Por Ehécatl Lázaro y Gladis Mejía | 18 de Julio 2024

Lenin escribió Imperialismo, fase superior del capitalismo en plena Primera Guerra Mundial. Siguiendo el principio marxista de que los fenómenos sociales y políticos están determinados, en última instancia, por la base económica, el líder bolchevique se propuso identificar las raíces económicas de la llamada Gran Guerra. De esta manera, su principal objetivo fue explicar “el problema económico fundamental, sin cuyo estudio es imposible comprender nada cuando se trata de emitir un juicio sobre la guerra y la política actuales” (Lenin, 2002, pág. 12).
En su obra, Lenin señala que la política colonial y el imperialismo existían desde antes del capitalismo (por ejemplo, en Roma), pero que el fenómeno que él investiga no es ése, sino el imperialismo capitalista moderno surgido a principios del siglo XX. Según lo define, “el imperialismo es la fase del capitalismo en la que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero (la fusión del capital bancario y el capital industrial), ha adquirido importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por las asociaciones internacionales monopolistas y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más importantes” (Lenin, 2002, pág. 96). Esta lógica económica lleva a las potencias a luchar entre sí para repartirse el mundo en colonias, semicolonias y esferas de influencia. Dice Lenin: “los capitalistas no se reparten el mundo llevados de una particular perversidad, sino porque el grado de concentración de la riqueza a la que han llegado les obliga a seguir este camino para obtener beneficios, y se lo reparten “según el capital”, “según la fuerza”; otro procedimiento de reparto es imposible en el sistema capitalista” (Lenin, 2002, pág. 82). En otras palabras, la política exterior imperialista no es algo que las potencias capitalistas puedan elegir o no, no es una opción más entre otras, sino que es la única política que pueden seguir, pues, “las guerras entre potencias imperialistas son absolutamente inevitables sobre esta base económica, en tanto subsista la propiedad privada de los medios de producción” (Lenin, 2002, pág. 14).
Con su investigación, Lenin no sólo explicó el carácter imperialista de la Primera Guerra Mundial[1], sino que sentó una forma de analizar los conflictos armados internacionales. Dice Lenin:
“La prueba del verdadero carácter social, o mejor dicho, del verdadero carácter de clase de una guerra, no se encontrará, claro está, en la historia diplomática de la misma, sino en el análisis de la situación objetiva de las clases dirigentes en todas las potencias beligerantes. Para reflejar esa situación objetiva no hay que tomar ejemplos y datos sueltos (dada la infinita complejidad de los fenómenos de la vida social, siempre se pueden encontrar los ejemplos o datos sueltos que se quiera, susceptibles de confirmar cualquier tesis), sino que es obligatorio tomar el conjunto de los datos sobre los fundamentos de la vida económica de todas las potencias beligerantes y del mundo entero” (Lenin, 2002, pág. 14).
En este trabajo tomaré esta nota metodológica como guía para analizar la guerra en Ucrania, demostrando que la metodología que el revolucionario ruso empleó para analizar la Primera Guerra Mundial mantiene su utilidad para conocer el carácter de clase de las guerras contemporáneas.
1. Dominio del capital financiero
Lenin veía al capital financiero como el principal signo de su tiempo. Para él, el capitalismo había llegado a un grado de maduración, de desarrollo, en el que ya había comenzado a negarse a sí mismo, dando un salto cualitativo con respecto a la fase de desarrollo que había experimentado el capitalismo durante el siglo XIX. Durante los más de cien años que han transcurrido desde la publicación de Imperialismo, fase superior del capitalismo, el capital financiero no sólo ha mantenido su predominio sobre el mundo, sino que ha profundizado su penetración en los territorios que ya dominaba y ha llegado a lugares que antes estaban fuera de su control. El capitalismo encontró maneras de prolongar su fase imperialista hasta la actualidad.
Para ello, primero, conformó un frente burgués único que combatiera al primer Estado socialista de la historia, la Unión Soviética, y relegó a segundo plano la pugna entre las burguesías nacionales (causa de la Primera Guerra Mundial); después, la burguesía de Estados Unidos se coronó como la burguesía más poderosa del mundo y, con la Segunda Guerra Mundial, logró subordinar al resto de las burguesías avanzadas: más tarde, tras la disolución del bloque socialista, la burguesía mundial, encabezada por la estadounidense, comenzó a explotar los recursos y mercados que hasta 1991 le habían estado vedados (Córdova Morán, 2023)
Desde los tiempos de Lenin y hasta ahora, la fracción de clase dominante en el capitalismo mundial es la burguesía financiera. La concentración y centralización del capital que permanentemente ocurren bajo el capitalismo ha generado grandes fortunas que se agrupan en bancos como JP Morgan, Bank of America, Wells Fargo, HSBC y Morgan Stanley, en fondos de inversión como BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity, y en empresas de capital de riesgo como Blackstone, KKR, EQT, CVC y TPG, entre otras. La gran mayoría de estas empresas financieras tienen su sede en Estados Unidos, el resto en Europa (Forbes, 2024).
