
La irrupción de Kamala Harris en la campaña presidencial estadounidense no garantiza el fracaso de su rival republicano. Las críticas que se le hacían han perdido su anterior impacto. Trump cuenta con un electorado que lo ve como el paladín de un pueblo al que una élite progresista desprecia. Y con un partido unido que le aclama con independencia de lo que diga o haga.
por Serge Halimi (Consejero editorial del director de la publicación. Director de Le Monde diplomatique entre 2008 y 2023). Septiembre de 2024 (LE MONDE DIPLOMATIQUE, SEPTIEMBRE DE 2024)
El expresidente estadounidense Donald Trump detesta los golpes de efecto que no son obra suya. Sobre todo, si le hacen perder dinero: “Nos hemos gastado cien millones de dólares para luchar contra Joe el corrupto. Y, de golpe, deciden retirarlo y poner a otro en su lugar”.
No ha sido la única sorpresa del verano. En menos de un mes, entre el 7 de junio y el 21 de julio, un debate televisivo entre los dos principales candidatos “reveló” la extrema fatiga del presidente Joseph Biden, Trump se libró de un intento de asesinato y los caciques del Partido Demócrata obligaron a su candidato oficial —ganador de todas las primarias— a que retirara su candidatura en beneficio de su vicepresidenta, pese a que los sondeos mostraban por entonces que era más impopular que él. Pero también eso iba a cambiar en unas cuantas horas. Kamala Harris, calificada de oportunista e insincera, se volvió brillante y risueña. Los demócratas recordaron entonces que el himno de su partido, heredado del New Deal, es “Happy days are here again” (‘Los días felices han vuelto’).
Y eso que, del 15 al 18 de julio, fueron sus adversarios los que se sintieron en el paraíso durante la convención republicana en Milwaukee, estado de Wisconsin. El diario The New York Times, publicación convertida al activismo en pro del Partido Demócrata, analizaba por entonces la situación con pesar: “Trump tiene a los republicanos unidos tras él, Biden está rodeado de tiburones”. En efecto: el expresidente, no contento con haber machacado a su sucesor en un debate solicitado, sin embargo, por este último, logró que se olvidaran sus condenas judiciales al sobrevivir a un atentado el 13 de julio. Ensangrentado, volvió a incorporarse con el puño levantado sobre el fondo de una bandera estadounidense recortada contra el cielo azul y gritando “fight, fight, fight”. De por sí poco inclinado a la modestia y extremadamente atento al impacto de las imágenes, el nuevo combatiente supremo de la derecha estadounidense daba por sentado que los militantes de su partido se pasarían la convención republicana postrados ante él. Y así fue.
Ocho años antes, Trump había insultado a la mujer de Ted Cruz, su competidor republicano de entonces, tachándola de fea y de vendida al banco Goldman Sachs. Para arreglar las cosas, también afirmó que el padre del senador de Texas había estado involucrado en el asesinato de John F. Kennedy. Cruz informó a los delegados sobre el perdón definitivo de tamañas ofensas articulando las primeras palabras de su discurso en Milwaukee con una solemnidad teatral: “¡Dios bendiga a Donald J. Trump!”. Por regla general, el candidato victorioso no asiste a las primeras jornadas de la convención para añadir dramatismo a su entrada poco antes de aceptar su investidura. Ajeno a toda regla, no fue ese el caso de Trump: estuvo presente todas las noches, luciendo una oreja vendada, para degustar los elogios que se le servían. Incluidos los de, al menos, cinco miembros de su familia. El atentado del que acababa de librarse había puesto la guinda a su personaje de perseguido: por los demócratas, por los medios de comunicación, por el fisco, por la justicia y, ahora, por ese extraño tirador del que tan mal le habían protegido.
