Devastación en la Franja de Gaza, escalada entre Israel y Hezbolá en el sur del Líbano y riesgo de conflicto abierto entre Tel Aviv y Teherán: casi un año después de los ataques del 7 de octubre, el Máshrek está al borde de una conflagración, que Estados Unidos intenta detener. Eso sí, sin presionar a Israel para que las negociaciones con Hamás desemboquen en un alto el fuego duradero.
por Alain Gresh, septiembre de 2024 (LE MONDE DIPLOMATIQUE, SEPTIEMBRE DE 2024)
Nasser Almulhim. — Transparency, 2023
El mundo lleva varias semanas pendiente de las negociaciones para detener la guerra en Gaza, con sus anuncios optimistas —“Nunca hemos estado tan cerca de un acuerdo”— y sus conclusiones decepcionantes —“Volveremos a vernos la semana que viene”—. Al abrigo de unas conversaciones que tienen expectantes a los observadores, la destrucción del enclave se intensifica, así como las acciones violentas de los colonos en Cisjordania. No obstante, a finales de julio creció un sentimiento de urgencia en Washington ante la amenaza de una guerra regional: el asesinato de Fuad Shukr —un importante jefe militar de Hezbolá— perpetrado por Israel en Beirut, y el de Ismail Haniya —líder político de Hamás— en Teherán han supuesto una violación de todas las “líneas rojas”. Las promesas de represalias manifestadas tanto por Irán como por el secretario general de Hezbolá, Hasán Nasralá, han llevado al presidente estadounidense Joseph Biden —a quien le preocupa verse arrastrado a una aventura incontrolable en pleno año electoral— a tratar de salir del atolladero protegiendo, a un tiempo, los intereses de Tel Aviv.
Tal es el propósito de su plan en tres etapas. La primera incluye un alto el fuego de seis semanas, la retirada de Israel de todas las zonas pobladas de Gaza, la liberación de determinado número de rehenes y la devolución de los restos de los que murieron durante los combates a cambio de varios centenares de presos palestinos; el plan prevé que los civiles palestinos puedan regresar a sus hogares, incluidos los del norte del enclave, y un sensible aumento de la ayuda humanitaria. Se contempla que, durante este periodo, Israel y Hamás negocien los acuerdos necesarios para llegar al fin definitivo de los combates. La segunda etapa comprende la liberación de todos los rehenes, incluyendo los soldados, así como la retirada total de las fuerzas israelíes desplegadas en el enclave, y se supone que ha de llevar a un “cese permanente de las hostilidades”. Por último, en la tercera etapa se prevé la definición de un enorme plan de reconstrucción del territorio palestino.
Dos elementos fueron determinantes para que Hamás diera su apoyo al plan —la detención definitiva de la guerra y la retirada total de Gaza por parte del Ejército israelí— antes de que Israel pusiera nuevas exigencias, aceptadas posteriormente por Estados Unidos: el mantenimiento de su control sobre el corredor Filadelfia (una franja de 14 kilómetros que corre a lo largo de la frontera con Egipto) y el corredor Netzarim (que divide a Gaza entre norte y sur) con el fin de “supervisar” el regreso de los palestinos a sus hogares. Por otro lado, Israel busca que el compromiso de un alto el fuego duradero sea lo bastante laxo como para poder reanudar los combates cuando así lo decida.
El caso es que Benjamín Netanyahu quiere seguir adelante con la guerra, y no solo en Gaza. Desde mediados de agosto ha multiplicado los ataques sobre el Líbano. Una incursión contra un almacén de la ciudad de Nabatieh, el más mortífero desde el comienzo del conflicto, se cobró la vida de diez personas en la noche del 16 de agosto —incluida una familia siria de seis miembros— en medio de las negociaciones para un alto el fuego [y, en la madrugada del 25 de agosto, horas antes de una nueva ronda de conversaciones en El Cairo, Tel Aviv lanzó un “ataque preventivo” contra el Líbano con un centenar de aeronaves]. Confía, de este modo, en llevar a Hezbolá a una escalada fuera de control. Sin embargo, todas las señales procedentes de Teherán confirman que el “eje de la resistencia” no desea un conflicto regional. Por su parte, como apunta el periodista Nahum Barnea en el periódico Yedioth Ahronoth, el propósito del primer ministro “es arrastrar al Gobierno estadounidense a una guerra contra Irán, cosa que lleva intentando desde 2010. Lo considera la misión de su vida, lo que podrá garantizarle un lugar en la historia… y su ‘victoria total’” (1).