Un ejemplo del tamaño que han alcanzado estas fortunas es el caso de BlackRock. La compañía maneja una riqueza que asciende a 10 mil millones de dólares; si la comparamos con el PIB de los países del mundo, sólo Estados Unidos y China tienen una riqueza superior. Este fondo tiene inversiones en más de cien países de todo el mundo y en los sectores más diversos: energía tradicional, energía sustentable, automotriz, armas, aeronáutica, electrónicos, alimentos, ropa, comunicación, infraestructura, banca, entre otros (BlackRock, 2024). Estados Unidos es el centro del capitalismo mundial y Wall Street es su corazón.
Con su enorme poder, la burguesía financiera es la fracción de clase que dirige a la burguesía de Estados Unidos, de Europa y a la de casi todo el mundo. Después de la Guerra Fría, con la globalización y el neoliberalismo, la burguesía financiera logró ampliarse a todo el mundo. Aquellos países cuyas élites se resistieron a integrarse subordinadamente a la dominación del capital financiero estadounidense fueron sometidos a sanciones económicas y a presiones diplomáticas, buscando un cambio de régimen. Ése fue el caso de Irán, Libia, Yugoslavia, Irak, Siria, Afganistán, China, Corea del Norte, Cuba, Venezuela y Nicaragua. Algunos países no fueron atacados tan directamente, sino a través de golpes de Estado disfrazados de revoluciones, las llamadas “revoluciones de colores”. El caso más emblemático es el de Ucrania, en |2014. Entre 1991 y 2022, ningún país fue capaz de oponerse exitosamente a la dominación del capital financiero estadounidense. Rechazarlo significaba enfrentar una presión muy difícil de soportar.
2. Declive del imperialismo estadounidense y ascenso de nuevos jugadores
La burguesía financiera estadounidense trató de colonizar a todo el mundo a partir de la década de 1990; sin embargo, hubo mercados de gran importancia donde sus esfuerzos no prosperaron. Es el caso de China y Rusia.
- China
En China, la Reforma y la Apertura permitieron que los capitales extranjeros llegaran al país en cantidades significativas. Esta estrategia fue lanzada por el Partido Comunista con el objetivo de impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas, pero sin para ello ceder la dirección económica del país a la propiedad privada. Las restricciones que el Partido Comunista impuso a los capitales extranjeros que quisieran invertir en China buscaron garantizar que el Partido mantuviera el control de la economía nacional. Sí hubo penetración del capital financiero estadounidense, pero en un grado insuficiente como para controlar la economía del país.
El gobierno del Partido Comunista fue considerado por el capital financiero estadounidense como un obstáculo desde el principio. Con la Reforma y la Apertura, la burguesía financiera estadounidense esperaba que China abandonara paulatinamente el socialismo y adoptara el sistema capitalista; sin embargo, el Partido evitó que China repitiera la desastrosa experiencia de la Unión Soviética, manteniendo la dirección política socialista al mismo tiempo que introducía mecanismos de mercado en su economía. El año que más cerca estuvo China de tener un cambio de régimen fue 1989, pero la atinada dirección de Deng Xiaoping logró salvar ese obstáculo sin complicaciones mayores.
La burguesía financiera estadounidense únicamente se convenció totalmente de que China no abandonaría el socialismo hasta el advenimiento de Xi Jinping al poder. Durante los años de Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao, la burguesía financiera estadounidense alimentó la esperanza de que, al modificarse el funcionamiento de la economía, la sociedad china necesariamente tendría que luchar por un cambio del sistema político, es decir, que el Partido Comunista se iría debilitando hasta perder el poder y que China se convertiría en una democracia liberal al estilo norteamericano, europeo o japonés. Con el paso de los años se hizo evidente que el Partido no sólo no se estaba debilitando, sino que estaba ganando más legitimidad entre el pueblo chino (Harvard Kennedy School, 2020). Por otro lado, el desarrollo económico de China alcanzó un nivel que comenzó a preocupar seriamente a la clase dirigente estadounidense. La llegada de Xi Jinping al poder coincidió con un cambio de la estrategia estadounidense para lograr sus objetivos en China: en lugar de continuar tratando de cambiar el sistema desde adentro, adoptó una estrategia de confrontación económica, tecnológica y militar mediante la política del Pivote a Asia lanzada por Obama; Trump y Biden continuaron y profundizaron esta política.
La burguesía financiera estadounidense no sólo fracasó en su intento de colonizar China, sino que el Partido Comunista encontró una forma de desarrollar económicamente al país hasta llegar a competir con la burguesía estadounidense en su capacidad de generar riqueza. Desde 2016, China superó el PIB de Estados Unidos[2], se ha convertido en un lugar donde se producen bienes con tecnología de punta, como teléfonos celulares, automóviles eléctricos y paneles solares, y se encuentra a la vanguardia en áreas como inteligencia artificial, comercio electrónico, trenes de alta velocidad, infraestructura, entre otras. Esta capacidad de producir riqueza ha llevado al país a impulsar estrategias internacionales para invertir sus capitales en otros territorios. La Iniciativa de la Franja y la Ruta es fundamentalmente eso.