El relato normativo se desprende de lo anterior: pese a que Trump podría disfrutar de su fortuna y dedicarse a su familia, eligió —aun a riesgo del sacrificio último— velar por el destino de sus conciudadanos. Y, amparado por Dios, seguía luchando por su “Make America Great Again” (MAGA, sus siglas fetiche). La directora de su victoriosa campaña electoral de 2016, Kellyanne Conway, hace hincapié en la abnegación de su antiguo jefe: “Es un multimillonario que podría jugar al golf cada día en un complejo de su propiedad. No necesitaba ser presidente, pero nosotros sí lo necesitamos a él”. Eric Trump toma la voz para resumir el sacerdocio de su padre: “Decidió renunciar a la comodidad de un imperio financiero. Sabía que el precio a pagar sería enorme”.
Al elegir al senador de Ohio James David (“J. D.”) Vance como compañero de fórmula, ¿ha designado Trump a su heredero con el fin de que la metamorfosis que ha impuesto al Partido Republicano le sobreviva? Eso es lo que se teme el Wall Street Journal: “Al igual que Trump, Vance es favorable a fronteras más herméticas, a una política exterior más aislacionista y a la intervención del Estado en la economía. Ha recuperado el mensaje de Trump contra la clase dominante y, en su discurso de Milwaukee, la ha emprendido con Wall Street”. El propio Trump se ha vanagloriado sin tapujos de haber desembarazado su partido de “chalados, neoconservadores, globalistas, fanáticos de la apertura de fronteras e imbéciles”.
¿Los ha purgado o se han convertido? Cuando, a unos pasos de la tribuna, le preguntamos a Jovante Teague, delegado de Florida, este admite sin titubeos: “A mí me gustaban mucho los Bush, George W. y su hermano Jeb [exgobernador del estado a quien Trump aplastó en las primarias de 2016]. ‘W.’ fue uno de nuestros mejores presidentes. Pero la de Irak fue una mala guerra, Bush hizo lo que pudo con las cartas que le tocaron en suerte”. Teague es ahora un incondicional de la política de “America first” (‘Estados Unidos primero’) que con tanto ardor defienden Trump y Vance: “En Ucrania hemos hecho lo que hemos podido. Hemos dado mucho y no hemos conseguido gran cosa”.
Días más tarde, en Alabama, Perry Hooper nos describe su propia epifanía política. Tan inagotable como entusiasta, ha participado en siete convenciones republicanas. La primera, con 24 años, fue en 1984. Su héroe de entonces se llamaba Ronald Reagan. Después apoyó a los Bush —padre e hijo—, John McCain y Mitt Romney. Todos ellos se negaron más adelante a apoyar a Donald Trump, tanto contra Hillary Clinton como contra Biden. Hooper evita criticarlos, pero predice un tsunami electoral favorable a su nuevo campeón, con quien se ha encontrado varias veces desde su conversión política. Una conversión que data de 2016, cuando uno de sus conocidos de profesión le recomendó leer The Art of a Deal (El arte de la negociación), el superventas del por entonces promotor neoyorquino. Años después, Hooper patrocinó una resolución del Parlamento de Alabama proclamando que “Donald J. Trump ha sido el mejor presidente de la historia de Estados Unidos”. ¿Cómo justificar tal cosa cuando tantos historiadores consideran que ha sido el peor? Hooper enumera: “La inmigración, la economía, el muro, la reducción de las regulaciones, los tratados de paz, los Acuerdos de Abraham sobre Oriente Próximo, los tres jueces nombrados para el Tribunal Supremo… —Y, emocionado, añade—: Para él nada es más importante que el trabajador estadounidense. No es un republicano de la clase dominante. Es un populista conservador. Es multimillonario, pero cuando iba a su despacho a las cinco y media de la mañana, la primera persona a la que veía era al barrendero o alguien que trabajaba en los sótanos de un edificio que acababa de construir. Y se sentaba con él para charlar durante más de media hora”. En la actualidad, Perry Hooper, abogado y lobista, se dedica a recaudar fondos para la campaña de “Donald J. Trump”.
Hay algo de lo que los republicanos están seguros: los estadounidenses no odian a los ricos cuando estos les hablan con sencillez y sin darles lecciones (1). De ahí que siempre preferirán a un promotor inmobiliario jactancioso que a un profesor universitario con afición a dar sermones. Esta apuesta antiintelectual basada en el apego que los demócratas sienten por los expertos y la “economía del conocimiento” ilustra hoy las estadísticas electorales: en 1980, 76 de los 100 condados con la mayor proporción de titulados superiores votaron a Reagan. En 2020, 84 de esos 100 condados optaron por Biden (2).