De momento, Netanyahu se ha ganado un lugar en la historia asumiendo la responsabilidad de una de las guerras más mortíferas del siglo XXI. En un momento en que ya se ha superado la cifra de 40.000 víctimas mortales en Gaza –un número que ya nadie cita sin decir que está subestimado–, lo que equivale al 2% de la población total de la Franja, el periódico israelí Haaretz (2) publicó un estudio comparativo de varios conflictos recientes. En trece años (2011-2024), la guerra en Siria se ha cobrado la vida de 400.000 personas, el 2% de los habitantes del país; la de Yugoslavia (1991-2001) se saldó con 200.000 muertos en diez años, el 0,5% de su población. El profesor de la Universidad de Londres Michael Spagat, al ser preguntado por el periódico, afirmó que el de Gaza se cuenta entre los cinco conflictos más mortíferos de este comienzo de siglo, pero que, “si se tiene en cuenta el factor tiempo, […] puede que el caso de Gaza no tenga precedentes”.
“Ha habido de media 4.000 muertos al mes. Para comparar, en el primer año de la guerra en Ucrania, el número de muertos llegó a 7.736 al mes (en su gran mayoría, militares), mientras que en el año más cruento de la guerra en Irak, en 2015, murieron unas 1.370 personas al mes. En estos dos casos, el número total de muertos ha sido más elevado [que el de hoy en Gaza], pero hablamos de conflictos cuya duración ha sido, o sigue siendo, mucho mayor”. Además, los combates se desarrollan en un territorio muy reducido, apenas 360 kilómetros cuadrados (frente a 600.000 kilómetros en Ucrania), sin que los civiles tengan prácticamente posibilidad de hallar refugio, lo que carece de precedentes.
El nivel de destrucción también es inédito. Varios representantes políticos —como el español Josep Borrell, el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, el pasado 24 de abril— han comparado la suerte que está corriendo Gaza con la de las ciudades alemanas bombardeadas por los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Pero el Ejército israelí lo ha hecho incluso mejor, si puede decirse así. Según una página web que reproduce datos ofrecidos por el Ejército estadounidense, “el 9,4% del parque inmobiliario germanooriental y el 18,5 del germanooccidental fueron destruidos. Otra fuente calcula un 20% para Alemania occidental. […] La media para el conjunto del país oscila entre el 15 y el 20%” (3). El 29 de febrero de 2024, según las Naciones Unidas, este porcentaje superaba el 35% en Gaza (4) después de solo seis meses de combates. Un estudio citado por la cadena BBC a finales de enero daba un porcentaje mucho más alto, de entre el 50 y el 61% (5). El alcance inaudito de la destrucción, calificada de “urbicidio” por las Naciones Unidas (léase el texto “Futuricidio” en la página 21), confirma que Israel pretende volver literalmente inhabitable la franja de Gaza por medio de la destrucción de sus infraestructuras (carreteras, hospitales, sistema eléctrico, etc.) y provocar, llegado el momento, un nuevo éxodo de la población palestina, lo cual es el objetivo principal de la operación militar contra el enclave desde el 7 de octubre.
Como en todas las guerras coloniales, las fuerzas israelíes presentan impresionantes balances de combatientes de Hamás muertos, de unidades diezmadas, de comandantes eliminados: un patrón clásico que ya conocemos de Argelia o Vietnam, con la tendencia a confundir todo hombre abatido con un combatiente y a transformar éxitos tácticos en victorias estratégicas. Visto de cerca, el balance es más matizado, por más que el aparato militar de Hamás, en efecto, haya sufrido un fuerte menoscabo en su enfrentamiento con un ejército que, lejos de ser el más moral, es el más poderoso de la región.
Según informaba la cadena estadounidense CNN, el 1 de julio solo tres de las 24 brigadas de Hamás habían sido totalmente desmanteladas, ocho podían seguir con sus actividades y trece habían sido “debilitadas”, pero seguían disponiendo de medios para realizar ataques de guerrilla (6). La capacidad de recuperación de sus fuerzas reposa sobre el reclutamiento de nuevos combatientes, “que se cuentan por miles”, según un militar israelí preguntado a este propósito. Un artículo del periódico The New York Times (7) señalaba que, según algunos responsables de los servicios de inteligencia israelíes, “Hamás ha podido fabricar muchos de sus cohetes y armas anticarro valiéndose de miles de proyectiles que no explotaron cuando Israel los lanzó sobre la franja de Gaza”. Dadas estas circunstancias, el Ejército israelí se ve obligado a repetir —dos, tres, cuatro veces— sus operaciones de “limpieza” en zonas que afirmaba haber ya “purgado”.