La capacidad de China de producir mercancías de alto valor agregado, que anteriormente eran monopolio de los países imperialistas norteamericanos, europeos y asiáticos, se ha convertido en un obstáculo para los grandes capitales financieros. Ahora China no sólo es capaz de competir en la arena internacional porque se ha convertido en la principal potencia manufacturera del mundo y puede producir los mismos bienes que los países avanzados, sino también porque produce esos bienes con menores costos. Al tener una productividad mayor, China ha podido producir bienes manufacturados con una alta calidad y a precios más bajos que los países imperialistas. Esto ha permitido que China compita en los mercados internacionales, y que los latinoamericanos, africanos y asiáticos ahora compren sus productos en lugar de los producidos por las potencias imperialistas. Esa es la razón por la que en los últimos años Estados Unidos ha comenzado a acusar a China de tener una sobrecapacidad industrial con la que inunda el mundo, señalándolo como un acto de injusticia. Pero nunca dijeron nada cuando Estados Unidos, Alemania y Japón inundaban el mundo con sus vehículos, o cuando Estados Unidos era el único productor de computadoras y todo el mundo obligadamente tenía que comprar a ese único productor.
El capital financiero en China no ocupa un lugar de importancia en la economía nacional. El capital dinerario está concentra en los bancos estatales, controlados por el Partido Comunista, los cuales deciden en qué empresas y sectores invertir. Los bancos más grandes de China son propiedad estatal, como es el caso del Industrial and Commercial Bank of China, Agricultural Bank of China, Bank of China y China Construction Bank. Sin embargo, cabe resaltar que, a diferencia del capital financiero, los capitales chinos controlados por el Estado no se invierten buscando maximizar sus ganancias, sino con fines estratégicos. Los capitales chinos se invierten según los objetivos del Estado chino, que son los que fija el Partido Comunista de China. En otras palabras, la inversión del capital chino no tiene como objetivo maximizar la ganancia, sino mejorar la calidad de vida del pueblo chino (Chan, 2024).
China se ha convertido en un prestamista alternativo a escala mundial. A diferencia de los prestamistas tradicionales, China respeta la soberanía y no se inmiscuye en los asuntos internos de los países que adquieren préstamos. Esto es muy atractivo para los países necesitados de capital, los cuales cada vez más acuden a los bancos financiados por capitales chinos y dejan de acudir a los otrora todo poderosos Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional, cuyo dueño en realidad es el capital financiero estadounidense.
Por todo ello la clase dirigente estadounidense percibe cada vez más a China como una amenaza para la colonización del capital financiero. El desacoplamiento económico, las sanciones económicas y tecnológicas, así como las campañas mediáticas lanzadas contra China, han sido insuficientes para frenar el desarrollo de la economía china, la cual continúa su marcha ascendente. La burguesía financiera estadounidense ha llegado a la conclusión de que la única manera de frenar a China es la confrontación militar.
- Rusia
La disolución de la Unión Soviética fue seguida por un shock económico, político y social que impactó profundamente a Rusia. En la década de 1991, bajo Boris Yeltsin, el estado ruso privatizó un conjunto de empresas estatales siguiendo el dogma neoliberal, con lo cual nació una clase capitalista beneficiada de esa transferencia de riqueza a manos privadas. Reciben el nombre de oligarcas, pero son capitalistas, como los hay en todo el mundo. Al mismo tiempo que surgió esa clase, la burguesía financiera estadounidense comenzó a penetrar el hasta entonces inaccesible mercado ruso, y empezaron a aparecer muchas empresas y marcas propiedad de esa burguesía. En este periodo, la naciente burguesía rusa y el capital financiero internacional comenzaron a tomar control del Estado para convertirse en la clase dirigente del país.
La llegada de Putin al poder, en 2000, significó un momento de ruptura y continuidad con respecto al proceso que se venía desarrollando. Hubo ruptura con los capitales financieros internacionales que estaban colonizando el país y hubo continuidad en el hecho de que la burguesía que se había apoderado del Estado después de la disolución de la Unión Soviética se mantuvo al frente del Estado ruso. La burguesía rusa que nació en los años 1990 tenía diferentes fracciones de clase. Por un lado, estaba la burguesía que se había visto beneficiada con la privatización de grandes empresas estatales, por el otro, estaba la burguesía compradora[3], aquella que para obtener ganancias se había asociado con los capitales financieros internacionales, es decir, con la clase dirigente estadounidense. Con el gobierno de Putin, la burguesía nacional triunfó sobre la burguesía financiera internacional y se coronó como la fracción de clase dirigente de Rusia. Sus intereses chocan directamente con los intereses de la burguesía estadounidense, pues si esta última logra colonizar el mercado ruso, entonces la burguesía nacional autónoma o independiente pierde la capacidad de obtener ganancias, ya que sus industrias y recursos caerían en manos de la burguesía financiera.