Dado que en la población no deja de aumentar el porcentaje de titulados, así como el de extranjeros, los estrategas republicanos recomendaron que su partido cortejara de preferencia a las clases medias instruidas, en especial a las mujeres, y que moderara sus diatribas contra la inmigración. Semejante orientación contradecía todas las preferencias de Trump, que, por consiguiente, resolvió hacer lo contrario, a saber: movilizar al proletariado blanco (sobre todo, el masculino) asqueado de la política a la vez que reprobaba la “carnicería estadounidense” (provocada por la desindustrialización y el libre comercio), la inmigración (que Trump vincula con la criminalidad y el narcotráfico, pero también con una presión de los sueldos a la baja) y las “guerras sin fin” (demandadas por los periodistas y los think tanks neoconservadores, pero también por unos progresistas ansiosos de jugar a desfacedores de entuertos en el extranjero, aprovechando que son los proletarios los que reciben los balazos). También los expertos y los intelectuales están en su punto de mira, tanto por juzgarlos responsables de decisiones calamitosas (globalización, inmigración, guerras) como por el pozo sin fondo de desprecio que derraman sobre los “deplorables” y los infelices que se oponen a su hegemonía. Una hegemonía que también requiere hacer saltar por los aires los “valores tradicionales” en nombre de la “corrección política” que feministas, periodistas y artistas han decidido infligir a la sociedad al completo, niños incluidos. Tal es la chinesca imagen del Partido Demócrata según lo ven y lo combaten los republicanos.
El problema de esa pintura de unos Estados Unidos decadentes y transformados, como dice Trump, en una “república bananera” salvo cuando es él quien está al timón, es que la gente se la sabe de memoria, y es inevitable que en estos ocho años haya perdido algo de su frescura. Con todo, su autor se aferra a este relato apocalíptico, que desgrana mitin tras mitin en peroratas interminables cuya única línea directriz parece ser la celebración de su genio o sus logros como presidente. “¿Que su discurso en la convención ha sido demasiado largo? [92 minutos, un récord histórico] Estoy de acuerdo con usted, pero… Donald Trump es Donald Trump. Y no pienso criticar nada de lo que haga”, zanja Perry Hooper.
Desde que su campaña se puso a patinar, al candidato republicano le han sugerido que sea más positivo, que haga propuestas, que deje de afirmar que Kamala Harris es una “estúpida”, una “loca” o que su forma de reír deja entrever sus “grandes problemas”. A Ann Bennett, una avezada militante republicana, también le preocupa el comportamiento de su candidato: “Tengo miedo de que Donald Trump lo estropee todo. Debería expresarse correctamente, no insultar a Kamala”. Causa perdida donde las haya. El expresidente ya ha dado su respuesta: “Yo soy como soy”.
De hecho, los que tratan de encontrar a su mentor o su Pigmalión pierden el tiempo. Los medios de comunicación demócratas, así como la prensa europea que en ellos se inspira, dedicaron recientemente una avalancha de artículos a un programa de 900 páginas, el Proyecto 2025, un documento cuya elaboración estuvo a cargo de Heritage Foundation, un laboratorio de ideas ultraconservador. Trump, que obviamente no lo había leído ni hojeado, desautorizó de inmediato a sus creadores e hizo saber que no tendrían ningún papel en su potencial Administración. “Trump no se interesa por los detalles de tal o cual política —aclara Ann Bennett—. Dice generalidades en los mítines, ve cómo reacciona el público y lo que la tele comenta. En cuanto a sus temas de campaña, no proceden de encuestas, ya que no las tiene en cuenta a menos que conciernan a su popularidad y sus probabilidades”.
