Gaceta Crítica

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La ocupación. Israel y los territorios palestinos ocupados. (Ahron Bregman, 2014) – Otro trabajo imprescindible desde las entrañas del monstruo.

 

27 de Agosto de 2024

Este libro trata la ocupación de Israel sobre el territorio palestino, el Sinaí y Los Altos del Golán.

Lo primero que hay que explicar es el funcionamiento de la ocupación:

[L]a ocupación israelí se sostiene en tres pilares fundamentales. El primero es el uso de la fuerza militar para subyugar a los ocupados, lo que incluye la expedición de órdenes militares, los arrestos arbitrarios, las expulsiones, la tortura y el encarcelamiento prolongado. El segundo lo componen las leyes y regulaciones burocráticas a través de las cuales Israel controla el nombramiento de cargos públicos, el acceso al empleo, las restricciones para viajar, la emisión de toda clase de licencias y permisos, incluidos los necesarios para cuestiones de desarrollo y planificación urbana, etc. El tercer pilar es la creación de realidades físicas sobre el terreno; esto incluye la expropiación de tierras, la destrucción de pueblos árabes y la construcción de asentamientos judíos y bases militares, así como el establecimiento de zonas de seguridad y el control del agua y otros recursos naturales.

A esto se le suma

el escrutinio y, de ser necesario, la censura de los textos escolares que trataran con animosidad al estado de Israel y los judíos o contuvieran materiales que fomentaran la identidad nacional palestina. Esta decisión fue de la mano con la orden militar número 101, que especificaba que la censura militar debía aprobar todo material impreso (libros y periódicos) antes de su publicación en Cisjordania.

Y ante cualquier tipo de protesta, Israel siempre responde con dureza:

los todoterrenos del ejército recorrieron Naplusa anunciando por megáfono la instauración de un toque de queda [como represalia por una huelga estudiantil] desde las cinco de la tarde hasta las siete de la mañana «hasta nuevo aviso» […]. A continuación, ingenieros del ejército desconectaron el sistema telefónico de la ciudad, de modo que todas las familias quedaron aisladas dentro de los confines de sus casas. Y cuando cayó la noche, el ejército llevó a cabo registros en casas particulares e instituciones.

La misma crueldad y represión tuvo lugar en Sinaí:

[En 1972 en el Sinaí] los militares expropiaron a los beduinos vastas extensiones de tierras cultivadas, que vallaron por «razones de seguridad». Luego, Sharon envió a sus hombres a la zona vallada para que se encargaran de sacar a las 1.540 familias beduinas que vivían allí. El desalojo fue cruel: los israelíes arrasaron las casas hasta reducirlas a escombros, arrancaron los árboles y sellaron los pozos excavados por los beduinos para obtener agua para sus campos y rebaños.

[…] [D]espués de tres años de conflicto [1967-1970] […] habían perdido la vida 367 soldados israelíes y más de diez mil soldados y civiles egipcios. El Sinaí continuó bajo ocupación israelí.

Uno de los elementos más utilizados por parte de Israel para controlar el territorio es la vivienda:

[L]a orden militar número 58 definió como propiedad de ausente «los bienes cuyo propietario legal, o quienquiera que tuviera su control de acuerdo con la ley, dejó la zona antes de [su ocupación por el ejército el] 7 de junio de 1967 o con posterioridad». Durante los primeros años de la ocupación, los israelíes registraron como «propiedad de ausente» alrededor de un 7,5 % de Cisjordania; en la mayoría de los casos esas tierras pertenecían a palestinos que como consecuencia de la guerra se habían convertido en refugiados y habían huido, a Jordania principalmente, o que se encontraban fuera del país durante el conflicto y después no se les había permitido regresar. Otro método que usó el ejército para apoderarse de la tierra de los palestinos fue declararla propiedad de un estado hostil.

Esta ocupación rápidamente se convirtió en puro colonialismo:

[D]urante los siguientes años la Franja de Gaza se convertiría en la principal fuente de mano de obra barata para Israel […]. Entre 1968 y 1972, se establecieron en la región veintitrés agencias de empleo con el fin de regular el mercado laboral, en teoría para velar por los intereses de los trabajadores pero en realidad para satisfacer las necesidades de las empresas e industrias israelíes y, al mismo tiempo, para investigar a los candidatos desde el punto de vista de la seguridad: las agencias con frecuencia actuaban en nombre del Shabak, el servicio de seguridad interna de Israel, para el que reclutaban colaboradores dispuestos a facilitar información útil a las fuerzas de ocupación.