El gobierno de Putin no sólo significó la consolidación de esa burguesía nacional, sino también la instauración de un régimen donde el Estado actúa como la conciencia colectiva de los capitales individuales. Por esa razón, el Estado disciplinó a la burguesía que al principio se resistía a esta nueva lógica política, dejándole claro que ningún capitalista individual podía retar al poder estatal (Anderson, 2015). En el horizonte ideológico del gobierno de Putin no está el socialismo, sino simplemente la continuación de un capitalismo soberano, respetado por el capitalismo estadounidense y europeo, que reciba trato de igual por parte de ellos; en otras palabras, un capitalismo independiente, no colonizado por el capitalismo estadounidense. Para ello es necesario contar con legitimidad entre el pueblo, lo que ha sido logrado desarrollando la economía, reduciendo la desigualdad, disminuyendo la pobreza y devolviéndole a Rusia el lugar de potencia internacional que había disfrutado en los siglos anteriores. El gobierno de Boris Yeltsin estuvo marcado por una profunda crisis económica y social que golpeó duramente a las grandes masas populares; Putin vino a recomponer la situación y a devolver la dignidad del pueblo ruso. Gracias a todo ello, la clase dirigente rusa actual ha tenido éxito en la consolidación de un proyecto capitalista nacional con apoyo popular.
Durante la década de 2000, la Rusia de Putin trató de acercarse a la clase dirigente estadounidense y europea para ser aceptada como una más entre las burguesías poderosas del mundo. Formó parte del G8, planteó su integración a la OTAN, participó fuertemente en la “guerra contra el terrorismo” y en general buscó establecer una relación con sus “socios” occidentales. Sin embargo, aunque de parte de la burguesía nacional rusa representada por Putin había voluntad para cooperar con las burguesías imperialistas mundiales, éstas rechazaron una cooperación en pie de igualdad; dieron dos opciones a Rusia: o aceptaban la colonización por parte de los capitales financieros, o sea la subordinación a las burguesías estadounidense y europea, o el cambio tendría que ser por las malas, impulsando desde dentro un cambio de régimen y desde fuera un cerco militar. La insistencia de Putin en establecer una relación de colaboración lo llevó a no ver la posición que había tomado Estados Unidos y Europa desde el principio. Fue sólo hasta 2007, después de que Estonia, Lituania, Letonia, Bulgaria, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia se habían unido a la OTAN[4], cuando Putin expresó firmemente las líneas rojas de Rusia respecto a la ampliación de la OTAN en dirección a Rusia. La “revolución naranja” en Ucrania, en 2004, y los conflictos en Georgia, en 2008, dejaron claro que la burguesía financiera no estadounidense estaba dispuesta a colaborar con la burguesía rusa.
Todos estos acontecimientos fueron alejando a la clase dirigente de Rusia de la idea de una convivencia respetuosa con la burguesía financiera internacional. Pero fue sólo hasta 2014, cuando ocurrió el golpe de Estado en Ucrania, cuando se comenzó a abrir una brecha más clara y cuando Putin entendió que no había manera de realizar la ansiada cooperación internacional entre burguesías. La consumación de la ruptura que ya había iniciado en 2014 llegó en 2022; la burguesía rusa entendió que nunca sería aceptada como una burguesía compañera por la burguesía estadounidense y realizó un viraje para profundizar sus relaciones con otros actores económicos internacionales, sobre todo el BRICS y otros países del Sur Global.
Rusia no es una potencia económica que pueda competir internacionalmente en los avances tecnológicos, productividad, industria manufacturera o su capacidad de fungir como prestamista. De hecho, lo que más vende Rusia al mundo son materias primas, como los hidrocarburos. Sin embargo, Rusia es un actor importante por dos factores de primera importancia: por su enorme territorio y por su capacidad militar, pues Rusia es el único país que tiene un arsenal nuclear equiparable al de Estados Unidos.
3. Ucrania como estrategia del imperialismo estadounidense para ampliar su dominación
La guerra en Ucrania forma parte de las estrategias que la clase dirigente estadounidense ha diseñado para continuar la colonización del mundo. La burguesía financiera sí busca controlar los recursos naturales y la riqueza de Ucrania[5], al mismo tiempo que busca invertir sus capitales en la reconstrucción del país[6], ganar por la venta de armas y también por la venta de gas a Europa. Pero Ucrania es sólo un medio para algo más grande, no el objetivo final. Es una plataforma desde la cual se puede atacar a Rusia. Con sus recursos naturales, su armamento nuclear y su vasto territorio, Rusia es el verdadero botín que anhela conseguir la burguesía financiera estadounidense.