Un ejemplo parece confirmar lo anterior. En junio de 2023, durante un mitin en Carolina del Norte, Trump anunció, entre mil cosas más, que prohibiría a los “hombres su participación en competiciones deportivas femeninas”, un asunto abordado por uno de sus competidores. Y luego, casi inmediatamente, informó a la muchedumbre de lo que le decía su experiencia: “Cuando hablo de rebajar impuestos, la gente casi no aplaude. Cuando hablo de los transgénero, todos se vuelven locos. ¿Quién lo hubiera dicho? Hace cinco años, ni siquiera sabíais qué diablos era eso”. El tema se ha vuelto hoy una de las fijaciones del candidato republicano. Cátese aquí cómo dirigir una guerra cultural guiándose por el aplaudímetro.
A diferencia de la candidata demócrata, el ticket republicano —totalmente masculino— parece haber prescindido de la mitad del electorado. Policías, sacerdotes y estrellas de la lucha libre también tuvieron su minuto de gloria en la convención de Milwaukee. La tercera noche, Trump hizo su entrada a los sones de “Its a man’s, man’s, man’s world”, un título bien elegido para la ocasión (por más que la letra de la canción de James Brown nada tenga que ver con un elogio de la masculinidad). Pero, para caldear la sala antes de su discurso, el candidato republicano recurrió ante todo a Hulk Hogan, un celebérrimo luchador de pressing catch coronado con varios títulos de campeón del mundo y también conocido por su participación en Rocky III. La intervención de Hogan —punto culminante de la convención— resumió el propósito de la misma mejor que ninguna otra: “Cuando llegué aquí esta noche, había tanta energía en esta sala que pensé que estaba en el Madison Square Garden, en el momento de hacerme con otro título mundial. Aquí, con nuestro líder, mi héroe, este gladiador, vamos a unir Estados Unidos –es entonces cuando se desgarra por la mitad con ambas manos la camiseta que llevaba puesta, con los colores de la bandera estadounidense, para mostrar debajo otra con los nombres de Trump y Vance. La sala ruge de felicidad–. Estoy aquí esta noche para que el mundo sepa que Donald Trump es un verdadero héroe estadounidense. La última vez que estuve sobre un escenario, sangraba como un cerdo y acababa de ganar el título mundial delante de Donald Trump. Con su regreso a la Casa Blanca, Estados Unidos volverá a ganar. He conocido a tipos duros, pero dejadme deciros, hermanos, que Donald Trump es el más duro de todos. Investigaciones, impeachment, juicios… Le han hecho de todo y ahí sigue, en pie y pateándoles el trasero”.
La elección de J. D. Vance como candidato a la vicepresidencia no corre precisamente el riesgo de redondear las aristas de ese machismo desacomplejado que se adhiere a la piel del Partido Republicano y de su candidato presidencial. Porque, si bien Trump es incontrolable y habla sin reflexionar, las afirmaciones que se le reprochan a su compañero de fórmula reflejan una corriente intelectual estructurada, pujante, que se está radicalizando. En 2021, animado por Tucker Carlson —un entrevistador extraordinariamente popular en los ambientes conservadores y libertarios—, Vance achacó parte de los problemas de Estados Unidos a “un grupo de mujeres sin hijos que viven con sus gatos. Su existencia las hace sentir desdichadas y les gustaría que su país también lo fuera. Miren a Kamala Harris, Pete Buttigieg o Alexandria Ocasio-Cortez: el futuro del Partido Demócrata depende de personas que no tienen hijos. […] Odian a los estadounidenses normales que han elegido crear una familia”.
Autor de un libro de éxito en el que relata su infancia proletaria en los Apalaches, convertido al catolicismo y opuesto al aborto, Vance encarna unos Estados Unidos a los que inquietan las transformaciones que ha experimentado el concepto de familia —Buttigieg, actual secretario de Transporte, y su marido adoptaron dos gemelos días después de aquella entrevista—, el descenso de la natalidad y de la tasa de fertilidad o el aumento del número de mujeres en un mercado laboral donde los empleos fabriles y de la construcción (masculinos) están desapareciendo. Las parejas ya no tienen tantos hijos, y estos carecen de hermanos, hermanas o primos para romper su aislamiento. Como queriendo apuntar que el problema demográfico no atañe a los hispanos o los afroamericanos, Carlson resume: “Hay un odio a los blancos. Y se odian a sí mismos. Ya no se reproducen. Están despareciendo”.
