son algo que una burguesía lleva a cabo para sí misma, para su propio bien y su bienestar psíquico»), la izquierda intelectual francesa de posguerra (“todavía cabe esperar que el concepto de intelectual político siga vivo, incluso en las circunstancias poco propicias de la vida corporativa del capitalismo tardío”), Tel Quel (»como los ciclos de los grandes mafiosos o la historia de la Comintern, la chanson de geste de las diversas vanguardias tiene un patrón relativamente inmutable«) y Slavoj Žižek (»yo mismo me veo atacado de pasada como una especie de crédulo practicante de la teoría de la mercantilización»); sobre «lo invisible» y la «japonesidad» en la arquitectura; sobre los programas de escritura creativa y los viajes en el tiempo («Back to the Future [Regreso al futuro] no es sólo un ejemplo paradigmático de un nuevo género narrativo, sino también un acontecimiento comercial y una mercancía narrativa construida en un momento singularmente regresivo de la historia de Estados Unidos»).
Algunos de esos artículos se encuentran entre los ensayos recogidos en Inventions of a Present: The Novel in its Crisis of Globalisation, publicado a principios de este año. The Years of Theory: Postwar French Thought to the Present se publicará el mes que viene. Terry Eagleton escribirá sobre el libro, y sobre Jameson, en el próximo número de LRB. Le echaremos mucho de menos.
LRB, 23 de septiembre de 2024
Fredric Jameson, la praxis del trabajo cultural
Marco Gatto
El crítico literario y teórico norteamericano vinculado al pensamiento dialéctico ha fallecido a los 90 años. Postmodernism es el volumen que le dio a conocer en el debate internacional en 1991. Protagonista relevante y original del marxismo contemporáneo, entre sus mentores y maestros figuran los nombres de Erich Auerbach y Herbert Marcuse.
Fredric Jameson falleció el pasado domingo a la edad de 90 años. Nació en Cleveland (Ohio) en 1934 y se formó en Yale, donde terminó sus estudios de doctorado en 1959. Erich Auerbach y Herbert Marcuse, entre otros, figuran entre sus mentores y maestros. Personalidad indispensable del marxismo contemporáneo, indisolublemente ligado al pensamiento dialéctico, Jameson ha recorrido el siglo XX y las dos primeras décadas de nuestro siglo concibiendo las representaciones culturales como complejos síntomas de profundas dinámicas históricas. Su obra, basada en una confrontación constante con las tradiciones antiguas y modernas del pensamiento, y en un incesante combate cuerpo a cuerpo con las propuestas teóricas contemporáneas, en el signo de una generosidad intelectual sin límites («se puede decir que nada cultural le es ajeno», ha dicho Colin MacCabe, evocando a Terencio), constituye el extremo último y avanzado de ese «marxismo occidental» que Perry Anderson contribuyó a historizar
y que Jameson ha refundado y remodelado en gran medida.
Había comenzado con Sartre: The Origins of a Style (1961), un análisis de la producción literaria y teatral del filósofo francés que podríamos catalogar bajo el epígrafe de crítica estilística, dirección que pronto abandonó (pero no olvidó). En los años 60, gracias a una estancia europea, se produjo su encuentro con Marx y la teoría crítica: Jameson se convirtió en un ávido lector de la tradición dialéctica, se nutrió de Hegel (el otro gran autor de su vida), leyó e interpretó la Teoría de la novela y las aportaciones en torno al realismo de Lukács, se topó con Adorno, Benjamin, Bloch y Goldmann. El resultado de este aprendizaje fue Marxism and Form: Twentieth Century Dialectical Theories of Literature, publicado en 1971 y traducido al italiano en 1975 por Liguori y ubicado en una importante coleccióne editada, entre otros, por Giancarlo Mazzacurati, con una importante (pero también problemática) introducción de Franco Fortini, que destacaba ante todo los méritos políticos de la obra. Éstos consistían en dar a conocer al público adialéctico y empirista anglosajón (concretamente, norteamericano) los frutos maduros de la tradición dialéctica, la única para Jameson capaz de comprender la particular coyuntura histórica en curso, que poco después, gracias a su pensamiento, definiríamos como postmoderna.
Marxism and Form, que contenía una propuesta metodológica destinada sólo en parte a los críticos literarios profesionales, y dirigida ante todo a los intelectuales y teóricos militantes, constituye la formulación teórica completa del «metacomentario»: la idea de que el marxismo, al aspirar a materializar e historizar los demás códigos interpretativos, arrastra a estos últimos al terreno de la Historia, garantizando su validez local pero mostrando al mismo tiempo sus límites y sus impulsos autorreferenciales y antihistóricos. El metacomentario marxista se entendió, en definitiva, como un correctivo dialéctico capaz de situar históricamente los fenómenos culturales y las categorías de comprensión.