El gobierno que se instaló en Kiev después del golpe de Estado de 2014 abrió las puertas al capital financiero y se ofreció como plataforma para aumentar el cerco militar a Rusia. Buscó ingresar a la Unión Europea y a la OTAN al mismo tiempo que rechazaba las expresiones culturales rusas y combatía a las fuerzas independentistas del Donbas. La fracción de la burguesía que tomó el poder en 2014, la burguesía compradora, se alineó totalmente con los intereses de la burguesía estadounidense y alentó el surgimiento de expresiones nazis como medida para gobernar con mano dura.
Durante la primera década de los 2000, la burguesía rusa no se había visto amenazada por la burguesía ucraniana, pues ni una ni otra necesitaban expandirse territorialmente para seguir obteniendo ganancias, por lo que podían incluso colaborar. En 2014 esa burguesía nacional fue expulsada violentamente del poder y fue instalada una burguesía abiertamente pro capitalismo estadounidense. Esto fue percibido por la burguesía rusa como una amenaza, pero no realizó acciones militares para intervenir en el país vecino, salvo la anexión de Crimea, un punto estratégico fundamental para Rusia. 2014 significó también la imposición de sanciones a Rusia por parte de la burguesía estadounidense. Eso dejó muy claro a la burguesía rusa que las posibilidades de cooperar con las burguesías estadounidenses y europeas disminuían cada vez más.
Desde 2014, es la clase dirigente estadounidense la que en realidad gobierna en Ucrania. El golpe de Estado contra la burguesía nacional fue operado en el terreno por la burguesía compradora y los grupos neonazis, siendo estos financiados y apoyados por la burguesía financiera estadounidense. Quizá la prueba más clara de ello sea la filtración que se hizo de una conversación que mantuvieron Victoria Nuland, Secretaria Asistente del Departamento de Estado de Estados Unidos, y Geoffrey Pyatt, embajador de Estados Unidos en Ucrania, en el contexto del golpe de Estado de 2014 (BBC, 2014). En dicha conversación, Nuland y Pyatt discuten cuál presidente instalar para sustituir al derrocado Victor Yanukovich, y expresan su desprecio por la Unión Europea, ya que esta no se decidía a tomar una posición clara respecto a la crisis de Maidan. Así, directamente Estados Unidos impuso al gobierno ucraniano posterior al golpe de Estado y lo sigue haciendo hasta la actualidad. El gobierno ucraniano no tiene ninguna independencia, depende en todos los sentidos de la clase dirigente estadounidense, la cual usa a Ucrania como instrumento para alcanzar sus objetivos estratégicos.
En 2022 la burguesía rusa tomó la medida más drástica posible para evitar la que sería su inevitable aniquilación en caso de que el brazo armado de la burguesía estadounidense lanzara un ataque militar desde Ucrania. En esas circunstancias, Rusia lanzó su operación militar especial. El objetivo primero era dar un golpe sobre la mesa y obligar a la clase dirigente ucraniana a tomar acuerdos con la clase dirigente rusa. Fundamentalmente, se buscaba la neutralidad militar y el abandono de las posiciones nazis anti rusas en el gobierno. Las negociaciones de Estambul 2022 fracasaron por la intervención de la burguesía inglesa, representada por Boris Johnson. Desde entonces, la guerra ha continuado, con el apoyo económico, militar y diplomático de la burguesía estadounidense y sus burguesías subordinadas en el mundo.
Parafraseando a Lenin, podríamos decir que esta guerra se hizo para ver qué fracción de la burguesía gobierna en Ucrania: si la fracción compradora asociada a la burguesía estadounidense, comprometida con la destrucción de la burguesía nacionalista rusa como paso necesario para colonizar al mercado ruso con sus capitales, o la fracción que puede convivir armónicamente con la burguesía rusa, es decir, la burguesía nacional ucraniana. Para la burguesía rusa es una guerra existencial, pues si pierde la guerra en Ucrania su destrucción está asegurada. Para la burguesía estadounidense es una guerra estratégica, de gran importancia, pero no existencial.
4. Luchar contra Rusia como paso necesario para luchar contra China
Para la burguesía estadounidense, China es la principal amenaza a su dominación mundial, tal como reconocen los documentos oficiales de la Casa Blanca (Biden, 2022). La tendencia de la economía china a crecer y superar a la burguesía estadounidense en áreas clave de la economía del futuro ha llevado a la clase dirigente estadounidense a la conclusión de que sólo mediante las armas podrá descarrilar el desarrollo de China. Debilitar a Rusia, aliado de China en la construcción del mundo multipolar, es necesario para ello.