Los republicanos, no obstante, se han dado cuenta de que, en ese registro del declive de la familia tradicional, la lucha contra el aborto ya no es un caballo de batalla para ellos después de que una impopular decisión del Tribunal Supremo permitiera a 17 estados que lo prohibiesen casi por completo o —lo que viene a ser lo mismo— lo autorizaran tan solo antes de la sexta semana de embarazo. El otro elemento habitual en la panoplia de las guerras culturales, el matrimonio gay, es ampliamente aceptado. De ahí que la derecha estadounidense haga campaña contra los transexuales: escuelas en las que se supone que se incentiva la transexualidad, estados en los que no se informa a los padres, deportes en los que se permite que hombres biológicos compitan en modalidades femeninas… A su modo de ver, signos todos ellos de una decadencia a la que solo una reelección de Trump tal vez pueda poner coto.
Lo normal sería que sorprendiera la identidad del virtuoso salvador, pero, como el pasado julio recordó en un sermón dominical el pastor de la iglesia evangélica de Opelika (Alabama), “vais por donde Jesús os dice que vayáis, aunque no entendáis a dónde os dirigís”. Algo más adelante, uno de los teólogos presentes añadió a modo de precisión que “Dios se vale de falsos profetas para hacer el bien”. ¿Se refería a Donald Trump? Eso quedaba al buen criterio de cada cual, ya que, aquel día, la única referencia a la actualidad concernía a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París del viernes anterior: una “debacle visual” y una “blasfemia”, según el pastor.
Trump regresó a Carolina del Norte el pasado 14 de agosto, pero no para hablar de los transgénero, sino para detallar su programa económico. Todos tuvieron enseguida ocasión de comprender que la elección de ese discurso temático no era suya: “Vamos a hablar de una cosa llamada economía. Quieren que haga un discurso sobre economía, algo que sea un poco intelectual, así que hoy todos somos intelectuales”. No por mucho tiempo. Tras alejarse de su texto preparado —leído como si fuera una redacción escolar—, volvió sobre sus temas preferidos: la inmigración, por supuesto, pero también los “tipos duros” en Rusia, en China y en Irán que lo respetaban cuando era presidente y protegía al mundo de las guerras que han estallado desde que ya no lo es. Otro discurso largo, confuso, y otra operación de comunicación perdida: “Trump es un presidente formidable y un pésimo candidato”, resume Ann Bennett.
La economía ya no es un tema que le inspire desde que el presidente Biden hiciera suyas las ideas de su predecesor y aunara una estrategia comercial proteccionista con una política industrial de grandes obras públicas. Porque ahí Biden actuó: plan de estímulo de 1,9 billones de dólares, más un billón suplementario de inversión en infraestructuras. Es más, por una vez, las clases populares se han beneficiado de una política pública que ha concedido prioridad a la producción estadounidense y los sueldos de sus trabajadores. Biden llegó incluso a declarar: “No nos hace falta que todos tengan un título universitario. Si quieres tener uno, estupendo: te ayudaremos a conseguirlo. Pero ya no te hace falta para encontrar un trabajo bien remunerado”. A falta de poder seguir arremetiendo contra el desempleo masivo, los tratados de libre comercio o las deslocalizaciones, Trump hace hoy hincapié en el tema de una inflación en fuerte aumento. Habla sin descanso del precio del combustible, del bacon (que dice no poder permitirse ya…) y los seguros. Apenas menciona ya la cuestión de la deuda, no habla de retrasar la edad de jubilación y promete proteger los programas de ayuda social (salvo los destinados a los extranjeros, claro está), lo que lo aleja de la ortodoxia republicana.
