
Publicado originalmente en: Peoples Dispatch (Despacho de los Pueblos) – La India –
11 de Septiembre de 2024
El 5 de septiembre, Gisèle Pelicot compareció ante un tribunal de Aviñón para confrontar a más de cincuenta hombres que supuestamente la violaron mientras estaba sedada e inconsciente como resultado de las drogas que su entonces esposo le había impuesto de forma encubierta durante varios años.
La policía francesa logró destapar los atroces crímenes tras revisar los dispositivos electrónicos de su exmarido, Dominique Pelicot, en los que encontraron más de 2.000 fotos y vídeos de las agresiones sexuales que otros hombres infligieron a la víctima. En 2020, la policía le informó de que su marido la había estado drogando durante más de diez años para que otros hombres la violaran mientras él grababa los actos de repudio. A muchos también les ha sorprendido que estos crímenes se produzcan en un país donde, supuestamente, hay menos casos de violencia contra la mujer, pues parece, según algunos expertos, que no es que en los países desarrollados no haya casos de violencia contra la mujer, sino que estos están ocultos (incluso escondidos de la conciencia de las propias víctimas).
Las imágenes de una estoica Gisèle Pelicot, que en la pequeña sala del tribunal tuvo que revivir hechos que no recordaba, han dado la vuelta al mundo. Sin embargo, la víctima se apresuró a decir que su expresión no debe confundirse con su estado de ánimo y salud mental:
[En las grabaciones] Estoy inerte, en mi cama, y me están violando. Son escenas bárbaras. Mi mundo se derrumba, todo se derrumba, todo lo que he construido en cincuenta años. Francamente, para mí, son escenas de terror.
Muchos han visto en la actitud de Gisèle Pelicot de no esconderse de sus agresores y del público un enorme acto de valentía, más aún si tenemos en cuenta el enorme estigma social que puede sufrir una mujer que ha sido violada: se proyecta perversamente sobre ella la imagen de un ser que ha perdido su valor y su dignidad… más aún si la persona ha sufrido ese crimen por parte de más de cincuenta hombres.
Pese a ello, Gisèle Pelicot ha decidido valientemente no exiliarse del mundo ni disolverse en la memoria colectiva como un objeto maltratado; al contrario, quiere declarar públicamente algo que no todo el mundo puede hacer: “No soy de las que se esconden ni se humillan”. Esto queda más que claro cuando podría haber evitado un juicio público, pero decidió hacerlo lo más público posible para que, según sus abogados, la vergüenza no recaiga del lado de la víctima, sino del acusado.
Este acto de no esconderse va más allá de un puro acto de valentía individual, ya que implica una dolorosa búsqueda de reconstitución personal. Es cierto que enfrentarse públicamente a sus violadores anima a muchas otras mujeres que pueden estar sufriendo abusos a estar alerta, así como a luchar contra las relaciones de poder que pueden ejercerse contra ciertas personas que sufren abusos sin ser conscientes de ellos; es decir, exige un cuestionamiento de las relaciones aparentemente normales (algo que muchos filósofos han llamado “crítica”). Pero, además, la acción de Gisèle Pelicot pretende destapar, no sólo a los violadores sino también un recuerdo que su ex marido le había arrebatado sin su consentimiento.
De alguna manera (perversamente), esta es la única manera de recuperar un recuerdo oculto que él le había arrebatado y que, de esta manera, la había dividido. Lo cierto es que nadie debería tener que pasar por esta pesadilla para recuperar una conciencia rota que había sido manipulada —en este caso, mediante la administración no consentida de drogas— y dividida en dos: por un lado, su vida consciente (revestida de aparente normalidad) y, por otro lado, su vida inconsciente (ocultada a la fuerza por su exmarido).
Y ahí radica una de las cuestiones que más asustan a los millones de personas que conocieron el caso: el miedo que surge ante la posibilidad de no conocer la propia memoria impuesta por alguien más. Se trata de una auténtica pesadilla para el imaginario social porque se ubica precisamente en un azar, en un horizonte desgarrador (de conciencia), en una distopía individualizada, que no puede confirmarse ni descartarse de inmediato por su indeterminación, que pone de relieve la fragilidad de nuestra seguridad ante aquellos otros que nos son más cercanos.
Por eso el caso ha despertado tanta indignación, porque se configura como un nefasto caso de abuso sexual, al mismo tiempo que constituye una posibilidad de la que ni siquiera nuestra conciencia puede alertarnos pues implica la ausencia de la misma conciencia en la violación. Y ya no se trata de una “memoria reprimida”, como se entiende en términos psicológicos, en la que el recuerdo realiza el olvido como mecanismo de defensa; sino que se trata de una memoria “arrebatada” por alguien más (el ex marido) y recuperada gracias a la acción de otro (la policía).
Y la recuperación no restaura algo limpio, límpido y saludable, sino que restaura una memoria rota que debe ser restaurada colectivamente o, como lo expresó la propia Gisèle Pelicot:
dentro [soy] un campo de ruinas; tendremos que reconstruir.
GACETA CRÍTICA, 11 DE SEPTIEMBRE DE 2024
Deja un comentario