[…] Fue durante este primer decenio de la ocupación cuando Cisjordania se convirtió en una economía de tipo colonial; la región proveía de mano de obra barata a Israel, estaba obligada a comprar sus manufacturas y no podía competir con su agricultura subsidiada (a lo que habría que añadir el enorme perjuicio a la agricultura palestina derivado del hecho de que los israelíes controlaran el suministro de agua).

[…] [E]ntre 1967 y 1974 los israelíes solo permitieron las exportaciones realizadas a través de la Junta de Mercadeo de Cítricos de Israel, lo que en última instancia hizo que los productos de Gaza se vendieran a precios poco competitivos y en condiciones cada vez menos ventajosas. Más tarde, entre 1974 y 1979, cuando la producción de cítricos de Gaza estaba en máximos, los israelíes, con el fin de impedir la competencia con su propia producción, prohibieron a los cultivadores de la Franja vender a Europa y los obligaron a buscar mercados alternativos en el mundo árabe, en los que Israel no podía entrar. Forzados a abandonar el comercio con Europa, los cultivadores de cítricos de la Franja consiguieron desarrollar un comercio con Irán que resultaría bastante lucrativo, pero por lo demás el sector se volvió dependiente de los cambios de ánimo de los israelíes, que alteraban las reglas del juego cada vez que los dominaba el temor de que la producción de Gaza compitiera con la suya.

No es de extrañar que, en estas circunstancias, hayan estallado numerosos conflictos:

Entre 1968 y 1975, se registraron trescientos cincuenta incidentes de resistencia violenta al año en los territorios palestinos ocupados; de 1976 a 1982, el número de incidentes se duplicó, y de 1982 a 1986 ascendió hasta los tres mil. Durante los primeros seis meses de la intifada, los incidentes en los territorios palestinos ocupados se multiplicaron hasta alcanzar la asombrosa cifra de 42.355.

En estos enfrentamientos siempre mueren más palestinos que israelíes:

De junio de 1967 a diciembre de 1987, la media anual de palestinos muertos por resistirse a la ocupación fue de treinta y dos; de diciembre de 1987 a septiembre de 2000, subió a ciento seis; y de septiembre de 2000 a diciembre de 2006, llegó a seiscientos setenta y cuatro. El número total de palestinos muertos como consecuencia del conflicto desde 1967 hasta 2006 asciende a 6.187, en comparación con los 2.178 israelíes muertos en ataques palestinos, tanto en los territorios ocupados como en Israel propiamente dicho, a lo largo del mismo período.

Eso sin contar que los palestinos suelen sufrir crueldades desproporcionadas más allá de la violencia, como es el caso de las demoliciones:

[Durante la guerra de 1967 en Cisjordania] En Imwas se demolieron 375 casas, en Yalu 535 y en Beit Nuba 550; diez mil palestinos se convirtieron en refugiados y nunca se les permitió volver a su tierra, parte de la cual se distribuyó más tarde entre los israelíes y sobre el resto se construyó un parque nacional. Lo ocurrido en Latrun no fue, sin embargo, una excepción; la demolición indiscriminada de las aldeas palestinas de Cisjordania fue una práctica generalizada durante y después de la guerra de 1967 en una clara violación del derecho internacional.

[…] Ciento treinta y cinco familias árabes (unas seiscientas cincuenta personas) fueron obligadas a abandonar sus casas antes de que los buldóceres llegaran para derribar el vecindario [frente al muro de las Lamentaciones]. Algunos, sin embargo, se negaron a marcharse y fueron enterrados vivos bajo los escombros.

Peores son las deportaciones:

No es una sorpresa que de los palestinos que huyeron durante e inmediatamente después de la guerra [de 1967], entre ciento setenta y cinco mil y doscientos cincuenta mil según se calcula, apenas se permitiera regresar a un número muy reducido, unos catorce mil en total.