No obstante, es la política exterior la rúbrica en que la OPA de Trump sobre el Partido Republicano ha sido más espectacular (3). En este aspecto, la ruptura con el neoconservadurismo saltó a la vista durante la convención de Milwaukee. Si en 2002 el presidente Bush denunciaba un “eje del mal” que incluía a tres Estados –Corea del Norte entre ellos– acusados de “amenazar la paz en el mundo al tratar de hacerse con armas de destrucción masiva”, Trump no duda en declarar ahora lo siguiente: “Me entendí muy bien con Kim Jong-un y paramos los lanzamientos de misiles desde Corea del Norte. Ahora parece que ha vuelto a venirse arriba. Pero, cuando regrese [a la Casa Blanca], me entenderé con él. A él también le gustaría que estuviese de vuelta. La verdad, creo que me echa de menos”. Un presidente de Estados Unidos cuyo regreso al poder es esperado con impaciencia por el dirigente del Partido Comunista norcoreano: en el pasado, semejante idea habría causado escalofríos entre la militancia republicana. Pero ahora, de eso nada: algunos delegados hasta exhiben su hilaridad.
Sue Ann Balch, miembro de la Asociación de Mujeres Republicanas, llega incluso a basar su esperanza en una distensión internacional en dos características personales —no necesariamente dignas de admiración— del expresidente: “Trump es narcisista. Solo le interesa él mismo. Si es bueno para Trump, es bueno para Estados Unidos. Ahora bien, las guerras no son buenas para el negocio inmobiliario, los hoteles, casinos y restaurantes. Además, en la mayor parte del planeta, el poder está detentado por gobernantes que siguen mostrándose muy masculinos y respetan a un macho alfa. También Putin. Nunca habría invadido Ucrania de haber permanecido Trump en el poder”. Hace ocho años, los demócratas temían que una victoria republicana amenazara la paz mundial. Pero Trump no desencadenó guerra alguna mientras ocupó la Casa Blanca. Cosa, por cierto, nada común.
Eso no impide que los mensajeros del miedo sigan estando en boga. Entre un ciclo electoral y el siguiente, se constata la importancia creciente de las redes sociales, de los pequeños vídeos de propaganda que partidarios de ambos bandos le envían a uno en cuanto discute alguna de sus afirmaciones. Y es que el adversario siempre es el enemigo interior. Los demócratas son “más peligrosos que los rusos y los chinos”, afirmó Trump el pasado 12 de agosto en una entrevista con Elon Musk llena de complicidad. En mayo de 2023, Ted Cruz preguntaba a Sean Hannity —un periodista de Fox News por el que siente devoción—: “Imagina que tienes el objetivo de destruir Estados Unidos. ¿Qué habrías hecho distinto de lo que Joe Biden lleva dos años haciendo?”. Respuesta del entrevistador: “Nada. […] Y lo que me preocupa es que China lo ve, como lo ven Rusia e Irán”.
Como explica la socióloga Arlie Hochschild, los republicanos presentan todo lo que se ha “perdido” como algo que se les ha “robado”: las elecciones, la grandeza estadounidense, la virilidad de antaño (4). Según ellos, al perseguir a un Trump capaz de enderezar las cosas, los demócratas se están empeñando en robárselo a su pueblo. Pero, lejos de debilitarlo, sus 91 acusaciones le garantizaron su victoria en las primarias. “Ha luchado tanto por nosotros que están intentando meterlo en la cárcel, literalmente”, exclamó por entonces uno de sus más fogosos asesores. Al ser preguntada sobre las posibilidades de su candidato, Sue Ann Balch duda, de hecho, que se le vaya a permitir ganar: “No creo que lo consiga. Habrá otra pandemia y la aprovecharán para encerrarnos y obligarnos a votar por correo, y con los problemas informáticos que hemos tenido y esa gente que controla nuestras máquinas…”. Los republicanos adoran a su candidato, pero aún mayor es el odio que sienten por sus adversarios.
