por Sylvain Bordiec, 27 de agosto de 2024
En diciembre de 2023 se celebró en Lyon el Congreso Francés de Psiquiatría. En esta ocasión, algunos médicos expresaron su satisfacción por la reciente creación de ministerios de la soledad en Japón y el Reino Unido, señal de que los poderes públicos se tomaban por fin en serio la cuestión del aislamiento. Los confinamientos y toques de queda impuestos a las ciudadanías durante la pandemia de covid-19 han puesto el foco en este tema. “En enero de 2021, el 24% de la población [de Francia] mayor de 15 años se encontraba en situación de aislamiento relacional, sin ningún contacto o muy pocos intercambios. Esta tasa ha subido 10 puntos en un año”, afirmaba con tono de alarma en diciembre de 2021 la página web oficial vie-publique.fr.
Asociaciones como la Fondation de France han incorporado a su agenda un “fenómeno social” que es ya tema de estudio en institutos de investigación a la par que objeto de amplia repercusión mediática (1). La lucha contra la soledad es, de hecho, un laboratorio de las políticas asistenciales público-privadas en boga en las sociedades capitalistas desde la década de 1980 (2): la movilización general contra el aislamiento es obra conjunta de unas administraciones cada vez más proclives a reducir sus gastos y de asociaciones de solidaridad, empresas y organizaciones filantrópicas deseosas de dar muestra pública de sus virtudes. Todos advierten de los peligros inherentes a la soledad (depresión, suicidio, patologías crónicas, etc.), proponen “buenas prácticas” e imponen una narrativa hoy compartida: desde los jóvenes atrapados en las redes sociales hasta los ancianos desatendidos en las residencias, la soledad supuestamente afecta a todos, hace estragos por doquier y se propaga como una “epidemia” (3): es la “enfermedad del siglo”.
Para estas instituciones, subirse al tren de la soledad equivale a invertir en una causa consensual y económica. No pasa un mes en Francia sin que las fuerzas filantrópicas y de voluntariado especializadas anuncien algo, o sin que los investigadores lancen alguna alerta: “Nadie puede ya ignorar el creciente lastre económico de la soledad”, rezaba una columna de Le Monde el pasado 4 de enero. Un colectivo de investigadores, profesionales sanitarios y políticos recordaba en ella que “el 15% de los franceses declaran estar solos la mayor parte del tiempo”, y animaba a promover “las mejores prácticas y los mejores recursos para proporcionar un entorno social seguro desde la más temprana edad”.
Predomina una definición del problema basada en gran medida en la acusación de ineptitud formulada contra cierta categoría de la población: los desposeídos, incapaces de convertir la soledad en una fuerza vital. Para ellos, se entiende que la soledad es, más que nada, otro capítulo más del libro de su miseria. De tal modo que las alertas mediáticas suelen ir acompañadas de recomendaciones sobre la necesidad de “retejer” el “vínculo social”. Ni dinero, ni empleo, ni diplomas ni vivienda; ni críticas a los poderes políticos y económicos: “vínculo social”, como si este pudiera florecer por sí solo en el fértil humus de las buenas voluntades.
A grandes males, pequeños remedios. En Francia, los organismos oficiales creados para atajar el problema quedan actualmente limitados al ámbito de las políticas locales: “Servicios de aislamiento” en los ayuntamientos, cooperación entre municipios y asociaciones, etc. El efecto queda así aislado de sus causas, desde la educación al trabajo, pasando por los servicios públicos, como si centrarse en la “desconexión social” expresara la negación de los orígenes políticos, económicos y geográficos de la soledad.
Paradójicamente, la aparente preocupación de los poderes públicos por las personas aisladas corre pareja con otro tipo de discurso: el de ejecutivos y famosos que, por el contrario, buscan apartarse de la sociedad mediante solitarias excursiones a caballo, a pie por los caminos de Santiago de Compostela o subiendo a las cumbres de las montañas. Con este gusto por las robinsonadas distinguidas, lo que hacen algunas personas es resolver sus dificultades desligándose del “vínculo social”, y no zurciendo sus rotos.
Al tratamiento de las “soledades problemáticas” corresponde, en otro nivel social, la promoción de las “soledades solucionadoras”: retiros espirituales y silenciosos, retos deportivos, alquiler o venta de islas desiertas, etc. Para que el mundo siga siendo soportable para las personas cultas o de buena cuna, necesitan librarse de las molestias de la vida y de la gente corriente. Siempre que dispongan de tiempo, energía y dinero, la soledad “a la carta” que aprecian políticos, empresarios, deportistas y escritores (o a veces todo esto a la vez) abre la posibilidad de vivir cosas extraordinarias. Y de darlo a conocer.