Al impulsar la guerra en Ucrania, la burguesía de Estados Unidos logra que las fuerzas armadas rusas se vean comprometidas en una operación militar de gran envergadura en sus fronteras nacionales. Eso permite que Rusia tenga menos capacidades disponibles para prestar socorro a China en caso de que sea necesario, es decir, en caso de que Estados Unidos ataque militarmente a China. Al tener que defenderse a sí misma, Rusia difícilmente podría prestar ayuda para la defensa de otro país. Con un conflicto en Europa, la burguesía estadounidense obliga a la burguesía europea a participar en el suministro de armas, asesores y financiamiento a Ucrania, obligando así a las élites europeas a ser parte central de ese conflicto. Algunos presidentes, como Macron, han hablado incluso de mandar tropas al campo de batalla ucraniano (France24, 2024). Estados Unidos apoya sólo de lejos, reservando sus tropas para un posible conflicto con China, mientras obliga a Europa a hacerse cargo de una guerra pensada para desgastar o, en el mejor de los casos, derrotar a Rusia. En el peor escenario posible para Rusia, la derrota militar en Ucrania significaría luchar en territorio ruso contra las tropas europeas conjuntas. Pensar en la derrota definitiva de Rusia en su propio territorio es imposible si consideramos su arsenal nuclear, pues antes de permitir que eso ocurra, la clase dirigente rusa hará uso de sus armas de destrucción masiva.
Entre más complicada sea la guerra para Rusia, más fácil es una intervención armada de Estados Unidos contra China. La burguesía estadounidense ha venido preparando un conjunto de alianzas con los vecinos de China con miras a un futuro golpe militar. Japón, Corea del Sur, Filipinas, Tailandia e India son países que rodean a China y que mantienen alianzas militares con Estados Unidos. Además de Rusia, otros posibles aliados militares que China pudiera tener en un escenario bélico podrían ser Irán, Cuba, Venezuela y Corea del Norte. Ninguno de esos países tiene capacidades militares equiparables a las estadounidenses. Por otro lado, países serviles a los intereses de la burguesía estadounidense, como Israel, pueden desempeñar un papel importante para iniciar un conflicto que neutralice a actores como Irán, su histórico rival.
¿Cómo puede iniciar una guerra Estados Unidos contra China? Por medio de Taiwán. La isla es un polvorín que en cualquier momento puede explotar, y Estados Unidos tiene el detonador. Basta que las autoridades taiwanesas declaren formalmente su independencia para que China ataque militarmente a la isla, lo que traería como consecuencia inmediata el involucramiento directo de Estados Unidos y sus aliados. Con el Partido Progresista Democrático en el poder, la formación política más independentista de las que existen en la isla, el momento en que este enfrentamiento ocurra será decidido por la burguesía estadounidense, a menos que estalle una crisis inesperada.
5. La situación de las clases dirigentes en las potencias beligerantes
La burguesía rusa ha encontrado en el gobierno de Putin un proyecto que le da estabilidad económica, política y social al país. Esto permite que el sistema capitalista ruso marche tersamente y que se mantenga la lógica de explotación, extracción de plusvalía, concentración y centralización que sostiene a la burguesía nacional. El rol del Estado como conciencia de la clase capitalista colectiva rusa no sólo ha logrado amortiguar la lucha de clases, morigerar un poco su impacto, sino también ha regresado a Rusia su posición como país respetado en el mundo, lugar que había perdido cuando se desintegró la Unión Soviética. Los resultados electorales obtenidos en 2024 y la actitud popular ante la guerra en Ucrania evidencian que la burguesía rusa ha logrado organizar al pueblo ruso tras de sí, presentando exitosamente sus intereses de clase como los intereses de la nación. La clase dirigente de Rusia no busca expandir sus dominios a Ucrania, y menos a Europa o Asia Central, sino que únicamente defiende su existencia ante la burguesía financiera que la amenaza de muerte.
En China, el Partido Comunista ha logrado que la economía socialista de mercado no desemboque en una crisis política que cuestione la legitimidad del Partido, sino todo lo contrario. El desarrollo económico y tecnológico, así como la mejora del nivel de vida del pueblo y el posicionamiento de China como un país soberano y respetado en la arena internacional, han granjeado para el Partido Comunista un altísimo nivel de aceptación y legitimidad entre el pueblo. La burguesía china no es la clase dirigente, sino una clase supeditada a las directrices y objetivos que fija el Partido, representante de las grandes masas populares del país. La clase dirigente china no está colonizando otros territorios ni tiene afanes expansionistas, pero está dispuesta a luchar con todas sus capacidades para evitar la independencia de Taiwán. Esto no es un capricho del Partido sino una exigencia del pueblo chino, pues para China, Taiwán es una reminiscencia del Siglo de la Humillación. En ese periodo las potencias extranjeras invadieron China y se la repartieron en colonias. Taiwán fue ocupada por Japón, hasta la Segunda Guerra Mundial, y cuando finalmente fue devuelta a China, Estados Unidos intervino para evitar que se diera la reunificación, sosteniendo militarmente y protegiendo al gobierno dictatorial del Kuomintang en la isla. De esta manera, sólo con la reunificación de Taiwán, China habrá dejado atrás el periodo de colonización y humillación, por eso Taiwán es una gran importancia para el pueblo chino y para el Partido.