Con The Political Unconscious, [Documentos de cultura, documentos de barbarie, Antonio Machado, 1989], publicado en 1981 y traducido al italiano en 1990 por Garzanti, es cuando la teoría literaria y cultural de Jameson alcanza uno de sus más altos logros. Objeto de acaloradas polémicas, el libro -desgraciadamente olvidado en nuestro país- tiene al menos dos grandes méritos: vuelve a proponer, en una época de expansión consecuente del privatismo y de la lógica individualista en Occidente, la idea de una historicidad y una universalidad inatacables de los hechos culturales, restituyendo una dimensión humana y política a los impulsos autonomistas del conocimiento (en pleno proceso de academización) sostiene una crítica de la cultura que insiste en el vínculo omnímodo entre superficie y profundidad, captando en esta última la huella oculta de un horizonte histórico-material comprimido o reprimido, pero de hecho omnipresente por insuperable (según la lección de la Crítica de Sartre, otro texto fundamental para Jameson). Contra las derivas antiteóricas y antiinterpretativas, animadas por el nihilismo del paradigma deconstruccionista, el intelectual norteamericano, que poco después aterrizaría en la Universidad de Duke, se apoyaba en un materialismo rico y complejo, en una fe en la capacidad de la dialéctica para ampliar su marco, para apuntar a una totalidad históricamente plena. Fue de nuevo Fortini, en nuestro país, quien se dio cuenta de su importancia: dedicó algunas reflexiones e incluso varias conferencias universitarias al Inconsciente político.
Fueron, además, los años en los que Jameson trabajó en el libro que le dio a conocer en el debate internacional, Postmodernism. or, the Cultural Logic of Late Capitalism, [El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Barcelona, Paidós, 1991], (publicado en 1991 y traducido con este título por Fazi en 2007), un anticipo del cual había aparecido en 1984 en la New Left Review, publicado unos años más tarde en forma de folleto por Garzanti gracias al trabajo de Stefano Velotti. Fue precisamente este
bocado editorial -que se convertiría en el primer capítulo del libro publicado en el 91- el que penetró en el debate italiano, leído como un posible contrapeso materialista y dialéctico a las tesis del pensiero debole [“pensamiento débil”] de Gianni Vattimo. No podemos olvidar la mediación fundamental de dos críticos en diálogo constante (y no siempre pacificado) con Jameson, Remo Ceserani y Romano Luperini, a quienes debemos las mejores páginas críticas sobre su pensamiento, que alcanzaron una amplia difusión en Italia en los años 90 y primeros años posteriores a 2000.
La tesis del postmodernismo permitía, además, leer en clave materialista fenómenos que nuestro país iba a experimentar precisamente en esa coyuntura particular: el avance de un nuevo sensorium fundado en la superficialidad, la crisis del conocimiento crítico, la americanización a gran escala del consumo cultural, la pérdida de profundidad y la manipulación de la estética política, «síntomas» que Jameson invitaba a interpretar no como meras ocasiones sino como respuestas ideológicas propiciadas por la última gran modificación sistémica del capitalismo multinacional, reafirmando la centralidad analítica del nexo estructura-sobreestructura, aunque releído de acuerdo con una dialéctica capaz de ponerse constantemente en juego y en posición de verificación.
En este sentido, un libro como Late Marxism (1990) [Marxismo tardío, Adorno y la persistencia de la dialéctica, Fondo de Cultura Económica, México,2010], dedicado al pensamiento de Adorno, o un texto como Brecht and Method (1998) [Brecht y el Método, Bordes Manantial, Buenos Aires, 2013], junto a los más recientes comentarios al primer libro de El Capital o a la Fenomenología del espíritu, hasta las otras dos piezas fundamentales del pensamiento de Jameson –Valences of the Dialectic (2009) [Valencias de la dialéctica, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2013] y Allegory and Ideology (2019)- pueden leerse como una glosa sistemática a un pensamiento que, a lo largo del tiempo y a través de una producción ciclópea, sigue una coherencia sistemática. Esta última insiste en la posibilidad de dar lugar a una «poética de las formas sociales» que es también, podríamos decir, una «política de las formas histórico-culturales», para la que vale el lema del comienzo de Political Unconscious: «¡Siempre historizar!», y que ha de entenderse como un imperativo dialéctico de poner las propias credenciales teóricas en relación con algo mucho más amplio y complejo, y de pensar el trabajo cultural como una praxis expuesta a las variaciones de la historia.
il manifesto, 24 de septiembre de 2024
Singularidad
Benjamin Kunkel
El gran crítico marxista Fredric Jameson, fallecido el domingo pasado [22 de septiembre] a los 90 años, contemplaba la muerte con frialdad. En nuestra sociedad, la muerte adquiere su glamour y su patetismo al representar la extinción de un individuo supuestamente único, no sólo solitario sino singular; antaño un ideal, normalmente un «genio» o un «héroe» , y hoy más a menudo, una celebridad. Y Jameson no aceptaría nada de esto. Lo que quiero decir me llevará un momento explicarlo.