Robert A. Pape, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Chicago, pone en tela de juicio la visión israelí en su integridad en un artículo publicado por la influyente revista estadounidense Foreign Affairs con el revelador título de “Hamás está ganando” (8). Pese a que han muerto cerca de 10.000 combatientes de Hamás (la organización afirma que solo ha perdido 6.000), le quedan 15.000 y dispone de una capacidad de reclutamiento que se apoya en sus vínculos con la comunidad palestina. “El poder de un grupo paramilitar no procede de los factores materiales que los analistas estudian para juzgar el poderío de los Estados. […] La fuente de poder crucial de Hamás y otros actores no estatales de ordinario calificados de “terroristas” o “rebeldes” es, más bien, su capacidad para atraer a nuevas generaciones de combatientes dispuestos a morir por la causa. Y esa capacidad de reclutamiento reposa en un solo factor: la amplitud y la intensidad del apoyo que un grupo recibe de su comunidad.
Ahora bien, eso es algo con lo que cuenta Hamás a pesar del número de víctimas civiles y la magnitud de la destrucción en Gaza. La gran mayoría de los palestinos sigue apoyando a Hamás, pero no por “islamista”, sino por ser la fuerza que ha roto la amnesia que aquejaba a la “cuestión palestina”, que desde el 7 de octubre de 2024 vuelve a estar en el centro de las preocupaciones diplomáticas.
Aunque Hamás ha aceptado el principio de la instauración de unas autoridades o un Gobierno técnico y retirarse de la gestión cotidiana del enclave —en la cual no había realizado una labor destacada, por más que se tenga en cuenta el bloqueo—, seguirá pesando en las decisiones de los palestinos, tanto en Gaza como en otras partes. Una perspectiva que Netanyahu difícilmente estará dispuesto a aceptar, lo cual es de prever que le lleve a seguir tratando de involucrar a su aliado estadounidense en una guerra regional. ¡Después de mí, el diluvio!
La guerra contra Gaza ya es la más larga de la historia de Israel, más larga que la que enfrentó al joven Estado con sus vecinos árabes al día siguiente de la proclamación de su independencia, el 14 de mayo de 1948. Tres cuartos de siglo después, a pesar de su poderío militar, a pesar del respaldo incondicional de Estados Unidos y del reiterado apoyo de los países europeos —con Francia en primer lugar—, Israel saldrá de este conflicto más aislado en la comunidad internacional, más dividido interiormente, con un futuro más incierto. Cuando callen los cañones, seguirá teniendo enfrente a los siete millones de palestinos que viven en el territorio histórico de Palestina y que seguirán resistiendo frente a la ocupación extranjera y el régimen de apartheid que se les ha impuesto.
(1) Citado por Mideast Mirror, Londres, 16 de agosto de 2024.
(2) Nir Hasson, “The numbers show: Gaza war is one of the bloodiest of the 21st century”, Haaretz, Tel Aviv, 14 de Agosto de 2024.
(3) “Has destruction in Gaza thus far (Dec 11 or so) been greater than in German cities during WW2?”, Skeptics, https://skeptics.stackexchange.com
(4) “35% of the buildings affected in Gaza Strip”, Unitar, Ginebra, 20 de marzo de 2024.
(5) Daniele Palumbo, Abdelrahman Abutaleb, Paul Cusiac y Erwan Rivault, “At least half of Gaza’s buildings damaged or destroyed, new analysis shows”, BBC, Londres, 31 de enero de 2024.
(6) “Netanyahu says ‘victory’ over Hamas is in sight. The data tells a different story”, CNN, 5 de agosto de 2024.
(7) Maria Abi-Habib y Sheera Frenkel, “Where is Hamas getting its weapons? Increasingly, from Israel”, The New York Times, 28 de enero de 2024.
(8) Robert A. Pape, “Hamas is winning. Why Israel’s failing strategy makes its enemy stronger”, Foreign Affairs, Nueva York, 21 de junio de 2024.
Alain Gresh
Director del sitio web de información OrientXXI.info y autor de Palestine, un peuple qui ne veut pas mourir, Les Liens qui libèrent, París, 2024.
GACETA CRÍTICA, 1 DE SEPTIEMBRE DE 2024
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