El sentimiento es mutuo, por lo demás. Hasta el punto de que a uno casi le entran ganas de sonreír cuando Hillary Clinton exhorta a sus amigos demócratas a no subestimar el peligro de Trump. Cosa de la que ella se guardará muy mucho. Por ejemplo, a Clinton “no le sorprendería” que el periodista Tucker Carlson, “quintacolumnista de Vladímir Putin”, recibiera dinero de los rusos. Por su parte, la expresidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, afirmó el pasado enero que los manifestantes que pedían un alto el fuego en Gaza estaban “directamente vinculados con Rusia” y que también ellos servían de portavoces del “mensaje de Putin”. Eso, antes de exigir que el FBI investigara sus cuentas. Moscú sigue haciendo que los demócratas pierdan el norte. Cuando, en Nueva York, mostramos a un simpatizante demócrata propaganda republicana con el lema “Trump = fuerza; Biden = debilidad”, este replicó sin dudar: “Trump = Putin; Biden = democracia”.
El caso es que, por lo visto, la democracia corre peligro, ya que, según Hillary Clinton y su cámara de resonancia mediática, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca significaría el fin de las elecciones libres en Estados Unidos. Lo del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 fue solo un anticipo, y todo medio es bueno para impedir que se convierta en un fiasco inaugural, un ensayo general de lo que habrá de venir, como el fallido golpe de Estado de Hitler en una cervecería de Múnich, allá por 1923. Nada garantiza que este tipo de analogía histórica —omnipresente en los ambientes cultivados— vaya a convencer a un electorado flotante más preocupado por su poder adquisitivo, mermado por tres años de inflación. Puede que recuerden que Donald Trump ya fue presidente sin que Estados Unidos y sus contrapoderes locales y judiciales se vieran aniquilados. Lo que sí hacen las comparaciones del tipo Trump igual a Hitler es profundizar un poco más entre los republicanos el sentimiento de estar siendo perseguidos. Annie Eckrich, delegada de Indiana que trabaja en una agencia inmobiliaria, nos refirió, muy sorprendida, las palabras de uno de sus clientes: “Si hubiera sabido que apoya a Trump, no habría recurrido a usted para comprar mi casa”.
Ya se ha perdido la cuenta de las afirmaciones incendiarias del expresidente que alimentan este clima y sobre las cuales se abalanzan sus adversarios, más que felices de subrayar lo virtuoso de su condición exagerando su miedo. Los inmigrantes que “envenenan la sangre de nuestro país”, los “comunistas, marxistas, fascistas y los maleantes de la izquierda radical que viven como parásitos”. De todos modos, dado que los demócratas afirman que fabula sin descanso y que es “un mentiroso patológico” —lo cual no deja de ser verdad—, ¿Cómo es que se tragan cuanto dice cada vez que despotrica de algo?
La agotadora presencia de Trump en la vida política enmascara hasta tal punto ciertas transformaciones de la sociedad estadounidense —como la erosión de las libertades públicas y el golpe que supuso la pandemia de la covid-19, por ejemplo— que estas apenas hallan espacio en el debate presidencial. Así, la censura y la vigilancia policial se han banalizado con el pretexto de combatir la desinformación y el terrorismo interno. La pandemia dejó patente la desigualdad del acceso a la educación, a internet o al sistema de sanidad pública, a la vez que aumentó el descrédito de expertos, medios de comunicación y gobernantes.
“Los demócratas han destruido nuestra confianza en nuestro Estado”. En principio, esta afirmación de Ann Bennett no tiene nada de sorprendente, viniendo como viene de una republicana. De no ser porque no solo se refiere —como en tiempos de Reagan— a los impuestos, las regulaciones o los subsidios sociales, sino también a la justicia, la Policía y la colusión entre los servicios de inteligencia y los oligopolios de la información. Cuando la maquinaria represiva del Estado perseguía a los subversivos de izquierda y encerraba sin juicio a “combatientes enemigos” en Guantánamo, los republicanos no le escatimaban su aprecio. Pero eso se acabó desde que la censura y la represión se dirigen contra los partidarios de Trump. Kevin Bennett, el marido de Ann, no oculta su enfado con un sistema judicial que ha perseguido al expresidente pero que, según él, no ha instruido los casos de fraude electoral. También le preocupa la brutalidad de la Policía federal (el FBI): “Yo desmantelaría el FBI —nos confiesa—. Desde John Edgar Hoover, tiene demasiado poder. Y la gente cada vez se cree menos lo que lo que nos ha contado sobre los asesinatos de John F. Kennedy, Bobby Kennedy o Martin Luther King. En el fondo, el ADN del FBI es problemático desde el principio”.