[…] Dado que los refugiados [en Gaza] parecían reacios a marcharse voluntariamente, el ejército empezó a recurrir a las deportaciones forzosas. Los primeros con los que hubo que lidiar eran las familias de entre veinticinco mil y cincuenta mil trabajadores que, al estallar la guerra, se encontraban fuera de Gaza ya fuera por cuestiones laborales o de algún otro motivo. Para impedir que esos trabajadores regresaran a sus hogares en la Franja, el ejército obligó a sus familias a abandonar la región si querían volver a reunirse algún día con ellos; una vez fuera, no se les permitiría regresar. No obstante, también se llevó a cabo una campaña de limpieza étnica más directa.

[…] Las estadísticas muestran que hasta 15.855 palestinos fueron desplazados [en Gaza] como resultado de la política de «aclareo» de Sharon.

Y, como pasaba con la violencia, esto también ocurre en el resto de territorios ocupados, en concreto en Los Altos del Golán:

Al igual que en Cisjordania, el ejército obligó a los golaníes a firmar un documento en el que declaraban que se marchaban por voluntad propia.

[…] [L]os israelíes suspendieron la ley siria en el Golán e instalaron un gobierno militar encabezado por un oficial que empezó a administrar la región mediante la promulgación de órdenes militares. El objetivo era eliminar todo vestigio de la presencia siria en el Golán, apoderarse de la tierra y alterar la conformación política, económica y social de la población remanente, borrar su identidad árabe siria y convertirlos a todos en ciudadanos israelíes.

¿Y cómo es posible que ocurra esto sin que nadie haga nada al respecto? Principalmente, gracias a que Israel cuenta con el apoyo incondicional de Estados Unidos.

[S]enadores influyentes como Robert F. Kennedy y Jacob K. Javitz, entre otros, pidieron al gobierno que no se coaccionara a Israel para que se retirara de los territorios ocupados hasta que los mandatarios árabes no hubiera aceptado firmar un tratado de paz. Richard M. Nixon, que al año siguiente sería candidato a la presidencia de Estados Unidos, visitó los territorios ocupados poco después de la guerra y respaldó públicamente la presencia israelí en ellos con el argumento de que haría más dóciles a los regímenes árabes y los obligaría a entablar negociaciones de paz «en un plazo de seis meses».

[…] En una carta secreta, Washington se comprometió también a no reconocer ni negociar con la OLP mientras esa organización rechazara las resoluciones 242 y 338 de la ONU (las cuales, entre otras cosas, reconocían el derecho a existir del estado de Israel), y se negara a renunciar al uso de la violencia contra Israel; esta última condición es realmente extraordinaria: se exigía a los palestinos dejar de resistirse a la ocupación ilegal de su territorio como requisito previo para que se les permitiera negociar el final de esa ocupación. […] También en respuesta a una solicitud de Israel, Washington se comprometió a no presentar ninguna propuesta de paz sin antes realizar «todos los esfuerzos posibles para coordinar con Israel su propuesta con el fin de abstenerse de presentar propuestas que Israel considere insatisfactorias». Esta, por supuesto, era una concesión muy significativa, pues daba a Israel participación directa (derecho de veto incluso) en la formulación de las políticas de Estados Unidos para Oriente Próximo.

Mientras tanto, la ONU ha afirmado tajantemente que lo que está haciendo Israel es claramente una ocupación, alegando que «de pocas proposiciones puede decirse que tengan una aceptación casi universal … como ocurre con la de que la presencia de Israel en el territorio palestino de Cisjordania, incluidas Jerusalén Oriental y Gaza, constituye una ocupación militar regida por el régimen internacional aplicables a las ocupaciones militares».

Además, «el 4 de julio de 1967 la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución 2253 (ES-V) en la que se pedía a Israel «que derogue todas las medidas ya tomadas y que desista en el acto de emprender cualquier iniciativa que pueda alterar la condición de Jerusalén». Los israelíes hicieron caso omiso de la resolución.» Lo mismo se aplica para Los Altos del Golán: «El 29 de noviembre de 1974, la ONU adoptó una resolución (3240/A) en la que deploraba las violaciones de los derechos humanos cometidas por Israel en el Golán y la destrucción deliberada de Quneitra.»

Ante un problema tan delicado y tenso como la ocupación de Israel sobre los territorios árabes, es necesario contar con obras rigurosas, con gran cantidad de documentos confidenciales, testimonios y fuentes de información de primera mano (de políticos y embajadores) para disipar las dudas y evitar los sesgos partidistas. Por suerte, este libro es justamente esto, y por eso es una obra fundamental para comprender el conflicto.

GACETA CRÍTICA, 27 DE AGOSTO DE 2024

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