Un ejemplo modélico de ello está disponible en las librerías por obra y gracia de Emmanuel Faber, presidente ejecutivo del grupo Danone entre 2017 y 2021, autor de Ouvrir une voie (Guérin, 2022), relato de sus viajes de ida y vuelta entre el infierno de los negocios y el paraíso de la escalada. Este “santo patrón” indignado por las injusticias, ve la matriz de su compromiso profesional en su afición sin límites por “la escalada, un espacio preservado de la mentira”. La experiencia resulta aún más fabulosa cuando se lleva a cabo en solitario, de noche. “No me he cruzado con nadie, ni siquiera con un corzo o una gamuza. Estoy solo”. En este “otro mundo”, “aterrador”, Faber “no siente miedo”: la soledad hace que afloren en él sentimientos contrapuestos. Humildad —“Me siento vulnerable”—; rimbombancia —“Frente al lobo, creí reconocer a un ser vivo superior a mí”—. Aquí, el solitario es el único hombre, el que abre el camino definitivo: “la roca no ha sido hollada por ninguna presencia humana y pronto tal vez quedará ahí la huella de una pisada”. Abrir una vía en las cumbres y ser vocero, allí abajo, de una economía “competitiva, social y ecológica”: este es el compromiso por el bien común de una personalidad fuera de lo común. A mil leguas de la dejadez que irreflexivamente se atribuye a quienes la vida ha maltratado, aquí todo bebe de la voluntad personal: “Cada uno vive su vida con la intensidad que ha elegido”. Avanzadilla de la humanidad, síntesis sofisticada de urbanidad —casi nunca se altera— e instinto —cuando escala es “amnésico”—, Faber alcanza el absoluto alejándose de los demás.
Unos años antes, el escritor Sylvain Tesson ofreció otro concentrado de estos deseos burgueses de evaporación con Dans les forêts de Sibérie (Gallimard, 2011). Mientras Faber va y viene entre montañas, principalmente francesas, y escenarios del gobierno mundial, Tesson apunta más lejos: a Siberia, durante seis meses, en modo de autosuficiencia asumida. Faber no prioriza la soledad, Tesson, en cambio, sí la busca. Libre del lastre de los humanos que ofuscan su visión y le embotan la mente, se siente renacer: “La presencia de los demás hace el mundo insulso. La soledad es esa conquista que te devuelve el disfrute de las cosas”. Como al presidente ejecutivo de Danone, le gusta estar en ese lugar que nadie más alcanza. Es un dechado de habilidades manuales, físicas y mentales, políglota, artista y soñador noctámbulo, en ocasiones melancólico: mientras el común de la gente duerme, ellos viven más rápido, más alto y más fuerte.
Esta comedia de despojarse de todo no solo conduce al fascinante diálogo con uno mismo, sino también a la forma de “asalvajamiento” a la que aspiran las élites (el otro, el de los pobres, lo reprime la policía): el único tipo de existencia a la altura de lo que estos hombres dan al mundo es la vida salvaje. Por encima de la convivencia endogámica con los de tu condición, está el puro narcisismo. Esta felicidad se comparte en libros, y también en entrevistas, documentales y conferencias: son las rentas y el servicio posventa de la soledad.
Los escritos de estos solitarios millonarios ratifican la tesis del sociólogo Philip Slater, autor en 1970 de un ensayo sobre las raíces sociales y raciales del deseo de soledad en los Estados Unidos de la década de 1960: el hombre blanco de las clases media y alta, impulsado por fuerzas sociales segregadoras, llegó a creer que estaba solo en el mundo, que era un ente autónomo y apartado de los demás hombres, con quienes el contacto se antojaba insoportable (4). Paradigmas de estas aspiraciones separatistas, Faber y Tesson no invitan a nadie a hacer como ellos: su fingido desapego oculta la defensa de un privilegio inestimable. Mientras los desposeídos se ahogan en trivialidades, los pudientes alcanzan lo esencial. Del mismo modo que las políticas y el trabajo voluntario para la lucha contra la soledad gozan del beneplácito general, estas escapadas cautivan al público.
¿Qué revelan estos éxitos? En primer lugar, una fascinación por modelos de libertad concebidos en el marco conceptual del “hombre excepcional”. Este prisma enfrenta a quienes presencian tales exhibiciones con la estrechez de sus propios horizontes y con su desventura en compañía de seres humanos mediocres. Luego está la ocultación de lo que posibilita estas escapadas: el dinero, el tiempo, el “físico”, pero también el conocimiento del mundo y las relaciones, ya que no hay escapada que se sostenga sin apoyo logístico y sin personal para llevar el día a día de los asuntos domésticos y profesionales. Mientras los grandes suben y suben, los pequeños se deslizan cuesta abajo.
Pero ¿acaso solo albergan los de arriba sueños de soledad? Paz y silencio: ¿no es lo que queremos todos? ¿No la quieren los que malviven en viviendas precarias, compartiendo con cinco o diez personas un espacio diseñado para la mitad de ellas; los ancianos que residen en establecimientos para personas en situación de dependencia, condenados a un roce excesivo y constante con los demás; los convictos y presos preventivos hacinados en cárceles desbordadas? Y, por último, ¿acaso no existe el aislamiento voluntario y temporal del ciudadano de a pie, con prácticas similares a las de los adinerados autores, pero que no trascienden el ámbito privado, discretas pues, y por tanto ignoradas? Para que la robinsonada de la élite (entiéndase: élite social) alcance lo sublime, también hay que echar un velo sobre cosas idénticas hechas por gente corriente.
Objeto de mirada compasiva o exaltada, la soledad sigue siendo cosa de pudientes. Los que cultivan el aislamiento enriquecedor viven en el mismo mundo que los artífices de la lucha, a veces estéril, contra la ruptura del “vínculo social”. Mientras unos disfrutan de la mejor compañía posible —la suya propia—, los que sufren el aislamiento económico y social tienen que conformarse con los vínculos que les imponen porque, en lo que a ellos respecta, mejor mal acompañados que solos consigo mismos.
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