Nos habló entonces del caso de Bryan Malinowski, a quien unos agentes federales mataron el pasado marzo. Aparecieron una mañana en su casa echando abajo la puerta de la calle y lo mataron de un balazo en la cabeza al despertarse, en cuanto sacó un arma de fuego. Le comentamos al señor Bennett que el FBI liquidó a muchos panteras negras valiéndose del mismo método. No nos quitó la razón. Hoy le preocupa la “militarización de la policía”, así como el hecho de que regularmente se prorroguen las leyes antiterroristas aprobadas tras el 11 de septiembre (la Patriot Act) a iniciativa de un presidente republicano. Incluso admite que, embriagado por el poder, Trump “podría convertirse en un tirano”, aunque apuesta que no será así, que el intento de asesinato le ha vuelto más sensato. De momento, no da muestras de tal cosa…
En opinión del expresidente, la covid-19 destruyó la brillante economía que había levantado y favoreció la generalización de un voto por correspondencia generador de los fraudes que acabaron por desalojarlo de la Casa Blanca. La mayoría de los republicanos arroja una mirada menos paranoica sobre un mal trago que provocó 1.200.000 muertes, un récord mundial con una de las tasas de mortalidad más elevadas del planeta. Muchos conservan el recuerdo de una sociedad en descomposición en la que cada cual se las apañaba como podía. Tracie West dirige el Consejo de Educación de uno de los distritos escolares más pobres de Alabama, un estado que ya de por sí se halla en las posiciones más bajas del país en materia de ingresos de las familias. Su cargo es electo, y es republicana. Su distrito agrupa catorce condados —en su gran mayoría rurales— y 100.000 alumnos. Nos explica que, cuando se declaró la pandemia, “nos fue imposible limitarnos a pedirle a todo el mundo que se quedara en casa. Cuando eres pobre, esa no es una opción. Muchos niños que dependían de nuestras comidas gratuitas habrían pasado hambre. Con la ayuda de parroquias, asociaciones y bancos de alimentos encontramos el modo de que los padres a quienes ya no prestaban servicio los autobuses escolares pudieran coger el coche para ir a recoger unos cuantos litros de leche, una hogaza de pan y huevos para sus vecinos”.
Habida cuenta de lo deficitario del servicio de internet en muchos de esos condados, el mismo tipo de apaño se aplicó a la instrucción mientras permanecieron cerradas las escuelas: “Compramos e instalamos puntos de wifi en los autobuses para que los alumnos pudiesen descargarse el contenido de sus cursos. Los coches aparcaban justo al lado, o bien el autobús se acercaba al domicilio en cuestión”. Luego, los alumnos ya podían trabajar sin conexión. Más o menos. Con una tableta cuando no tenían ordenador. Solo una por familia.
Ni Trump ni Harris creen que los relatos de este género atañan a los asuntos que los enfrentan. Ambos se preocupan más de los pronósticos formulados por los sondeos, por más que estos nunca se hayan equivocado tanto en los últimos cuarenta años.
Pero no es este el único motivo que tienen para temer el recuento de votos. Porque, ¿acaso alguien cree que Trump aceptará una victoria demócrata? “Esa gente quiere hacer trampa; eso es lo que hacen: trampa; y, francamente, es lo único que hacen bien”, afirma con regularidad. De darse el caso, no desaparecerá tan rápidamente como el hombre que lo sucedió en la Casa Blanca.
(1) Véase “El pueblo contra los intelectuales”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2006.
(2) Aaron Zitner y Dante Chinni, “How the 2020 election deepened America’s white-collar/blue-collar split”, The Wall Street Journal, Nueva York, 24 novembre 2020.
(3) Véase “Ucrania se cuela en las elecciones estadounidenses”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2023.
(4) Véase Arlie Russell Hochschild, “Anatomía de una cólera derechista”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2018.
GACETA CRÍTICA, 1 DE SEPTIEMBRE DE 2024
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