En términos generales, este pensador decididamente utópico se adhirió al rechazo de cualquier imagen esculpida de la utopía enunciada por Adorno; y en su análisis de las diversas utopías clásicas y de ciencia ficción, se abstuvo de especular por su cuenta sobre los lineamientos de una sociedad ideal. Pero su reticencia no era absoluta y, en unos pocos textos de su ingente corpus de escritos, Jameson muestra su menosprecio de la mortalidad personal como una característica de la Utopía (mayúscula suya). En Las semillas del tiempo (1994) llama la atención su ensayo, sobre Andrei Platonov y la picaresca utópica del novelista soviético en Chevengur. El pensamiento de la utopía, dice Jameson, «nos obliga a enfrentarnos a la dimensión más aterradora de nuestra humanidad, al menos para el individualismo de los burgueses modernos, y es el ser de nuestra especie, nuestra inserción en la gran cadena de las generaciones, lo que conocemos como la muerte. La utopía es inseparable de ésta en la medida en que su serenidad se fija tranquila e implacablemente lejos de los accidentes de la existencia individual y de la inevitabilidad de su caída. En este sentido, podría incluso decirse que la Utopía resuelve el problema de la defunción más allá de todo estoicismo, al inventar una nueva forma de considerar la muerte individual como un asunto de interés limitado».
Así fue como una especie de colectivismo anticipatorio patrocinó el menosprecio de Jameson a la realidad de la «muerte individual», junto con el temblor burgués e individualista –en su cumbre o nadir, sin duda heideggeriano– que suele acompañar a ese hecho. Por supuesto, este tema o noción no era una preocupación paradójica de Jameson; en la constelación de sus preocupaciones, los pensamientos sobre la mortalidad eran sólo una pequeña y lejana estrella. Existen docenas de otras cuestiones más importantes en la crítica cultural de Jameson, famosa por su capacidad y omnipresencia, cuya mejor introducción es probablemente el reciente debate de Leo Robson sobre la obra de Jameson, una «defensa más sólida de las reivindicaciones del marxismo como supra método, el código maestro cultural»; y dejaremos que otros repasen las contribuciones del difunto polímata a la crítica de la ficción, el cine, la arquitectura, la teoría francesa y muchas otras cosas.
Pero la cuestión de aprender a morir se repetía de vez en cuando en la filosofía de Jameson (como él no la habría llamado). Ahí está de nuevo en Marxismo tardío (1990), su estudio sobre Adorno, donde «los términos últimos de cualquier visión de la historia a la luz de la naturaleza son… los de la incesante corriente de las propias generaciones, la perpetua transformación del río de seres vivientes que nunca se pisa dos veces, la vertiginosa perspectiva de Josefina la cantora de Kafka, y la omnipresencia de lo efímero y de la muerte»; o en su evocación, en Valencias de la dialéctica (2009), del «tiempo objetivo del universo, la gran rueda de los astros, el movimiento circular perfecto, cuya existencia misma tiende a reducir la experiencia temporal individual a mera proyección». El tema central sugiere la capacidad de Jameson para considerar su propia existencia temporal –que comenzó en Cleveland, Ohio, en 1934– como sub specie Ūtopiānus, una burbuja que estalla en el torrente del tiempo.
El resultado de estas incursiones líricas ocasionales era devaluar el propio ser individual y burgués verticalmente, por así decirlo, hacia arriba y hacia abajo en la escalera de las generaciones. Más central en la obra de Jameson fue una especie de devaluación horizontal del propio y preciado ego, a través de la vasta llanura demográfica revelada por la descolonización de posguerra (que comenzó más o menos en la época de la adolescencia y primera adultez de Jameson). Le gustaba citar la observación de Sartre, en el prefacio de la obra de Fanon Los desdichados de la tierra : «No hace mucho, la Tierra contaba con dos mil millones de habitantes: quinientos millones hombres y mil quinientos millones nativos. Los primeros tenían la Palabra; los otros sólo tenían uso de ella». La cita aparece, entre otros textos, en «Periodizing the 6os», un ensayo que deja claro que para Jameson la década tenía que ver fundamentalmente con las guerras coloniales en Indochina y Argelia, que respectivamente libraban su país natal, Estados Unidos, y lo que podría llamarse su patria cultural de adopción, Francia. El estallido de las luchas anticoloniales sustituyó el protagonismo de los desdichados de la tierra por la propia prepotencia metropolitana, una sensación de ser recortado a medida, que Jameson encontró claramente vigorizante: «Hemos descrito los años 60 como el momento en que la ampliación del capitalismo a escala mundial produjo una inmensa liberación o desvinculación de las energías sociales, una prodigiosa liberación de nuevas fuerzas no teorizadas: las fuerzas étnicas de los movimientos negros y de las «minorías» o del Tercer Mundo en todas partes, los regionalismos, el desarrollo de nuevos militantes portadores de la «conciencia del excedente» en los movimientos estudiantiles y de mujeres», etcétera.