En Estados Unidos, la clase dirigente ha comenzado a mostrar fisuras importantes en los últimos años. En las últimas dos campañas presidenciales, cada uno de los dos representaba proyectos diferentes para resolver los problemas que enfrentaba la burguesía estadounidense, a saber, su declive económico con respecto a China. Quizá donde mejor se expresan estas diferencias sea en la política exterior. Los demócratas de Clinton y Biden buscan continuar el intervencionismo militar en otros países y la injerencia en los asuntos internos. Son partidarios de fortalecer a la OTAN y de imponerse militarmente a Rusia y a China. Esta es la fracción burguesa que ha dirigido a Estados Unidos desde la década de 1990.
La otra fracción, representada por Trump, planteó una política exterior menos militarista e intervencionista, lo cual se reflejó en el abandono de la OTAN[7] y en el fortalecimiento de la diplomacia para negociar con Putin, Xi Jinping y Kim Jong Un, en lugar de apostar al uso de la fuerza. No es casualidad que la guerra de Ucrania no iniciara con Trump sino con Biden. Para Donald Trump, Estados Unidos no debería estar luchando contra Rusia, sino trabajando con ella para unir fuerzas y confrontar conjuntamente a la ascendente China, la cual supuestamente estaría amenazando tanto a Estados Unidos como a Rusia. Esta posición la han expresado abiertamente propagandistas como Tucker Carlson y la comparten figuras de la derecha europea, como Marine Le Pen. La política exterior de la fracción burguesa representada por Trump también busca el engrandecimiento del imperialismo estadounidense, pero por una vía distinta.
Estas fisuras no sólo se expresan en la política exterior de ambas fracciones, sino también en aspectos de la política interior, como el asalto al Capitolio ocurrido en 2021, cuando Trump y sus seguidores desconocieron los resultados electorales. Esto no significa que Trump sea menos imperialista que Biden:
“Él también quería asegurar el predominio norteamericano sobre el resto del mundo, manteniendo una indiscutible superioridad económica y militar frente a cualquier rival que intentara disputarle la hegemonía mundial, pero proponía un camino radicalmente distinto, en oposición al viejo estilo imperialista al que ha regresado Biden: en lugar de avasallar militar y políticamente a las demás naciones, había que conquistarlas mediante la superioridad económica, la innovación tecnológica y el control de los mercados del dinero, las materias primas y los productos elaborados. Según Trump, esto era perfectamente viable y menos costoso en la nueva era digital” (Córdova Morán, 2022).
Las fisuras en la clase dirigente de Estados Unidos pueden conducir a una crisis interna si la burguesía estadounidense no logra resolver sus diferencias internas. Esta fragilidad política representa un serio obstáculo para que la clase dirigente de Estados Unidos derrote a Rusia y China y siga expandiéndose por el mundo.
6. Guerra interimperialista o contra el imperialismo
En 1916 Lenin concluía que la guerra que había estallado en Europa era una guerra interimperialista, una guerra entre imperios capitalistas modernos. ¿Podemos aplicar la misma caracterización a la guerra en Ucrania? La guerra que se libra en Ucrania no es la del imperio estadounidense y sus subordinados contra el imperio ruso, sino una guerra defensiva de la burguesía rusa para asegurar su existencia como Estado independiente ante las agresiones del imperialismo.
Si bien la clase dirigente en Rusia es la burguesía, ésta juega un papel revolucionario en la arena internacional al luchar contra el imperialismo estadounidense. Siguiendo al Instituto Tricontinental de Investigación Social (2024), Rusia forma parte del grupo de países que, aunque no están gobernados por la clase trabajadora, se caracterizan en la escena internacional por una fuerte búsqueda de soberanía. Junto a Rusia se encuentran Irán, Bielorrusia, Siria, Afganistán, Burkina Faso, Mali, Níger, Guinea y Eritrea. Además de ese grupo, los países socialistas (China, Vietnam, Venezuela, Laos, Corea del Norte y Cuba) y los países actual o históricamente progresistas (Brasil, Colombia, Sudáfrica, Argelia, Nepal, Bolivia, Honduras, Nicaragua, Zimbabue, Palestina y Namibia) conforman el polo que activamente lucha contra la dominación de la burguesía financiera estadounidense.
La principal contradicción en el momento actual del desarrollo capitalista es la contradicción entre el imperialismo y el antimperialismo, sin que eso signifique que la contradicción entre burguesía y proletariado no sea importante. De hecho, las burguesías que luchan contra el imperialismo se suman por un periodo, obligadas por la coyuntura, a la permanente lucha del proletariado contra la burguesía. Si bien la lucha del proletariado es contra la burguesía nacional e internacional, la burguesía nacional lucha contra el proletariado nacional (aunque morigerando las contradicciones para mantener la estabilidad política) y contra la burguesía que domina el mundo, la burguesía financiera estadounidense. En este sentido, el papel de Rusia en la guerra de Ucrania es un papel revolucionario.