Junto con esta disminución del yo individual desde el punto de vista de la utopía y la revolución, Jameson desestimó de forma igualmente característica la subjetividad personal única que se supone tan definitiva de la modernidad estética en general, y de la novela moderna en particular. En Una Modernidad Singular (2002), Jameson propone una máxima directa: «La narrativa de la modernidad no puede organizarse en torno a categorías de subjetividad; la conciencia y la subjetividad son irrepresentables; sólo se pueden narrar situaciones de modernidad». Huelga decir que la conciencia y la subjetividad existen dentro de uno mismo y perecen cuando uno muere. Por el contrario, una situación (en el término típicamente sartreano de Jameson) tiene lugar fuera de uno mismo, en la historia, y continúa tras la salida de uno de la escena.
El ego que está aprendiendo a morir en Jameson es una excrecencia burguesa y modernista, histérica de amor propio ante la confrontación con su mortalidad histórica, entregada, como esta última, a punta de bayoneta anticolonial. Esta frialdad ante la extinción personal es una de las tonalidades más vigorizantes de la obra de Jameson. Pero es aquí donde los que lloramos a Jameson nos encontramos con una suerte de antinomia o contradicción. (Supongo que averiguaremos cuál más adelante). Una cosa es que Jameson se haya considerado aparentemente como una mera ocasión pasajera para la temporal captura teórica de una situación histórica en la que él y miles de millones de otros se encontraban; otra cosa sería que adoptáramos la misma actitud despreocupada ante un pensador tan manifiestamente singular, cuyo semejante dudamos que volvamos a encontrar.
En la red X, antes Twitter, uno de mis amigos más rigurosamente marxistas recurrió, tras enterarse de la muerte de Jameson, al concepto claramente no marxista de «genio» al describir a Jameson como uno de los pocos de este tipo que había conocido. Me parece que la denominación de Genio funciona en la teoría estética, algo así como carisma en la teoría política, como una forma de dar cuenta de lo que no se puede dar cuenta en un individuo. Por la misma razón, la idea es vergonzosa, porque es confusa, individualista, burguesa. El enfoque sartreano para dar cuenta del excepcional alcance y estilo único de Jameson sería situar en él la intersección de la historia poscolonial y posmoderna, por un lado, y la biografía personal, por otro, descubriendo «el punto de inserción», como escribió Sartre, «para el hombre y su clase –es decir, la familia particular– como mediación entre la clase universal y el individuo». Pero este no era el camino de Jameson. Si en otros aspectos era un sartreano decidido desde el principio, nunca siguió a Sartre en el empeño de renovar la crítica literaria biográfica y psicoanalítica como una forma de historiografía marxista. Un punto ciego atípico del método de Jameson es que no puede explicar cómo surgió una singularidad como la de él mismo. Sin embargo, sus numerosos alumnos, formales e informales, no están obligados a observar tal modestia y tacto. Especialmente sin tenerlo cerca para corregirnos, tenemos derecho a retomar, aunque sólo sea por un momento, el viejo y desacreditado vocabulario del genio, la singularidad, la individualidad, lo inigualable. Después de todo, es muy raro el individuo contemporáneo que puede considerar su vida y su muerte desde el punto de vista de la colectividad futura.
historiador, periodista e intelectual marxista indio, esactualmente director del Tricontinental Institute for Social Research y director editorial de LeftWord Books. Su libro más reciente (con Noam Chomsky) es The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan and the Fragility of US Power (New Press, agosto de 2022).
novelista i economista estadounidense
profesor asociado de Crítica literaria y Literatura Comparada en la Universidad de Calabria, es autor de “Il Marxismo culturale. Estetica e politica della letteratura nel tardo Occidente” (2012), “Marx e la critica del presente” (2020) o “Fredric Jameson” (2022).
Editores de la London Review of Books
célebre crítico musical de la revista The New Yorker, es conocido sobre todo como autor de “El ruido eterno: escuchar al siglo XX a través de su música” (Seix Barral, Barcelona, 2009). Estudió en la Universidad de Harvard y ha colaborado con medios como The New York Times, The London Review of Books o The New Republic.
GACETA CRÍTICA, 6 DE OCTUBRE DE 2024
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