Algunas voces señalan que Rusia y China no despliegan una lucha antimperialista, sino que ellas mismas son imperialismos emergentes (en el caso de Rusia) y en ascenso (en el caso de China). Sin embargo, en el mundo contemporáneo no existe un imperio diferente al que comanda Estados Unidos. Ni Rusia ni China lo son. En el primer caso, porque su burguesía no tiene las capacidades económicas para ello, y en el segundo porque se trata de una formación socioeconómica socialista, por lo cual, aunque esté adquiriendo capacidades económicas suficientes, no sigue el patrón expansionista y colonizador propio de los capitalismos desarrollados, sino que su política exterior está determinada por una lógica distinta.
La guerra en Ucrania es una guerra contra el único imperio que existe. La falta de apoyo total a las sanciones contra Rusia, mostró ya que la mayoría de los países del mundo están retirando su apoyo a la burguesía estadounidense y están adoptando posiciones más soberanas. Al mismo tiempo, el traslado del motor económico mundial del Atlántico Norte a Asia Oriental, el crecimiento del grupo BRICS, el fortalecimiento de la Organización de Cooperación de Shanghai y la expulsión de las tropas estadounidenses de Afganistán y varios países africanos como Mali, Níger, Burkina Faso y Chad, son señales inequívocas de que la dominación mundial de la burguesía estadounidense se acerca a su fin. La desaparición del imperialismo estadounidense no necesariamente significará el advenimiento del socialismo en todo el mundo, pero sí creará condiciones para que las clases explotadas de todo el mundo se pongan a la cabeza de sus países, pasen de ser clases dirigidas a clases dirigentes y superen los problemas propios del capitalismo en su fase terminal. Se abre una ventana de oportunidad que debemos aprovechar.
Ehécatl Lázaro es maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México; Gladis Mejía es economista por la UNAM. Ambos son investigadores del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] “Esa guerra que se hizo para decidir qué grupo de bandoleros financieros, el inglés o el alemán, había de recibir una mayor parte del botín” (Lenin, 2002, pág. 15).
[2] Medido por paridad de poder adquisitivo.
[3] Retomamos la clasificación que hace Nicos Poulantzas de la burguesía de los países capitalistas no imperialistas, periféricos y dependientes. La burguesía nacional es “la fracción autóctona de la burguesía que, a partir de un cierto tipo y grado de contradicciones con el capital imperialista extranjero, ocupa, en la estructura ideológica y política, un lugar relativamente autónomo, presentando así unidad propia […] la burguesía nacional es susceptible en las coyunturas determinadas por la lucha antimperialista y de liberación nacional, de adoptar posiciones de clase que le incluyen en el pueblo y puede establecer cierto tipo de alianzas con las masas populares” (Poulantzas, 1973, pág. 540). La burguesía compradora es “la fracción burguesa que no tiene como base propia la acumulación del capital, que actúa, de cierto modo, como simple “intermediaria” del capital imperialista extranjero, que, desde este punto de vista, está económica, política e ideológicamente, entregada por entero al capital extranjero” (Poulantzas, 1973, pág. 540).
[4] Cumbre de Estambul de 2004.
[5] Recuérdese al senador estadounidense Lindsey Graham declarando en televisión que “Ucrania está sobre 10 o 12 trillones de dólares de minerales críticos. Podría ser el país más rico de Europa. Yo no quiero dar ese dinero y esos activos a Putin para que los comparta con China” (Face the Nation, 2024).
[6] BlackRock y JPMorgan están interesados en invertir 15 billones de dólares para ese fin (Bloomberg, 2024).
[7] En 2019, Macron declaró que la OTAN estaba entrando a un estado de “muerte cerebral” por la posible salida de Estados Unidos de la alianza militar.
Referencias
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Córdova Morán, A. (2023). La crisis terminal del capitalismo. México: Esténtor.
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Instituto Tricontinental de Investigación Social. (23 de enero de 2024). Hiperimperialismo: Una nueva etapa decadente y peligrosa. Obtenido de Instituto Tricontinental de Investigación Social: https://thetricontinental.org/es/estudios-sobre-dilemas-contemporaneos-4-hiper-imperialismo/
Lenin. (2002). Imperialismo, fase superior del capitalismo. México: El Caballito.
Poulantzas, N. (1973). LA INTERNACIONALIZACION DE LAS RELACIONES CAPITALISTAS Y EL ESTADO-NACION. Obtenido de Biblioteca UNAM: https://biblat.unam.mx/hevila/Investigacioneconomica/1973/vol32/no127/4.pdf
Publicado originalmente en CEMEES, Méjico.
GACETA CRÍTICA, 18 DE JULIO DE 2024
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